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ENANO GENIAL

París, 1891, Belle Epoque. Un hombrecillo de 1,52 de estatura, de piernas cortas ligeramente arqueadas, lentes, barba, bigote, sombrero y bastón, camina por las calles bohemias de Montmartre. Su presencia hace parte del ritmo del Moulin Rouge, uno de los cabarets más frecuentados de la Ciudad Luz. Lleva tizas de pastel para registrar las escenas más representativas. La tarima arde al ritmo del french can-can. En los camerinos, la algarabía advierte que llegó el pintor. Están listas las más sugestivas prendas: maquillajes, corsés, encajes y tacones. El maestro toma su mesa de siempre. La música revienta. Empieza la función. Es Henri, primogénito de los Condes de Toulouse-Lautrec, heredero de una de las cuarenta familias aristocráticas más importantes de Francia. Es Lautrec, admirado genio del pincel, el precursor de la publicidad moderna, el pequeño monstruo.

París, 1891, Belle Epoque. Un hombrecillo de 1,52 de estatura, de piernas cortas ligeramente arqueadas, lentes, barba, bigote, sombrero y bastón, camina por las calles bohemias de Montmartre. Su presencia hace parte del ritmo del Moulin Rouge, uno de los cabarets más frecuentados de la Ciudad Luz. Lleva tizas de pastel para registrar las escenas más representativas. La tarima arde al ritmo del french can-can. En los camerinos, la algarabía advierte que llegó el pintor. Están listas las más sugestivas prendas: maquillajes, corsés, encajes y tacones. El maestro toma su mesa de siempre. La música revienta. Empieza la función. Es Henri, primogénito de los Condes de Toulouse-Lautrec, heredero de una de las cuarenta familias aristocráticas más importantes de Francia. Es Lautrec, admirado genio del pincel, el precursor de la publicidad moderna, el pequeño monstruo.

Toulouse-Lautrec nació el 24 de noviembre de 1864, en el palacio medieval de su familia en Albi. Fue el hijo consentido de un hogar donde la vida discurría entre la caza, los caballos, el arte y el sentido estético en todas sus manifestaciones. La consanguinidad de parejas unidas más por conveniencia daba frecuentemente como resultado hijos anormales, como ocurrió a los Lautrec: su primogénito nació con picnodisostosis (extraña enfermedad que se caracteriza por atacar el sistema óseo y producir un crecimiento anormal); su segundo hijo, Richard, murió antes de cumplir su primer año. Cuando el niño pintor cumplió diez años empezó a sufrir los primeros síntomas. Tres años más tarde, se fracturó el fémur derecho y meses después también el izquierdo. Sus piernas se atrofiaron. Lautrec no crecería más. Su organismo tendría que ir acoplándose a los 1,52 que había alcanzado en su adolescencia, lo que dio como resultado un adulto desproporcionado.

La infancia de Lautrec es definitiva al momento de reconstruir la biografía del pintor. Esa fuente primaria de emociones encontradas y experiencias de alto contraste, fue en buena parte responsable de toda la carga emocional que el genio le imprimió a su obra. Porque de una u otra manera, jamás pudo desprenderse de cierto halo infantil. Hasta el último día conservó el espíritu algo ingenuo e indefenso, la actitud inocente, el contacto dulce, el sufrimiento represado en el alma, el corazón gentil y vulnerable. Fue un niño tranquilo, sobreprotegido y físicamente débil. Fue muy amado por su familia, pero la relación con sus padres fue siempre traumática y contradictoria. La Condesa era mujer distinguida y cortés, pero igualmente histérica e hipocondríaca, amante del dinero y hábil para los negocios, que ante su evidente fracaso matrimonial se dedicó de manera fanática a la religión y casi con la misma devoción a su hijo. Lautrec lucharía por romper ese cordón umbilical y liberarse del conflicto que le generaba el apego y dependencia con su madre. Eran dos seres opuestos, unidos por un amor tan dulce como doloroso. El Conde era excéntrico, sibarita, lascivo, apasionado por la cacería y excesivo en los placeres. Amante de la libertad y de la escultura, llamaba la atención por sus extrañas costumbres. Solía organizar con frecuencia reuniones extravagantes en las que se disfrazaba como travesti, haciendo gala de una colección inimaginable de atuendos. Amaba a Henri, pero al mismo tiempo lo rechazaba. No lograba identificarse con un hijo que no compartía con él la caza.

