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En el centenario de Cuervo

Una multitud espera la charla de un escritor antioqueño en contravía de todo, lo que viene a decir sobre un virginal gramático bogotano que entregó su vida a la espiritual tarea de escudriñar los entresijos y las articulaciones de un idioma. El auditorio es insuficiente. Muchos se quedan con las ganas de escuchar a Fernando Vallejo. Y sí, dice uno alegrándose ante el tumulto, este país, a pesar de la matazón, los chanchullos y las mentiras que se dice para mantener una apariencia de cosa viable, sigue siendo una tierra de gramáticos. De pensadores y poetas. Donde dicen que cuidan mejor esta lengua que llaman de Cervantes. Corrupción del latín y el griego pringada de arabismos. Sí. La gloria.

Pero no. Susurra enseguida el insidioso que todos llevamos dentro. Y duda si la multitud rebosaba las puertas de la biblioteca por ennoblecerse o por emporcarse. Si aguardaba que la iluminaran sobre unas palabras que se marchitan. O los vejámenes habituales de Vallejo llenos de tanta gracia siempre, aprendida en Fernando González, su maestro secreto.

González es una sombra anónima en Los días azules, la primera novela de Vallejo, o primer tomo de su autobiografía. Escrito cuando aún era un lírico.

Antes de que escogiera complacerse en la bilis. Y lo agarrara el ataque santísimo de ira que convirtió en un modo de ser, de vivir, de impostarse.

Vivir es siempre una impostura. No hay remedio contra eso.

Pero, qué estaba esperando esa gente. Claridad. O solo reír con la diatriba, divertirse con el profesional del improperio. O la revelación macabra de algún desliz moral en el casto cervecero santafereño. Si fue así, Vallejo, que también sabe decepcionar y ser cortés, todos nos volvemos corteses a medida que se endurecen las arterias, la dejó con los crespos hechos. Y, el diablo haciendo hostias, en vez de hacer el botafuego, canonizó al gramático, que además tuvo un hermano angelical llamado Ángel.

De este modo, Vallejo ajusta el cuadro de sus admiraciones en medio del desencanto incurable que lo distingue. Al respeto que le inspiran Cervantes, Laureano Gómez, y su propio papá, como consta en sus libros, suma el que siente por don Rufino. Y por el intangible de la lengua que este convirtió en la obsesión del escrupuloso y que tanto preocupa también a Vallejo: su libro primerizo fue Logoi, una gramática del lenguaje literario. Pero los hombres como don Rufino y como Vallejo pasan a la postre como curiosidades a la crónica del mundo. Se sabe o se sospecha que este en vez de avanzar involuciona en masa, inconsciente, fatalmente. Hoy, todo invita a pensar en la degradación paulatina del lenguaje, esa cosa que según el filósofo habitamos, y que tal vez el estado atroz del mundo reside en el empobrecimiento de las hablas de las gentes, cuando a un hombre de la gleba según dice la estadística le basta y sobra con doscientas palabras, y el del curubo tiene con unas pocas más nada más. Y aún personas educadas en las universidades apenas pueden entenderse con un texto más o menos complejo, hacerse diáfano un sentimiento o expresarlo con cierta nobleza.

Enciendan la radio y oirán el destrozo. Asistan a una sesión del Senado.

Escuchen las canciones de moda, la eterna ranchera llorona de Darío Gómez, los narcocorridos: manifestaciones espantosas de la escandalosa pobreza del alma moderna.

George Steiner dijo que toda degradación individual o nacional es anunciada por otra rigurosamente proporcional del lenguaje. Y ahora es obvio que hay más inteligencia y riqueza estructural en el aparato del televisor mondo y lirondo que en el ruido de la charlavana que sirve

Publicación
eltiempo.com
Sección
Editorial - opinión
Fecha de publicación
8 de febrero de 2011
Autor
EDUARDO ESCOBAR

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