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Palabra de Cuervo

Ya sé que eran otros tiempos esos de la segunda mitad del siglo diecinueve. Ya sé que todavía se cultivaban con esmero artes diferentes al de sobrevivir. Ya sé que los jóvenes no necesitaban tantos títulos ni tantos pergaminos para empezar a demostrar aquello de lo que eran capaces: quizás, entre otras razones, porque todavía no se había adquirido la mala costumbre de referirse a ellos como al futuro... como si no vivieran en presente continuo, como si no fueran suficientes sus gracias y su respiración y sus guiños y una sonrisa de vez en cuando para justificar su existencia.

Ya sé que eran otros tiempos, decía, pero no deja de despertar mi admiración la historia de un hombre enamorado de las palabras: de esa materia prima para pedir y para agradecer, para contar y para comentar lo que nos cuentan, para preguntar el camino que nos lleve a Roma -porque no es cierto que todos van hacia ella- y para celebrar cuando veamos, a lo lejos, la primera de las siete colinas que ocupan su corazón.

Un hombre enamorado del sonido de las palabras, del origen de las palabras. De la manera como deben conjugarse y como deben sumarse para construir frases que no sólo comuniquen: que sean hermosas a la vez. Quizás no exista proceso más encantador que el de ver cómo los niños van aprendiendo su lengua, cómo se van apoderando de ella, cómo la van perfeccionando, cómo se valen de ella para crecer dentro de un cuerpo que también crece: ser dueño de las palabras no es poca cosa.

Ese hombre al que me refiero es Rufino José Cuervo, quien cumplió el pasado domingo cien años de muerto. A los veintitrés -con Miguel Antonio Caro- ya había escrito una gramática latina, considerada por la Real Academia Española como obra magistral y la mejor de su género escrita en castellano. Pero es sobre todo por el Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana, que dejó iniciado -sentó las bases y llegó hasta la letra D-, por el que bien vale que inclinemos ligeramente la cabeza ante su autor.

Este diccionario, joya tras joya en cada una de sus ocho mil páginas, fue continuado por el Instituto Caro y Cuervo y concluido en 1994. De esta obra, que mereció en 1999 el Premio Príncipe de Asturias, dijo García Márquez que era "una novela de la palabra". Hermosa figura.

No sé mucho -creo que nadie lo sabe- sobre el más allá: puras especulaciones.

Pero si les estuviera dado a los muertos oír, le diría a don Rufino: muchas gracias.

fquiroz64@gmail.com

Publicación
eltiempo.com
Sección
Editorial - opinión
Fecha de publicación
19 de julio de 2011
Autor
FERNANDO QUIROZ

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