Fuente de inspiración.

Talvez debido a la tensión entre sus padres y al extremo sentimiento de apego de su madre, Lautrec abandonó muy temprano el hogar para buscar refugio en un mundo antípoda al seno materno. Necesitaba refundirse entre el común de la gente, ser otro habitante anónimo de la calle, un hombre de quien no importaran sus orígenes ni sus apellidos. A los veinte años, decidió independizarse y sumergirse en Montmartre, en la vida bohemia. Ahí empezaría tímidamente a acercarse a la fuente inspiradora de su pintura: bares, cabarets. Ingresaría a esos espacios donde no primaban modales ni reglamentos; donde no existían hipocresías ni máscaras; donde la vida transitaba con desenvoltura entre la media luz de los escenarios, las insinuantes melodías de los juglares noctámbulos, la tertulia dispersa de los creadores urbanos y el olor a licores fuertes mezclados con perfumes baratos. En París, descubrió las entrañas de la vida. Se enamoró de la ciudad nocturna y de su ritmo desenfrenado. Se dedicó a recorrer teatros, cafés, bistrots, music-halls, cabarets, burdeles y centros de placer, hasta que finalmente las imágenes de la noche empezaron a saltar espontáneamente de sus ojos a sus cuadros. Afirmaría: Siempre y en todos lados lo horrible tiene sus aspectos mágicos; es emocionante encontrarlos ahí, donde nadie nunca antes se había percatado .

En Montmartre se instaló al frente del taller de Degas, el pintor impresionista por quien sentía un particular respeto, así como una desbordada admiración. Pero, a pesar de tener un espíritu gentil y sociable, el pequeño maestro empezó a sentir la necesidad de vivir solo, de tener un lugar independiente. A partir de ese momento su presencia contribuyó a construir la atmósfera bohemia de Montmartre, el corazón de París, el órgano vital en donde palpitaban todas las artes. Cada lugar, cada recodo, cada centímetro de sus estrechas calles, emanaba una magia singular. Era la bohemia intelectual del siglo XIX, inconfundible en la historia por la dimensión invaluable de su producción y por la fusión de placer e inteligencia que se agolpó en las mesas y barras de sus bares y cabarets. Quién iba a imaginar que de aquellas mesas desordenadas, colmadas de botellas vacías, de copas caídas y de ceniceros rebozantes de desechos de tabaco, surgirían varios de los genios y de las obras magistrales, que hoy hacen parte de las glorias intelectuales y artísticas.

Al sumergirse en la realidad cruda de los cabarets más irreverentes de París, Lautrec manifestaba su incomodidad con el mundo hipócrita y almidonado de la clase alta. Lo suyo era lo natural, lo espontáneo; el trato franco y desprevenido; el contacto humano sin miramientos ni barreras; las expresiones auténticas que alimentaban su arte. Su vida artística transcurría entre su taller, el lujoso apartamento de su madre y los burdeles. El pequeño artista se instalaba durante días en los lupanares para convivir con la vida desenvuelta, íntima y cotidiana que encontraba ahí. De vez en cuando iba a cenar a la casa de su madre, a reencontrar un poco de la atmósfera burguesa de su cuna; volvía al hogar pulcro, silencioso, aromado con exquisitas esencias y decorado con escrúpulo. Sus recorridos artísticos incluían sitios como el afamado Moulin Rouge. Todos estos lugares, Lautrec los convirtió muy pronto en protagonistas de su pintura. En ellos había encontrado la cara real de la vida, el rostro que su visión sensible y artística consideraba el más honesto; ahí estaba al ser humano visto de frente.

