Patrocinado por:
RELATO DE UNA VENGANZA
Trabajé durante mucho tiempo en el extranjero. Al regresar a Francia, me costó trabajo readaptarme. Vivà en un paÃs donde habÃa sol, mar y estaba Richard, un hombre que amé mucho. A mi regreso, no pude acostumbrarme al ambiente gris de ParÃs, a la multitud, a la tristeza de su gente, a esa vida agitada.
Volvà a Francia de la noche a la mañana. TenÃa 30 años. HabÃa renunciado y habÃa tirado la puerta sin preaviso ni discusión. Incluso Richard tampoco pudo detenerme, a pesar de que sabÃa que lo perderÃa para siempre.
Era duro. Después de este fracaso, dejé de trabajar. Decidà aislarme. No tenÃa derecho al seguro de desempleo, porque habÃa renunciado. Estaba rodeada de buenos amigos que me decÃan: Busca trabajo, busca trabajo .
Me replegué en mà misma, hasta el punto de que no salÃa casi nunca, excepto para comprar lo esencial: cigarrillos y alcohol. Descolgaba el teléfono a menudo y dormÃa gran parte del dÃa. No me maquillaba, ni me vestÃa. Todo esto me llevó a un intento de suicidio, que terminó en tres dÃas de hospital.
Tomé unas vacaciones que me sentaron muy bien. Y encontré a Marc, un hombre de cierta edad. TenÃa mucho dinero, y yo no tenÃa nada. Esperaba que él me diera lo que necesitaba: amor. Al final, resultó una nueva decepción, que no mejoró las cosas. Era egoÃsta y tacaño. Solo le interesaban mi cuerpo y mi juventud. Este hombre hizo que yo me concientizara de que me habÃa vuelto marginal, que no valÃa más para la sociedad.
Acostumbraba a codearse con mujeres bien vestidas, bien arregladas, como le gustaba repetÃrmelo. Se la pasaba diciéndome: Es cierto que no eres gran cosa, pero no hay dos como tú .
La anfitriona Su actitud me despertó de dos maneras: por un lado, tenÃa ganas de enfurecerlo; por otro, quise probarme a mà misma que aún era bella.
Tuve ganas de encontrar cualquier trabajo, sin importar qué. QuerÃa algo que no fuera esclavizante y que diera bastante dinero. Una mañana, entré en una panaderÃa, donde colocaban avisos gratis. Al revisarlos, encontré varios anuncios para puestos de anfitriona . SabÃa muy bien de qué se trataba.
Llamé. Eran clubes privados. Pidieron que me presentara. Y fui.
El primero era un bar de prostitutas. Una joven bailaba en la pista con un hombre viejo que le acariciaba las nalgas. Mientras tanto, yo esperaba la entrevista. Sentada frente a ellos, me pregunté qué hacÃa allá y decidà irme. En el segundo lugar, me recibió una mujer desconfiada. Cuando le dije que venÃa por lo del anuncio, me dejó entrar. El ambiente era igual al del otro sitio.
Me informó sobre cómo eran las cosas: Usted baja con el cliente. Su salario es de diez francos por cada trago y de cien francos por una botella de champaña. Debe hacerlo consumir al máximo . Cuando vi la clase de muchachas que trabajaban en ese club, volvà a preguntarme qué hacÃa allá. Estaba decepcionada. No era en absoluto lo que imaginaba. Entonces, regresé a casa.
Encontré otro anuncio. Llamé por la tarde. Me respondió una mujer que, de entrada, me preguntó por mis medidas, mi cabello, mi peso. Me pidió que pasara a su agencia pero, antes, debÃa llamarla de una cabina telefónica cercana. Eso me sorprendió. Al llegar, me encontré con una oficina de mucha clase. La mujer me hizo llenar una ficha, donde escribà un nombre falso. Ella me preguntó qué más hacÃa y le dije que hablaba inglés fluidamente. Era evidente que tenÃan clientela americana. Me miró con detalle y me hizo caminar por la habitación. Me quité el vestido y liberé mi cabello. Me encontró bien, con encanto, y capaz de conversar con un hombre de negocios. Ella me propuso alguien para esa misma noche.
DebÃa o no hacerlo? Lo que me impulsaba a aceptarlo era el deseo de vengarme de Marc. Para bien o para mal, todavÃa estaba con él. También el dinero fácil: mil francos por hora para mà y mil para la agencia. Solo me retenÃa la educación que habÃa recibido en casa y los principios morales que me habÃan inculcado.
