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Napoleón Y Comesaña

A Napoleón Bonaparte, sus contemporáneos sólo podían mirarlo con odio o con amor. No recuerda la historia una sola alusión a su nombre formulada con medias tintas.

Dios hizo a Bonaparte y después descansó dijo la voz del amor. Y replicó la del odio: Más le habría valido descansar un poco antes .

En 1814 Napoleón, después de abdicar como emperador de Francia, es obligado a retirarse a la isla de Elba. Sus enemigos suspiran aliviados. Sus incondicionales sufren la lejanía del héroe. Por muy poco tiempo. El desterrado se aburre en la isla y no tarda en iniciar el regreso. Veinte días después, hace su entrada triunfal en París.

Un diario parisino, El Constitucional, publicó las noticias del regreso de Napoleón, según se iban produciendo. El día de su partida tituló: El sanguinario ogro ha abandonado su guarida . Días más tarde, tras el desembarco en la costa, el titular fue: El bandido de Córcega ya está en Francia .

Al pasar por Grenoble, el diario reporta: Napoleón prosigue su avance . Y una semana más tarde, tras su llegada a París, titula: Su Majestad real e imperial ha llegado a la capital de sus estados .

También Comesaña ha conocido el repudio y la adulación. También él fue enviado al ostracismo cuando el descontento por su despotismo paternal llamó a las puertas de la regia estancia.

De Comesaña tampoco se puede hablar con medias tintas. Se le ama, con la brusca ternura del pueblo caribe o se le muestra, sin miramientos, el ancho mar o la alta montaña, las posibles rutas del exilio.

Pero ocurre que Comesaña no puede vivir sin este amor sofocante que tiende un cerco a su intimidad y sin este odio que derrocha denuestos y condenas desde el anonimato de la tribuna o desde micrófonos que madrugan para regar la hiedra del rencor.

A veces Comesaña se va de Barranquilla mascullando él también su encono y con ganas de no volver jamás. Pero nada más llegar al nuevo destino, donde ha de jugarse el pellejo entre gentes que sólo lo odian o sólo lo aman, la brújula del corazón vuelve a señalar hacia el lejano puerto abandonado. Allí donde lo esperan la burla despiadada y el amor sin reservas. Allí donde él sabe que están su Itaca y su Penélope.

A veces la vida lo lleva, como a Napoleón, a lugares donde la vida transcurre sosegada y tranquila como agua de estanque. Pero él no puede resistir la paz por mucho tiempo y regresa. Algunas veces vuelve cansado de exilio y llega directo al dique seco, a lamerse las heridas.

Los que lo aman y los que lo odian saben, cuando lo oyen decir adiós, que regresará inevitablemente. Lo sabe también su soldadesca, que tanto hecha de menos su mimo y sus regaños.

Lo sabemos todos pero nos hacemos los duros de corazón cuando lo vemos partir. No tardamos mucho en echar de menos su labia de agente viajero.

Es un pacto entre actores. Lo enviamos al destierro para poder ir a buscarlo y traerlo de vuelta. Una azarosa manera de comprobar que sin hombres de la estirpe de Napoleón y Comesaña, la historia es aburrida.

Publicación
eltiempo.com
Sección
Deportes
Fecha de publicación
17 de agosto de 1996
Autor
Andres Salcedo. Especial Para El Tiempo

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