Hay que tener en cuenta el lugar y el momento. La imponencia de París con su majestuosa arquitectura era un marco de esplendor para la Belle Epoque: etapa fecunda para letras y artes; mezcla explosiva de cultura, intelecto y concupiscencia; derroche de elegancia, belleza, moda, costura, decorados y gastronomía; exceso en el deleite y en la vida sibarita; abundancia de riquezas y de bienes materiales; atmósfera en donde convivían lo trascendental y lo superfluo, la euforia y el desencanto, la dignidad y la vileza, el placer y el extravío, la opulencia y la desidia, el auge y la decadencia. En el ambiente de la Belle Epoque, las luces de los escenarios se entremezclaban con los más oscuros instintos humanos, en una fuente común de estética y de placer. Era entonces inevitable que todo sensibilizara e inspirara a Lautrec.

Lautrec fue, ante todo, un ser de notables cualidades. Sus biógrafos lo definen como un hombre auténtico, nostálgico, adicto a la vida, buen amigo, algo ingenuo, respetuoso pero indómito, y franco hasta las últimas consecuencias. Admirador del ser humano en su expresión más simple y espontánea, detestaba la hipocresía y los sentimientos fingidos. Era noble, sensible y modesto al extremo. Se destacaba por su simpatía; por el buen humor que lo acompañaban siempre, aun en los momentos más difíciles de la vida; por su percepción sutil, su culto por la inteligencia; y por poseer un talento muy admirado, aunque también por ser el pintor más incomprendido de su tiempo. Pero la cualidad más destacable de todas las que lo acompañaron fue la de lograr transmutar su inmanente tragedia en un permanente derroche de alegría y de generosidad desbordada hacia los demás. Aunque era evidente su tortuosa nostalgia interior, jamás se quejó de su deformidad. Por el contrario, siempre tuvo la gracia y la inteligencia necesarias para crear su propio escudo protector, haciendo incansablemente burla y sarcasmo de sí mismo, con una desenvoltura tan natural e ingeniosa que malograba cualquier intento ajeno de mofa sobre él. Tenía un humor fino, agudo, repentista y veloz para la réplica, que podía incluso llegar a ser cáustico y mordaz si la ocasión lo ameritaba. Se fascinaba divirtiendo a los demás con juegos de palabras y recursos linguísticos de doble sentido que lo convertían en el personaje más atractivo de toda clase de fiestas y reuniones. Su compañía resultaba siempre refrescante y acogedora; desprendía un magnetismo encantador. Su personalidad era una afortunada mezcla de distinción, refinamiento, caballerosidad y esmerada educación, con una naturaleza sencilla y descomplicada. No existía en París otro personaje como él, capaz de convivir desprevenidamente con los rasgos propios de la cuna aristocrática y el gusto desbordado por las expresiones populares y la vida subterránea.

Para los historiadores del arte, fue el Zolá de la pintura. Su obra está íntimamente asociada a la literatura de la época, a las obras notables de los escritores naturalistas, o a las crudas composiciones de los poetas malditos. Es comparable con la desgarradora cotidianidad de Maupassant, la complejidad de Balzac, la antiestética de Baudelaire, y el revelador conocimiento humano de Proust. Los rasgos comunes en todos ellos: la temática obsesiva por el ser humano, la capacidad casi sobrenatural de desnudarle el alma a través del arte, y la ausencia de prejuicios en el momento de crear. Hay que poder soportarse a sí mismo , decía, mientras sus expresivos ojos oscuros recibían siempre los mejores y más reiterados piropos por parte de todas las mujeres que conocía. A pesar de todo, sabía que el sobrecogedor atractivo de su mirada cálida y luminosa derrotaba a cualquier belleza superficial o vacía que intentara competirle.

Precursor publicitario.

En 1891 se imprimió por primera vez un afiche de gran formato de Lautrec anunciando las veladas del Moulin Rouge. Las copias exhibidas en las principales calles de París tuvieron una acogida frenética y marcaron una etapa clave en Lautrec. Se convirtió en el rey de los afiches parisinos. El pasado marzo, en Sotheby s, el coleccionista Herbert Schimmel puso a la venta una valiosa colección titulada La vida y el arte de Henri-de-Toulouse-Lautrec que incluyó, entre otras piezas, la primera edición de aquel famoso afiche: La Goulue - Le Moulin Rouge. Había dado con la clave: esquematizar, concentrar todas las emociones en un instante, dar la sensación de movimiento con pinceladas ágiles y sueltas. En ese aspecto, su trabajo no sólo marcó las pautas iniciales de la publicidad sino también las del cine, pues logró lo que los estudiosos bautizaron como la cámara-pincel o el arte de lo instantáneo; poder capturar el momento, como si se tratara del click sorpresivo. También, porque en sus cuadros hay protagonistas y extras, personajes que entran y salen; invitados y colados ; figuras completas y cortadas. Algo que podríamos denominar pintura cinematográfica; como instantes congelados de un película. Esa rapidez que tenía para captar atmósferas, instantes y gestos, con tanta precisión y originalidad, fue la que convirtió a Lautrec en un verdadero paparazzi de la pintura.

