Silva y Villalba, el último gran dueto

Silva y Villalba, el último gran dueto

Este fin de semana hay fiesta en la Ciudad Musical: trinarán guitarras, tiples y bandolas en el Festival de Música Colombiana, en el que se les rendirá un homenaje a Rodrigo Silva y Álvaro Villalba, el dueto más representativo de la música colombiana andina del interior en las últimas décadas, después de la desaparición de los célebres Darío Garzón y Eduardo Collazos.

18 de marzo de 2011, 05:00 am

El dueto, que actuó al lado de, entre muchos otros artistas de talla universal, Celia Cruz y Julio Iglesias, se ha presentado en los mejores teatros del mundo, ha grabado 40 discos de larga duración con alrededor de 500 canciones y sigue llenando escenarios cuando se presenta, ya no resulta llamativo para la industria disquera ni la gran mayoría de la radio comercial.

Hace varios años dejaron de trabajar con las disqueras y hoy venden directamente sus producciones. "Si venden 10.000 discos, dicen que vendieron 200 y le dan a uno cualquier peso", dice Silva, compositor y gran cantante, cuya voz llegó a ser comparada con la del mexicano Pedro Infante.

La industria musical es, insiste, la culpable de que la música autóctona ya no se grabe ni se venda.

"La música se ha comercializado mucho: vallenato, reguetón, con éxitos pasajeros. Cogen a un artista, lo elevan y luego lo dejan caer", reflexiona.

Y recuerda que lo mismo no sucede con canciones de su repertorio, como Llamarada, Oropel, que ya hacen parte de nuestra historia patria musical.

Gabriel Muñoz López, creador, hace 57 años, del programa Así canta Colombia - de Caracol Radio-, recuerda que en los años 70 y comienzos de los 80 los bambucos y pasillos se transmitían con enorme éxito por las emisoras comerciales. "Era una época en la que aún les enseñaban canciones como Pescador, lucero y río a los niños en los colegios. Hoy, hay muy buenos duetos y tríos que solo aparecen en festivales como el de Ibagué, pero que después no tienen ninguna vitrina".

Silva lo refuerza: "No entiendo cómo dicen que la música colombiana no se vende, si nuestros conciertos tienen lleno total y en cada presentación vendemos 400 y 500 discos".

"Buenos compositores le dedican tiempo a una obra bonita y luego se desilusionan porque nadie se la graba", diría más adelante su eterno compañero, Álvaro Villalba.

Trasnochador y bohemio Silva, nacido en el Huila y adoptado para siempre por el Tolima, revive todos estos recuerdos de la carrera musical del dueto sentado en el quiosco de su casa en Ibagué.

Tiene 66 años, que ya se le reflejan en su rostro agobiado por la enfermedad y por su vida de músico "andariego, trasnochador y bohemio", como él se define.

Silva rememora la cirugía de 23 horas (en octubre del 2004) en la que, según él, le reemplazaron "el paladar con una rodilla" para librarlo de un cáncer en la boca.

Ese año, le vaticinaron que, incluso, podría quedar mudo. "Si mucho, quedaría cantando boquinche: 'Al chur, al chur, al chur'", dice que pensó, burlándose de sí mismo.

Pocos días después, no solo recuperó el habla sino que volvió a cantar: "Porque me llevarás unido a tu recuerdo, como la luz del sol, como el agua y el viento", entonó ante los médicos.

Fue entonces cuando surgieron los problemas económicos. Tuvo que venderlo todo para poder pagar los servicios médicos, ya que no tenía seguro.

Un país ingrato: Villalba Ninguno de los dos goza de una pensión. "En esa época no se usaba eso de cotizar para pensionarse", asegura Álvaro Villalba, de 80 años, oriundo de Espinal. No viven en la precariedad, pero nada les sobra. A duras penas, cada uno tiene vivienda propia.

Ambos reciben regalías por las ventas de sus discos y por derechos de autor y de intérpretes. "No le cuento cuánto nos llega, para que no se ponga a llorar", cuenta Villalba.

Y reniega de quienes han dicho que son millonarios cuando, según él, siempre les han pagado muy "regular".

