Patrocinado por:
FUE LA NOCHE DE LOS MEJORES
Hace poco se entregaron unos galardones a quienes en su oficio se destacaron en el año. A la ceremonia la llamaron La Noche de los Mejores . Nos atrevemos a apropiarnos de la frase para calificar la noche torera de este 29 de diciembre en Cali. Fue también la noche de la inspiración, del arte, del honor de la terna. Toreros dispuestos a jugarse la vida, buscando siempre poner un punto más alto. Sin tolerar que el otro lo opacara.
Fue igualmente una noche iluminada para un ganadero a quien se le salÃa el corazón por la dicha de ver que cuatro, cinco quizá, de sus toros tuvieron lo que se necesita para una apoteosis. TenÃan trapÃo; tenÃan casta, raza y nobleza, recorrido y fuerza. Y aguantaron hasta el final. Y claro, tuvieron toreros. Un toro mereció la vuelta al ruedo, otro fue indultado y tres fueron aplaudidos.
César Rincón, Ortega Cano y Vicente Barrera. Toros de Guachicono, de Luis Fernando Castro . Asà estaba anunciado. Y eso llena una plaza cualquier dÃa y a cualquier hora. Y se llenó.
Saltó el primero a la arena, con 482 kilos. Ortega Cano venÃa por lo suyo. A decir que es figura y que a una figura, mientras tenga afición, no se le olvida el oficio de un momento a otro. Lanceó bien en cuatro verónicas. Y luego vino un quite por chicuelinas.
Fue el único toro flojo de remos, se caÃa, por lo que el cartaginés tuvo que ponerle la muleta a media altura y asà logró las series en las que cuajó algunos muletazos buenos. Por el pitón izquierdo lo intentó, pero el toro tenÃa peligro. Dos pinchazos y media estocada y se retiró el torero con las ganas contenidas.
Para el cuarto de la noche Rincón ya habÃa cortado dos orejas y Vicente Barrera, dos. HabÃa que dejarlo todo en la arena. Hasta las zapatillas, y por eso las tiró. Y logró una faena de esas que se ponen de referencia cuando hay que hablar de toros. Un tercio de capa de lujo. Verónicas maravillosas en las que el capote barrÃa la arena y el toro no lo tocaba. Chicuelinas en el centro, bajando las manos y como mirándose algo en los pies, y remate con media...
Uno, dos tres, siete lances,/ columnas de un monumento/. No se deshaga en romances./ Que no se lo lleve el viento./ Falta la cúpula alta,/ la rotonda que se exalta/ sobre la teorÃa jónica/ y la torera cintura/ -flor de elegancia- clausura,/ pura, la media verónica. Fue lo que dijo Gerardo Diego, el poeta español.
Ortega Cano salido de madre como un rÃo crecido, pidió permiso y con el toro banderilleado, cosa bien rara, ejecutó otro quite con la capa, verónicas y gaoneras y... pura, la media verónica .
Y con la muleta, el faenón, a un torazo que habÃa peleado en varas, habÃa empujado con sus riñones a reventar, que bajaba el morrillo, enrazado. Temple, lentitud y ligazón tuvieron sus series por la diestra, que remataba con los pases de pecho. Y los naturales tuvieron profundidad y ritmo. Y belleza. Qué pases por derecha de nuevo, un pase de las flores cambiándose por detrás la muleta para empalmar el de pecho, al toro Amoroso , que también era primoroso. Ya estaba todo el mundo pleno, o más que eso. Los ayudados por alto, con temple y gusto. Indulto, indulto! clamó la plaza. El ganadero sacó su pañuelo. HabÃa acuerdo. Entonces la presidencia, indultó con justicia, porque haberlo matado era tirar de un espadazo un depósito de casta.
Céeesar, Céeesar .
El monstruo de Bogotá , le dijimos primero. Ahora le dicen el maestro a ese pequeño gigante, que es el torero de la época. En Cañaveralejo, en Madrid, en Sevilla, en Nimes, en México, en la SantamarÃa, donde se den corridas con toros de casta. Bravos o mansos, que Rincón les anda poniendo lo que les falta o les quita lo que les estorba.
Toreó de capa en su primero bellamente. Templadas verónicas a pies juntos, mirando él pasar lentamente la punta de los pitones. Abrió el compás y cargó la suerte. Chicuelinas en el centro del ruedo, lentas, ceñidas y una larga cordobesa. Y, va por ustedes. Y el obsequio de Año Nuevo fueron unas series por derecha largas, con temple máximo. Mandando sobre un toro, que tampoco era tan suave. Lo que pasa es que el poder de Rincón no dejaba ver defectos del animal. HabÃa que tragarle a veces. Pero miren quién estaba ahÃ. Vinieron cuatro naturales de veras, con el pase de pecho y una afarolado. Y otra vez por derecha, y el pase de las flores, los circulares. La música sonaba, las palas, torero, torero. El gusto general. La admiración. Y más cuando mató empujando el acero con el alma.
Y en el quinto de la noche estuvo más grande aún. Porque el toro requerÃa más lidia. Y Rincón sà que sabe de esto. Otra vez la capa en su punto. Y dos pares de banderillas de Monaguillo para desmonterarse. Era la competencia declarada. De modo que se sentó en el estribo y le pegó cuatro derechazos con el toro encima echándole las babas por la cara y pasándole las puntas por el pecho. Lo sacó a los medios y otra faena inolvidable. Sobra describir las series por la derecha de un Rincón crecido frente a un toro bravo y enrazado. Le daba reposo y nos daba respiro. Los naturales mandando al toro a la vuelta del cuadril ya colmaron la copa. Los redondos invertidos enroscándose el bravo en la cintura, y hasta el desplante con un toro fiero. Y un estocadón, por Dios. Sin puntilla el bravo. Y sin orejas, porque fueron a las manos del maestro.
Vicente Barrera Cuando se abrió de capa, alguien dijo, ojo a este torero. Y quien le quita la mirada a unos lances que los ejecuta como si estuviera llevando un cocker spaniel en una exposición. Qué quietud, qué variedad. Después de banderillas, Barrera toreó por derecha con una naturalidad que casi llega al desprecio por la vida, por el peligro. Con temple sà y bajando la mano hasta donde puede, sin descomponerse. Y sembrado en la arena, porque obliga al toro a ir y venir, a danzar a su alrededor. El lleva el compás. Dicen que rematando las series muy a lo Manolete. Con la derecha y con la izquierda toreó con arte, majestuosamente. El toro era bravo, y hasta se pidió el indulto, pero a este le faltaban cinco para las doce. Fue bien que le dieran la vuelta, cuando Barrera lo mató de un espadazo y dos orejas al debut de una figura.
En el otro, único manso, solo pudo demostrar su voluntad y tranquilidad, su valor al ponerse ante los finos y grandes pitones como si apenas fuera un toro de bronce colocado por ahÃ.
Al final de la corrida, cuando los toreros se habÃan ido a hombros, como que la afición no lo creÃa. El público se quedó unos minutos extasiado mirando a la arena. HabÃan visto algo para lo que pocos estaban preparados.
- Publicación
- eltiempo.com
- Sección
- Otros
- Fecha de publicación
- 31 de diciembre de 1995
- Autor
- LUIS NOÉ OCHOA
Patrocinado por:





