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LA MULTITUD HACE JUSTICIA
En el Libro de Novedades del pequeño destacamento policial de La Maná solo quedan los nombres de los cinco hombres que fueron quemados por un avispero humano: Rengel Lascano Laferti, Cristóbal Cedeño Chávez, Hugo Solórzano, Luis Mario Cueva y Juan Abad Sarango.
Junto a los nombres, el cabo Rodrigo Criollo ha marcado con tinta roja la fecha: 17 de julio de 1996.
Quiero olvidar ese espanto pero no puedo , dice el policÃa, mientras observa el cementerio de cruces blancas que sobresalen entre la maleza. La tumba del lojano Juan Abad no tiene ni siquiera una cruz de palo; es solo un montÃculo de tierra. Sus restos se hallan en el pueblo que lo victimó. Nadie reclamó su cuerpo. En La Maná, el cantón tropical de la frÃa provincia de Cotopaxi, la vida sigue igual.
La avenida 19 de Mayo, que cruza la población, es vibrante, pletórica de vida. De las rockolas y de los equipos de sonido salen las voces de J.J. y Luis Miguel. Los hombres beben cerveza en los portales y las muchachas trigueñas disfrutan del bravo sol en el parque central de este rico cantón agrÃcola que tiene edificios de siete pisos y casas de colores chillones. Parece que aquà no ha pasado nada. Nadie carga la culpa.
Carmen Sevilla, dueña de un hotel, admite que la gente no cree en los jueces, los considera corruptos. Los 35 mil pobladores aman el trabajo, por más humilde que este sea. Por ello, sospechan de los que no hacen nada. Los delincuentes son perseguidos. Pobre de aquel que sea acusado de ladrón. En pocos minutos será acorralado por cientos de personas. Quizá será azotado o, en el peor de los casos, quemado.
El respeto al trabajo y la falta de fe en la justicia son los resortes que mueven a la gente a aplicar su justicia. Hace un año, un hombre que robó un auto se pegó un tiro en la sien al verse acosado por los pobladores. Y en marzo de 1990, un padre y sus dos hijos, acusados de violación, fueron cremados en la cárcel.
Vengar a LenÃn La última masacre no trajo la culpa. Pero las imágenes de la muerte entristecen a la gente. Celia Inés Cajas RodrÃguez, una mujer menuda de 50 años, no deja de llorar al recordar el cadáver de Cristóbal Cedeño colgando del árbol de guayaba en el potrero de su finca. Celia Inés es la dueña de casa en la que se refugiaron los perseguidos. Eran las 11 de la mañana del 17 de julio. No se explica cómo, de pronto, aparecieron 2 mil personas: jóvenes, viejos, mujeres, ricos y pobres. Muchos estaban encapuchados. Ellos querÃan vengar a LenÃn Cajas, un muchacho honrado y trabajador .
El bello paraje de rÃo y palmeras, ubicado a 6 Kms de La Maná, se convirtió -en segundos- en un infierno. La turba por poco tumba la casa de bloque y madera. Celia Inés, con manos temblorosas, abre una puerta de una bodega repleta de yuca: el último refugio de los muertos.
El destino los trajo acá, y ahora ya no puedo vivir en paz , dice, sin dejar de mirar una estampa de Jesús. Los culpables? La Maná no señala nombres, protege con celo el secreto. La respuesta es la misma: fue el pueblo, que juzguen a todos. En el mercado, en las calles, en el parque de esta tierra de bananeras y cafetales las personas alaban las virtudes del difunto LenÃn Cajas. Las vidas de los cinco quemados no se compara a la de LenÃn, buen hijo y trabajador , dice una chica en el parque.
Clemencia Ayala, vendedora de carne, admite que el pueblo actuó bien pero no debÃa quemarlos . Ayala advierte que unos cuantos niños, que se acercaron a los muertos, no pueden dormir y la carne les asusta . El mayor de PolicÃa Gonzalo Suárez no olvida el suceso, las palabras de la gente de hacha y machete: o acabamos con ustedes (los policÃas) o nos entregan a ellos... Suárez prefiere borrar el terror, la muerte a garrotazos, a pedradas... el fuego.
- Publicación
- eltiempo.com
- Sección
- Otros
- Fecha de publicación
- 4 de agosto de 1996
- Autor
- EL COMERCIO Ecuador Grupo de Diarios de América. GDA.
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