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LOS NIÑOS Y EL PLANETA MARTE

No he podido dormir. Los niños y el planeta Marte me han quitado el sueño. Y me refiero, por supuesto, al revuelo mundial que han causado las revelaciones de un grupo de científicos de la NASA, apoyados por el propio presidente de Estados Unidos, según las cuales hubo vida en el planeta rojo hace 3.600 millones de años.

Debo decir que me preocupan los pobres científicos de la NASA, tan asombrados como niños, pero tan solemnes como adultos con problemas de evasión, haciendo alarde de su más que dudoso hallazgo. Que los representantes de la ciencia y la tecnología más avanzada del planeta Tierra sean víctimas de seducción tan truculenta lo lleva a uno a sopesar los beneficios del progreso. Y es que el cuento con los marcianos, como todos sabemos, es un cuento viejo. Ha nutrido las viñetas de los dibujos animados, las páginas de los libros de ciencia-ficción y, claro, la plástica mitología de Hollywood.

En 1938, un gigante-niño llamado Orson Welles sembró el pánico en todo el este de los Estados Unidos, cuando con voz gangosa narró por la radio una inversión marciana, basándose para su efectista libreto en la obra La guerra de los mundos, de Herbert George Wells. Hubo choques, intentos de suicidio, abortos e histeria colectiva. El genial Orson salió del anonimato como una supernova, marchándose casi en seguida al estrellado cielo de Hollywood, donde lo aguardaban dos diosas temibles: la fama y Rita Hayworth.

La emisión radial de Welles tuvo tal impacto sobre las emociones de los ciudadanos comunes porque, de un lado, confirmaba todos los mitos que ya en ese entonces se habían generado en torno a Marte (a comienzos de siglo, un bostoniano millonario, Percival Lowell, construyó un observatorio para demostrar que los canales de aquel planeta eran obra de seres inteligentes y sus excéntricas conclusiones, como suele ocurrir, contaron con gran aceptación). De otro lado, la gente estuvo tan dispuesta a entregarse al pánico porque todavía guardaban frescas en la memoria las patéticas imágenes de la Gran Depresión y, más aún, porque se vivía un tenso ambiente a nivel de la política europea, que habría de estallar, apenas un año después, en la Segunda Guerra Mundial. La ansiedad interna coincidió por un instante con la realidad externa.

La ansiedad interna, esa que también revelan los eminentes científicos de la NASA. Sabemos que desde el Proyecto Manhattan, que concluyó con el lanzamiento de las dos primeras bombas atómicas, hasta el espantoso reguero químico de Vietnam, es mucho lo que la ciencia del siglo XX, y en especial la norteamericana, han tenido que ver con la muerte y la destrucción de toda forma de vida, como para creer que los científicos, aun los mejores intencionados, no cargan con una alta dosis de mala conciencia. De modo que su espectáculo sobre la vida en Marte, con Clinton a bordo en plena campaña electoral, debe entenderse sencillamente como una muestra del profundo malestar ético que los aqueja en el atardecer del siglo.

En el célebre Cosmos, Carl Sagan, ese poeta de la ciencia, nos informa que todas las bombas lanzadas durante la Segunda Guerra Mundial sumaron unos dos millones de toneladas, dos megatones de TNT. Al finalizar el siglo XX, dos megatones es la energía que se libera al estallar una sola bomba termonuclear, una bombita del montón, de esas que atesoran tiranuelos de por aquí y de por allá. Pero son cientos de miles de ojivas nucleares apuntando a diestra y siniestra en el mundo entero hasta sumar la cifra apocalíptica de 10.000 megatones. Y los científicos de la NASA se asombran de que haya existido vida en Marte; cuando deberían asombrarse de que exista vida en la Tierra.

Pero decía que también los niños me habían desvelado. Me parece que, en lugar de estar pensando en enanitos verdes, la ciencia debería preocuparse por salvarlos de la destrucción, que la tecnología estaría obligada a diseñar para ellos un gigantesco parque de diversiones cósmico, por ejemplo en el planeta Marte. Entonces miro el sueño de mis hijas, beso sus párpados y la corriente universal de la vida me atraviesa como un rayo.

Publicación
eltiempo.com
Sección
Otros
Fecha de publicación
15 de agosto de 1996
Autor
Por Diego Marín Contreras

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