Digamos que en este fin de siglo, barrendero de utopÃas, Antonio Tabucchi no llega a la literatura como un profesional de la propaganda polÃtica, sino como un discÃpulo egregio de sus dos grandes maestros, Pirandello y Pessoa; y por qué no, como un fino exponente de lo que en Europa se tildó con el inri de nueva narrativa italiana ; moda literaria que hoy se exhibe ante el mundo con una trilogÃa de sobrevivientes: el siciliano Gesualdo Bufalino, un narrador barroco excepcional; Claudio Magris (Trieste, 1939), un analista denso y reflexivo que ha ganado ya su magistratura en el ensayo con El anillo de Clarisse, donde aporta las claves de la literatura contemporánea; El Danubio y Conjeturas sobre un sable; y Antonio Tabucchi (Pisa, 1943), un fascinante narrador que asà como escribe notas para la nostalgia y para el sicoanálisis (Réquiem) en portugués, mira a Centroeuropa desde su cátedra de literatura en las universidades de Génova y Siena, con el sello de su cultura mediterránea.
En Portugal, su segunda patria, ejerce la dirección del Instituto Italiano de Lisboa, punto de encuentro de un debate cultural permanente, donde Tabucchi ha seguido a pie juntillas el consejo de Italo Calvino, su coterráneo y contemporáneo: que la literatura del siglo XXI tenga el tinte posmoderno, adornado de profusas citas literarias, sÃntesis, fragmentarismo, nada de experimentos formales y mucha tendencia al estilo refinado. Tabucchi dosifica estos elementos, pero va hilando en sus personajes el factor ético como una manera de hablar del hombre en todas sus facetas.
Leyéndolo, saltan en un salpullido la cortesÃa, el arte del buen vivir (y el buen comer), la saudade, el retorno, la nostalgia, el halo portugués. Basta leer de un tirón Los últimos tres dÃas de Fernando Pessoa, un elogio fúnebre a la obra del escritor cumbre portugués, Pessoa, por quien Tabucchi se ha sentido seducido, influido, obsesionado. Es una obra artÃstica tejida entorno de las supuestas visitas que pudo recibir el poeta portugués antes de morir, alcohólico y olvidado, en el hospital de Sao Luis dos Franceses, en Lisboa. Uno a uno, van desfilando todos sus heterónimos, o sea, todas las personas ficticias que Pessoa imaginó y con las que edificó el túnel laberÃntico de su obra: Bernardo Soares, Alberto Caeiro, Alvaro de Campos y el desteñido Antonio Mora. Confiesa Tabucchi en este brevÃsimo libro, de 63 páginas, su adicción por los fantasmas, por el sarcasmo adocenado y por las alusiones culturales.
Puchero novelesco Afirmo que Tabucchi es un posmoderno ameno y elegante, y no un vacuo existencialista transitorio, RiquÃsimo es su texto Los volátiles del beato Angélico (1991), pieza literaria que empieza siendo un elogio de la muerte. Tabucchi se entretiene en las maravillas de Lisboa para el futuro suicida, describiendo con minucia las variopintas ofertas fúnebres y el sitio geográfico exacto para tirarse al Tajo; y luego pasar a una apologÃa de Lisboa, una ciudad abierta, escenario del suicida, donde ya la muerte hace parte cotidiana de su escenario. Tiene Tabucchi una respuesta definitiva para sus héroes? La supervivencia o el escepticismo son las dos cuerdas que aparecen en su baraja, pues Tabucchi plantea en sus historias héroes que no caen en la desesperación pero suelen tener perdida la partida de antemano. Mejor dicho, sus apreciaciones sobre el destino del hombre se quedan a mitad del camino.
Por otro lado, Tabucchi busca historias originales. A juzgar por su libro Dama de Porto Pim (1984), compuesto con base en retazos de libros de viaje, imaginadas conversaciones escuchadas en un barco, apuntes sobre la vida de las ballenas, se concluye que Tabucchi retuerce experiencias ajenas, las dramatiza, pero no son suyas. Es un cuentero recogedor de historietas que ubica lo oÃdo en la calle en sus personajes, y teatraliza magistralmente. Por eso él lo dice en Pequeños equÃvocos sin importancia (1987): el papel que uno asume acaba por convertirse en verdadero, la vida es experta en esclerotizar las cosas, y las actitudes se convierten en opciones . Por eso en las novelas de Tabucchi los papeles de sus personajes no son tales, son cambiables, no permanecen, se canjean como un traje.
Basta leer Nocturno hindú (1985), donde el viajero juega a aparentar un millonario y, al dÃa siguiente de haber pernoctado en un burdel de Nueva Delhi, se aloja en el hotel más lujoso. O sea, no es ni lo uno ni lo otro. Todo su paso por la India es la búsqueda de un amigo perdido hace muchos años que, en el fondo, es él mismo. Como es difÃcil que al final lo encuentre, el auténtico rostro del protagonista se esfuma en muchos otros sin que se sepa cuál de ellos es el verdadero. AhÃ, en ese detalle literario, Tabucchi, cogiendo personajes que se hacen pasar por otros, juega al ilusionismo, al fingimiento, a la hipocresÃa de la personalidad, al trastocamiento de sus héroes.
Fama de sus cuentos Con Réquiem (1994) corona su habilidad para el cuento, para el microrrelato de dos o tres páginas. En este, un hombre llega a las 12 de la mañana de un domingo estival a una Lisboa vacÃa por las vacaciones y el calor. Allà se va encontrando con varios fantasmas de su propio recuerdo su padre, una novia, un amigo... y del pasado cultural portugués Pessoa, un personaje de un cuadro del Bosco expuesto en el museo..., asà como otros varios tipos lisboetas que le ayudan a recorrer 12 horas hasta la cita final de su jornada. El recorrido es aparentemente errático, pero puede estar marcado por un plan del inconsciente, que revive una época biográfica del autor. Réquiem, como Angel negro (1993) y Los volátiles del beato Angélico, busca los fantasmas, o algún taimado personaje que sale de uno de los libros para entrar en el otro, es por supuesto Pessoa, es el retorno de los fuertes recuerdos, es la dureza del mal, la frialdad de una despedida...
En Tabucchi estos sentimientos adquieren en sus cuentos ese tinte posmoderno, ameno y surrealista. Por eso él va sacando de su cubilete literario historias y más historias: que la trágica vida del poeta portugués Antero de Quental. Otras veces juega a imaginar la correspondencia fantástica entre el rey Sebastián Goya. Con el sueño y los viajes, arma cuentos de antologÃa, estilo La lÃnea del horizonte (1988) y Nocturno hindú (1985). Ya sea el sol asfixiante de Lisboa o el fondo nocturno de la India, el tema-pasión de Tabucchi sobresale: visitas inesperadas de viejas amistades, encuentro con personas misteriosas, diálogo con fantasmas. Uno podrÃa concluir que los cuentos de Tabucchi son anécdotas de un viajero errante, pues no hay historias con argumentos sólidos, sino fragmentos, azares, episodios sueltos.
Bruja literaria.
Su best seller Sostiene Pereira (1995) ha sido el cohete de su prestigio literario, una novela sobre un periodista portugués durante la Lisboa salazarista y la guerra civil española. Curiosamente la trama sigue un rumbo previsible, lineal, y antes de la mitad de la novela, el lector sabe que el protagonista va a sufrir una toma de conciencia polÃtica. Cuando se llega a esta conclusión, se hace inevitable que el joven protegido vaya a morir trágicamente en manos de la policÃa secreta portuguesa. Además, utilizar las lecciones de un siquiatra como medio para obtener la conversión sociopolÃtica de Pereira es un recurso que a Tabucchi le quedó flojo. Lo único salvable es el personaje real y no imaginario que logra adobar. El protagonista, gordo, ultracatólico, sentimentalote, con dubitaciones teológicas y un corazón bonachón, se torna en un ser entrañable, y por eso la novela seduce. Es una novela de personaje que ubica a Tabucchi en el novelista observador, tal y como lo fueron los novelistas clásicos del siglo XIX.
Hacia dónde va Tabucchi? En el rompecabezas de su fascinante narrativa, sus lectores adivinamos más surrealismo y menos juego; más fantasmas como los tuvieron en su tiempo dos de sus inspiradores imaginarios: Flaubert con su Salambó, y Gogol con sus Almas muertas; y quizá piezas fragmentarias pero originales con nostalgias, saudades y su Portugal de fondo. Ya lo veremos.
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