Villalba le pide una taza de café caliente a su esposa, que tiene una tienda de barrio en el garaje de su casa.

Su salud se ha quebrantado con el paso del tiempo. Recientemente sufrió una isquemia cerebral que ya no le permite tocar la guitarra.

Cuando se presentan, lo hacen acompañados de un guitarrista. "La mano me jode; mejor no toco para no meter las quimbas", dice. Su voz, como la de Silva, se mantiene igual de bella.

-¿Qué ha sido lo bueno y lo malo de su carrera, maestro Villalba? -Lo bueno, la satisfacción de ver que Colombia no olvida nuestras canciones.

Lo malo, la ingratitud de las disqueras, del Gobierno -comenta.

El escritor Carlos Orlando Pardo, amigo personal de Silva, subraya la diferencia de personalidades entre ambos artistas, la misma que les hizo ganar fama de peleoneros.

"Como en todo matrimonio, los dos no pueden ser alevosos, se necesita que uno sea más sereno para que funcione", anota.

Silva es hablador y espontáneo; Villalba es serio y reservado.

Ambos reconocen que no son los mejores amigos del mundo. Se definen como buenos socios, de los que siempre están pendientes el uno del otro.

Rodrigo Silva y Álvaro Villalba se conocieron en unas fiestas del San Pedro en Espinal, en 1967. Ambos eran arroceros y músicos aficionados. Cada uno cantaba en su mesa, hasta que se juntaron en un solo grupo.

Desde entonces, solo se han separado durante seis meses por diferencias personales. Alguna vez, hasta la Iglesia de Ibagué tuvo que intervenir para volver a juntarlos.

Entre ellos, según Pardo, lo que hay es un "gran matrimonio" que, como en el final de un pasillo, solo separará la muerte.

A propósito del tema, el maestro Silva tiene una filosofía admirable. "Hago de cuenta que no pasa nada. Tras de que estoy jodido, no puedo echarme a morir", dice con la vitalidad y el buen humor de siempre, pese a los malos momentos que ha enfrentado con valentía, entre estos, el peor: la muerte de su hija más pequeña.

"Yo vivo tranquilo, pero rebuscándomela siempre -dice Silva, y cuenta que recientemente lanzaron un disco en compañía del Mariachi Clásico Contemporáneo y que preparan otra producción con temas inéditos-. Sigo mi vida como si tuviera todo un porvenir: grabando discos, dando conciertos con Villalba; sigo en las mismas: tomando aguardientico y fumando".

-¿Sigue fumando después de semejante cirugía? -Sí, casi un paquete diario. El médico le dijo a mi mujer que me dejara fumar y me dejara beber, que ya no había nada que hacer.

-¿Cómo así? -¡Me reapareció el cáncer! -dice, soltando una bocanada de humo y enseñando las manchas negras que volvieron a invadir su paladar.

En una llamarada se quemaron nuestras vidas-...

Es duro admitir que sí, el maestro Silva no se ayuda.

Pardo analiza así su trascendencia en nuestra música: "Son los últimos grandes que quedan. El resto, se camufla en la montonera. Cuando mueran, con ellos desaparecerán los grandes duetos que le dieron tanta grandeza a Colombia".

* Gracias a invitación de la Fundación Musical de Colombia.

Un concierto privado, una noche de locos Uno de los episodios más raros de la vida artística de Rodrigo Silva y Álvaro Villalba ocurrió un 24 de diciembre, en la década del 80. Los contrataron para una presentación privada en Leticia (Amazonas). A su arribo, los trasladaron a una gallera donde solo había dos contendientes, concentrados en su duelo de gallos finos. Uno de los hombres se levantó y les pidió 'El Barcino', del maestro Jorge Villamil. Terminada la interpretación, el gallero lo pidió de nuevo, una y otra vez. "No paren, que esa canción me trae buena suerte", les gritó.

La cantaron por cinco largas horas, hasta que Silva, cansado, se le enfrentó: "Ya no joda más, vamos a cantar otra". No sabía que era uno de los hombres más buscados del momento: el narcotraficante Gonzalo Rodríguez Gacha, 'El Mexicano'. "Ni modo haberle dicho que no", dice Silva