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Dos Años De Samper

Al cumplirse el segundo año del cuatrienio Samper, no puedo dejar de recordar lo que estaba pensando y escribiendo hace un año, cuando llegó a su primer aniversario.

Santiago Medina, el tesorero de la campaña presidencial, detenido en la cárcel Modelo de Bogotá, acababa de estremecer al país con sus revelaciones; Fernando Botero, el Ministro de Defensa, había renunciado en medio de la conmoción general, y yo comentaba, ese domingo 6 de agosto del 95 que, en nuestros 175 años de vida republicana, no tenía memoria de un Presidente que hubiera llegado tan maltrecho a su primer año de gobierno.

Y me preguntaba en qué condiciones anímicas, y con qué autoridad, credibilidad o capacidad de liderazgo podría gobernar en los tres años que le quedaban si no despejaba de manera rápida y categórica las dudas de que hubiera podido ser elegido con dineros del narcotráfico.

Me preguntaba, además, si un Presidente dedicado a defenderse podría al mismo tiempo ocuparse de la conducción del Estado, y advertía que una absolución de Samper por la Cámara de Representantes no resolvería la crisis, porque le correspondía era al Presidente demostrarle al país, más allá de cualquier duda, que nada tuvo que ver con los narcodineros.

Todo eso estaba pensando y escribiendo hace 12 meses. Pero jamás imaginé lo que se iba a venir. En ese agosto del 95, creo que nadie, ni el más tremendista de los espíritus, podía vislumbrar la inverosímil avalancha de hechos que se precipitaría.

La grabación y el asesinato de la monita retrechera ; el atentado a Cancino; el asesinato de Alvaro Gómez; la detención y confesión de Botero; el retiro conservador del gobierno; las detenciones de Avella, Santofimio, el Procurador, Guerra de la Espriella, Villegas Etales; la confesión de María Izquierdo, la de Palomari; el narcomico ; la narcoavioneta de Montería y Heyne Mogollón; la fuga de Santacruz; la descertificación; la postura de los gremios y de la Iglesia; los editoriales de la prensa nacional y extranjera; la acusación de la Fiscalía contra los tres ministros; la carta de los Rodríguez a Samper; el nombramiento diplomático del coronel Osorio; el juicio televisado en la Cámara; el reparto de auxilios a Heyne y su combo; la fotografía con la monita y la explicación de Samper; el retiro de la visa; la detención del coronel Osorio...

Todo esto, y mucho más la recesión económica, el aumento del desempleo, el aislamiento internacional ha ocurrido en el último año en un país estupefacto que, sin embargo, no sale del asombro, ni reacciona como podría esperarse ante una cadena de acontecimientos, a cual más de escandaloso, que por lo visto no asimila en sus futuras consecuencias.

El segundo año del gobierno Samper ha sido el más traumático y desconcertante de nuestra historia reciente. También, el más decisivo para conocernos mejor como país y como pueblo; como sociedad y como gente.

El resultado y las proyecciones de lo que ha pasado no son alentadores. Tenemos a un Presidente aferrado al poder y empeñado en continuar ahí, por encima de cualquier otra consideración. Tenemos a un país hondamente dividido entre los que consideran que su mandatario es indigno y debe renunciar y los que creen que es víctima de una conspiración de los de arriba, o los que simplemente les importa un bledo todo.

Lo que en definitiva no tenemos es la posibilidad de superar esta crisis a corto plazo, ni de contar con un gobierno con el liderazgo o la capacidad ejecutiva para sortear los apremiantes desafíos económicos, sociales y de orden público que afronta Colombia.

Antes de que con Medina estallara en toda su intensidad el narcoescándalo, todos queríamos que Samper se hubiera dedicado a gobernar en forma al país. Que hubiera podido superar el estigma del narcotráfico que nos persigue y demostrar un talante de estadista, tomando las decisiones económicas, políticas y militares que la delicada situación demandaba.

Pero no se pudo. No se podía desde el momento en que se supo que en su campaña presidencial había sucedido algo que nos podía estigmatizar como nunca antes. Algo que revelaba un serio problema de carácter, de criterio y de visión. Y que exigía una total y convincente clarificación, so pena de que el mandatario de los colombianos no lograra la confianza pública indispensable para gobernar.

A los dos años del gobierno Samper tampoco puedo dejar de recordar las dudas e inquietudes sobre su personalidad política que expresé durante el debate electoral del 94.

La naturaleza contemporizadora, el espíritu transaccional de darle contentillo a todo el mundo; la formación clientelista; la vocación populista (que no popular); la falta de rigor económico, todo eso que tanto nos preocupaba desde la campaña (y antes), y que habíamos perdido de vista ante la abrumadora y excluyente dimensión del narcoescándalo, es precisamente lo que explica que este hubiera podido ocurrir.

Es que no fue un desliz, ni un pecado venial que se coló a sus espaldas, ni algo que les ha sucedido a todos los candidatos en este país. No le sucedió, ni le hubiera sucedido jamás, a un Luis Carlos Galán. Le sucedió a un Rodrigo Lara Bonilla, cuando los narcos le lograron infiltrar (aquí sí a sus espaldas) un mísero cheque de un millón de pesos y Lara se hizo matar para limpiar su nombre.

Le sucedió a Ernesto Samper. De manera flagrante y nunca antes vista. Porque su trayectoria política, sus relaciones de tiempo atrás con una clase política penetrada por el narcotráfico y su propia concepción del poder, hacían propicio que algo semejante pudiera ocurrir. Por esa misma personalidad política, repito, que hoy explica que haya utilizado todos los recursos del Estado, y su innegable sagacidad clientelista, con el propósito único de mantenerse en el poder.

A cualquier precio, que nos resultará costoso. Porque ahí lo tenemos, atornillado. Viajando por Europa con una delegación de cincuenta personas mientras las protestas campesinas se expanden como reguero de pólvora. Buscando como sea legitimidad internacional; ofreciéndole al único gobierno que lo recibe contratos y compras de armamento, girando y prometiendo a diestra y siniestra, procurando, en fin, proyectar la impresión de un Presidente que puede gobernar.

Y pensar que aún faltan dos largos años. Qué estaré escribiendo si se cumple el tercer aniversario de Samper? Esta columna no aparecerá la próxima semana.

Publicación
eltiempo.com
Sección
Editorial - opinión
Fecha de publicación
4 de agosto de 1996
Autor
Enrique Santos Calderon

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