Mi amigo Facundo

Mi amigo Facundo

Después de 20 años, 18 giras, 15 ciudades recorridas y cientos de conciertos, era inevitable entablar una amistad con Facundo Cabral, mucho más allá de lo laboral, en la que conocí al filósofo, al místico, pero sobre todo al fabulador. Muchas veces tuve la sensación de que hacía suyas algunas historias ajenas, con la intención de generar optimismo y posibilidad de felicidad en sus interlocutores.

14 de julio de 2011, 05:00 am

Salir de gira con Facundo era un privilegio, pues cada palabra o frase suya era toda una enseñanza. Cenar con él, conversar en un aeropuerto, en un hotel, en el camerino o compartir un café era una experiencia extraordinaria, casi tener la certeza de poder abrazar las estrellas. Y lo digo porque después de cada conversación uno se sentía diferente, uno podía sentir que cualquier sueño era posible. El hombre en el escenario era el mismo en cualquier lugar: lo suyo no era un espectáculo, Facundo era un profeta en permanente monólogo; quien asistió a sus conciertos puede dar fe de que se trataba de un encuentro, una ceremonia, un rito. Su equipaje consistía en una guitarra, muchas hojas en blanco y marcadores negros, pues era muy común verlo escribiendo o dibujando cómics de aventuras de Facundo Cabral. También llevaba consigo un pequeño maletín con una sola muda. Al llegar al hotel, llamaba a la camarera para que le lavara la ropa y ponía su guitarra sobre su cama, pues solía decir: "Mi guitarra es como mi mujer". Se encerraba a seguir leyendo y escribiendo y solo salía a cenar, casi siempre churrasco con vino, en el restaurante del hotel. Al día siguiente, en la mañana, atendía a la prensa y luego se preparaba para el concierto: llegaba dos horas antes para probar el sonido, prueba muy breve, dado que eran solo su voz y su guitarra. En sus ensayos siempre cantaba: "Mi canción no necesita auspicio de Coca-Cola, / con la ayuda del Señor mi canción camina sola". Después se iba para el camerino, donde había que tenerle una botella de vino tinto chileno y allí conversaba con algún amigo.

Era exageradamente estricto con el cumplimiento de los horarios; cada vez que se le incumplía, de una manera muy enérgica mencionaba el terrible episodio que le ocurrió con su esposa y su hija de 3 meses de nacida, pues aquella vez, estando en una gira, llegó tarde para tomar el vuelo que lo conduciría a su siguiente presentación. Ellas abordaron y, desgraciadamente, perdieron la vida en aquel avión. Facundo siempre se lamentó de haber faltado a esa cita con la muerte y, en consecuencia, de no haber evitado el dolor de perder a su esposa y a su hija.

"...No tengo edad ni porvenir" Algo que es particularmente inaudito es que Facundo nunca cargaba un solo peso en sus bolsillos. A diferencia de todos los artistas, no se le daban viáticos y por esto el representante local siempre tenía que estar pendiente de pagar sus consumos. Siempre decía que el peor enemigo del hombre era el dinero: jamás tuvo una propiedad. Su casa en Buenos Aires era un hotel llamado Suipacha, en el centro de la ciudad.

Una vez nos encontrábamos tomando café en el Hotel Tequendama y le entró una llamada a su mánager, el mexicano Emilio Valencia. Era la ex novia de Facundo, de quien se había separado recientemente y llamaba para comunicarle que estaba esperando un hijo. A pesar de su ira, finalmente terminó apadrinando a ese niño y, a partir de ahí, fue lo más importante en su vida. Se llama Juan Francisco, es músico y hoy tiene 18 años; seguramente será el heredero de los derechos de sus libros y de sus discos. Estuvo a punto de retirarse de los escenarios en el 2005, pues ese mánager (Valencia), que lo acompañó durante 15 años, murió trágicamente en un accidente automovilístico. Esa vez, por teléfono, me comentó que luego de la trágica noticia se sentía incapaz de volver a empezar una gira, ya que él consideraba a Emilio más que un mánager, como su familia, un hijo.

Siempre comentaba una entrevista que se hizo en Charlas con Pacheco, en la que este, muy conmovido, lloró. También se lamentaba de no haberle podido cumplir una cita para una entrevista a Darío Arizmendi en Cara a Cara. Era un hombre de campo y de cosas simples: pocos saben que Manuela, la de la canción ("y en bicicleta perseguir a Manuela") no era una mujer, era una vaca a la que perseguía con su familia, cuando era chico, en Tandil. Hubo un episodio que nos pareció por demás curioso y que siempre recordábamos: en una ocasión, en 1991, se presentaban Mercedes Sosa y Alberto Cortez en Cali, promocionados como los dos grandes de América, en avisos de páginas completas en los diarios caleños. El mismo día y a la misma hora se presentaba Facundo en un escenario diferente. A nosotros nos embargaba el temor de tener un teatro desocupado, pero no fue así. El día anterior, nuestra boletería estaba totalmente agotada y, en las notas de prensa, Cabral no cesaba de invitar a todos al concierto de Mercedes Sosa y Alberto Cortez, pues lamentaba que del concierto suyo ya no hubiera una sola boleta. Después de recuperarse de grandes crisis, debido a las enfermedades, dos veces lo escuché decir que definitivamente él no iba a morir de cáncer ni de viejo.

Me dijo que Dios le tenía preparada una muerte poco común. "Moriré el día que muera la última persona que me recuerde", dijo. En vísperas de una gira, murió mi padre y cuando Facundo se enteró, me mandó estas palabras de consuelo: "Llegaste a la vida y diste vida, ahora estás en el lugar donde todos somos eternos". En una entrevista radial se refirió al fallecimiento de Celia Cruz y dijo: "Hay gente que no debería morir". Es lo que hoy, con profundo dolor, tengo que repetir.