El jueves Esa noche saqué toda clase de disculpas para evadirme. Era un jueves. El sábado, hacia las 6 de la tarde, recibà una llamada de esta agencia para pedirme que fuera a la casa de un cliente. Me lo describieron y me advirtieron que no hablaba y que trataba a las mujeres como vulgares objetos.
Escogà un vestido sencillo, zapatos con poco tacón, todo muy clásico. Como si fuera a ver a mis amigos.
Llegué tarde y el hombre estaba en la ventana esperándome. Cuando lo vi, sentà un flechazo. En el taxi, pensaba en qué debÃa hacer, cómo debÃa comportarme Saltarle encima? Desvestirme? Hacerle un strip-tease? Pero cuando lo vi allá, tuve deseos de actuar igual que con alguien que me atrae. Me recibió de una forma calurosa y amigable. Era cortés, distinguido, con una elegancia natural. TenÃa unos 35 años.
VivÃa en un apartamento inmenso y bien decorado. Me hizo sentar, me ofreció champaña y, además, parecÃa querer hablar. Conversamos de su gato, de los animales, de la lluvia y del buen tiempo.
Pensé que mi actitud le sorprendÃa. Yo tenÃa la impresión de recuperar mi verdadero carácter: el de alguien que no puede hacer algo si no quiere hacerlo. Es cierto que deseaba a esa persona, pero no en esas circunstancias.
Salió de la sala para escuchar los mensajes de su contestador y regresó vestido en bata, una bata hermosÃsima, rojo carmÃn y cinturón de pompones.
En la agencia me habÃan dicho que este hombre adoraba los masajes. Y eso era lo que él querÃa. No tengo ni idea de hacer un masaje , le dije, pero en realidad no deseaba hacerlo. Busqué una idea más divertida y le propuse que tomáramos un baño.
Eso lo entusiasmó. Llevamos la champaña, las velas y la música hasta la sala de baño, que era pequeña en comparación con el apartamento. Entonces, él me dijo: Ahora, puedes desvestirte . Eso no me hizo ni cinco de gracia.
TenÃa la impresión de que él también sentÃa atracción.
Me desvestà mientras fui a traer otra botella de champaña y entré en la tina, que ya estaba llena. El llegó después. Desde ahà todo fue muy extraño. El se quedó quieto, con la cabeza recostada hacia atrás y los ojos cerrados.
Yo lo miraba. Al final, me desesperé y le pregunté qué querÃa que le hiciera. Al fin y al cabo, yo tenÃa que rendirle cuentas a la agencia.
El abrió los ojos. Nada me dijo. Estamos muy bien asà . Yo querÃa besarlo, pero se negó. En ese momento comprendà que, de todos modos, yo no podÃa vivir una historia de esas.
Estuvimos conversando cerca de una hora, pero las dos horas que me dio la agencia ya estaban por cumplirse. Le dije que ya debÃa irme.
-No, tú te quedas.
-Normalmente son mil francos la hora.
-Te daré el dinero, pero quiero que te quedes.
Salimos del baño y pasamos a su alcoba. TenÃa chimenea, un televisor gigante y una cama magnÃfica. Nos acostamos sobre la cama y seguimos hablando. Las dos copas estaban sobre la chimenea. De pronto era el comienzo de una historia de amor, por qué no? Cuando estaba estirada junto a él, me acostó sobre la espalda, como para hacerme el amor. En el momento crÃtico, me deslice hacia un lado y le dije: No .
Me levanté, me vestÃ, y los dos fuimos a la sala. Yo querÃa una historia de amor, y él no.
Insistió en pagarme. Estaba dispuesto a darme los tres mil francos de la agencia y los tres mil mÃos. Acepté el dinero de la agencia (que no habrÃa podido sacar de mi bolsillo), pero rechacé el mÃo, excepto algo para el taxi de regreso.
Llamó un taxi. Bajé y él se asomó a la ventana. Cuando iba a montarme al carro, me hizo un gesto con la mano.
La mañana siguiente, dejé el dinero de la agencia en un buzón que me habÃan indicado. Yo le habÃa pedido que no dijera nada sobre lo ocurrido, de modo que me llamaron varias veces para proponerme otros clinetes Pero nunca respondÃ.
(Adaptado de Marie-Claire)
- Publicación
- eltiempo.com
- Sección
- Otros
- Fecha de publicación
- 4 de agosto de 1996
- Autor
- NULLVALUE
Patrocinado por: