Quizás porque mi profesión me ha enseñado que las dificultades siempre generan oportunidades de hacer las cosas mejor, me encuentro entre los colombianos que creen que la crisis polÃtica que estamos viviendo era absolutamente necesaria para poder enfrentar los retos de la economÃa global del siglo XXI sobre bases firmes.
En los treinta años que siguieron al fin de la segunda guerra mundial, América Latina utilizó el endeudamiento externo como un complemento a la exportación de bienes primarios o de bajo grado de transformación, para financiar la modernización de su economÃa.
A diferencia de los paÃses asiáticos, no desarrollamos una industria competitiva internacionalmente, precisamente por esa abundancia de recursos naturales exportables. En la década de los ochenta, el modelo explotó con la crisis mexicana, y los paÃses latinoamericanos se vieron obligados a hacer un doloroso ajuste en sus niveles de vida, y a enfrentar la necesidad de modernizar su infraestructura fÃsica, su capital humano y sus empresas, al no poder contar fácilmente con crédito externo.
Colombia no tuvo que hacer ese ajuste penoso, porque ya desde la década de los setenta contábamos con el influjo masivo de narcodólares al paÃs, ya fuera como bienes de contrabando, como divisas por la ventanilla siniestra, como importaciones subfacturadas o exportaciones sobrefacturadas. Ello permitió diferir los cambios estructurales que la nueva economÃa global exige.
El precio que se pagó por la narcofinanciación es bien conocido: corrupción pública y privada, violencia, concentración de riquezas ilegales, fortalecimiento de la guerrilla, relajamiento de los valores éticos, en lo nacional. Desde el exterior nos ven cada vez más como una narcodemocracia que se ha convertido en amenaza para el bienestar de aquellos paÃses que, como Estados Unidos, luchan por erradicar el consumo de alucinógenos.
Ahora que los colombianos nos hemos convencido de que debemos frenar el uso del paÃs como plataforma exportadora de narcóticos, tenemos la fortuna de que una riqueza transitoria de petróleo nos va a permitir prescindir de los flujos de capital ilegal sin crear una tronera inmanejable en la balanza de pagos.
Tenemos una década para convertir las utilidades del petróleo en recursos fÃsicos y humanos que hagan de Colombia un exportador eficiente de bienes y servicios de mayor valor agregado, a mercados que solo estarán abiertos si aprovechamos esta crisis para limpiar al paÃs.
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