En una época en la que el contenido de la información era más importante que la forma de presentarla, fue el primero en preocuparse por el impacto visual, por el atractivo de la imagen. Jugaba con todos los elementos. Sus carteles tenían letras de diferentes estilos, tamaños y colores; capturaban la atención; despertaban interés; el público los recordaba inevitablemente; la totalidad visual de sus mensajes vendía. Su novedoso estilo publicitario revolucionó a París. Los espectáculos de los cabarets empezaron a adquirir una imagen menos turbia, a salir de su ámbito clandestino y a ser reconocidos también como espacios de presentaciones artísticas, como eventos dignos de apreciar. Músicos, cantantes, bailarinas, y toda clase de personajes de la vida alegre, salieron del anonimato gracias a los hábiles trazos de Lautrec. A la lista de figuras recordadas en la historia gracias a Lautrec hay que sumarle la de sus familiares, amigos, divas de la ópera, del teatro y de la comedia, y la de los personajes ilustres -como Oscar Wilde- que el pintor encontraba en los centros nocturnos. También se destacó como innovador en los procesos de impresión. Utilizando la litografía, desbordó una de sus facetas más valiosas. Entre 1890 y 1896 realizó más de 30 carteles y 350 litografías. También se destacaría diseñando escenarios, telones, murales y decoraciones para teatro.

Lautrec se encasilla muy a la ligera en la lista de pintores impresionistas y, sin embargo, su paso por este género fue más bien corto y tangencial. Se sintió atraído por el Art Nouveau y la pintura de Degas. También fue determinante la influencia de su gran amigo Van Gogh. Pero, aunque era innegable su interés por el manejo de la luz y del color, así como su necesidad de crear efectos visuales, la pasión de Lautrec por la figura humana lo apartó siempre de la prioridad paisajista de los impresionistas. Para él, los paisajes eran accesorios que sólo servían en cuanto fueran una especie de telón de fondo de la presencia humana que necesariamente debía ser la protagonista. Su afición por los estilos orientales -especialmente por el arte japonés- fue otra de las características más notorias y también la que lo alejó del impresionismo. Pero el aporte más significativo de Lautrec a la pintura moderna fue el concepto de movimiento . Nada de poses, las siluetas descuidadas, expresándose al natural, como si no estuviera presente el pintor. Para él, la belleza estaba, paradójicamente, en la ausencia de limitantes físicos o morales; en la vida misma; en la capacidad de transmitir la carga emocional e intelectual de los personajes y la atmósfera del lugar.

Hacia 1899, el hombrecillo genial empezó a desmoronarse. Poco a poco se había ido acostumbrando a una vida de excesos. Casi no dormía, trabajaba hasta el amanecer, bebía de manera descontrolada, sus momentos de sobriedad eran pocos y su personalidad empezó a sufrir una metamorfosis que lo convertía en un ser inestable, tosco y obsesivo. Sufría de amnesia, pesadillas, temblor en las manos e, incluso, de delirium tremens. Se extinguía poco a poco. Siendo todavía muy joven, se había envejecido física y moralmente. Había abusado de un ritmo de vida demasiado intenso para su cuerpo endeble. A finales de 1900, se despidió de París. Se instaló en Burdeos En 1901 sufrió un ataque apopléjico que lo dejó parcialmente inválido. El 9 de septiembre, dos meses antes de cumplir 37 años, murió Henri-de-Toulouse-Lautrec.

(Edición del texto original)

Publicación
eltiempo.com
Sección
Otros
Fecha de publicación
2 de septiembre de 2001
Autor
SOPHIA RODRIGUEZ POUGET

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