A los periodistas de esta y de otras latitudes nos echan en cara, con algo de razón, el que no seamos o no nos sintamos ciudadanos de las comunidades donde vivimos. Por qué un juicio tan severo con quienes debemos estar, por la naturaleza misma de un oficio que es en sà un servicio público, comprometidos con la problemática de nuestros lectores? Por qué no nos perciben como sus aliados y voceros?
Parte de la respuesta se encuentra en el rumbo que ha tomado la profesión del periodista, extraviado frente a su verdadero público y con una concepción desenfocada de su papel dentro de la sociedad. Apenas ahora, cuando los lectores nos ven tan distantes y desinteresados por los problemas de la comunidad y hablando de temas que no les dicen mucho, es cuando hemos comenzado a reflexionar en los medios de comunicación sobre cómo podemos ser aliados más de la gente común y corriente que de las fuentes, en esta carrera por la credibilidad y la preferencia en un mercado de opciones informativas cada vez más competido y exigente.
Una de las principales estrategias para acercarnos más a nuestros lectores y para que ellos, a su vez, nos perciban más cercanos empieza por cambiar una actitud bastante arraigada y peligrosa entre los periodistas: no hay que involucrarse demasiado con las causas que interesan a la comunidad. Es decir, que en razón de esa rabiosa independencia frente a los hechos que tanto nos han inculcado en las escuelas de periodismo, como requisito indispensable para mantener nuestra objetividad, hemos terminado por alejarnos demasiado de esa realidad de la cual supuestamente bebemos.
Si bien es cierto que la objetividad y exactitud sigue siendo la columna vertebral del periodismo, también lo es que en la medida en que no nos vinculemos como periodistas con causas ciudadanas estaremos reforzando inevitablemente esa percepción que se tiene de nosotros como personajes poco interesados en el devenir diario de la ciudad o el paÃs en el que vivimos. El reto es claro: cómo militar , en el buen sentido de la palabra, en proyectos sociales que buscan el bien común y al mismo tiempo mantener nuestra independencia para, cuando haya lugar a hacerlo, poder criticarlos. Tiene sus riesgos, pero algunas experiencias recientes y planes de los que están por venir me han demostrado con creces que son muchos más los beneficios.
Puntos de encuentro Participar en las deliberaciones y decisiones de la mesa directiva del Plan Estratégico Bogotá 2000 es una de ellas. Y muy reveladora. Parece increÃble, pero a los más altos niveles directivos pensarÃa que en los demás niveles también de un diario tan importante como EL TIEMPO, un jugador local de gran influencia en la vida de la ciudad, se desconoce en buena parte la compleja problemática de la capital. Casi que el vertiginoso y desordenado crecimiento de sus problemas desbordaron nuestra capacidad de informar con celeridad y de fiscalizar con severidad a los responsables del deterioro de la calidad de vida de Bogotá. Terminamos, como periodistas y ciudadanos, aislados de una realidad que por razones tan paradójicas no queda reflejada fielmente en nuestras páginas.
Esas reflexiones en torno de la urgencia de vincularnos como medio de comunicación en empresas que apunten en la dirección de construir una mejor ciudad y contribuir como periódico a influir sobre los destinos de Bogotá, nos ha llevado a participar activamente en el diseño e implementación de un plan estratégico para hacer realidad la ciudad deseada por muchos de quienes han participado en ese espacio de concertación entre los sectores público y privado para pensar y actuar en la ciudad con visión de largo plazo que es Bogotá 2000.
En un lugar de confluencia de actores interesados en el futuro de una ciudad tienen que estar presentes, como protagonistas más que como espectadores, los más importantes medios de comunicación de la ciudad. Para un periódico que tiene que redefinir radicalmente sus relaciones con una comunidad que lo percibe distante e indiferente ante sus necesidades, es urgente comprometerse con los sectores más representativos de la ciudad para trabajar unidos en la búsqueda de acuerdos en torno de soluciones y oportunidades que Bogotá necesita para trabajar en un mejor presente y, por supuesto, en un mejor futuro.
Una de las funciones principales de un medio de comunicación en su tarea de aportar a la formación de una cultura ciudadana es propiciar puntos de encuentro de intereses tan disÃmiles como los que se mueven en una urbe como Bogotá. Al ponerse al servicio de un plan como Bogotá 2000, un periódico puede ser definitivo en lograr acuerdos entre los distintos actores para que contribuyan a transformar la ciudad actual y acercarla a la ciudad deseada.
Los medios de comunicación, que tanto exigen de nuestros gobernantes, no pueden estar al margen de la actividad pública, entendida ésta como la contribución colectiva a un mejor modo de vida de nuestra ciudad. El Plan Bogotá 2000 es una de esas empresas públicas, es decir, de esas de las que tenemos que ser dueños todos los que vivimos en la gran ciudad, cuyo propósito debe comprometer sin desfallecimientos a los medios de comunicación. Ellos son, por su penetración y facilidad para masificar ciertos mensajes, quienes deben crear un sentido de pertenencia de las ciudadanos por un proyecto que busca construir entre todos la Bogotá en la que queremos que vivan a gusto las generaciones que están por venir.
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