ESPERANDO A GARIBALDI

ESPERANDO A GARIBALDI

Tengo en mi estudio un retrato de Garibaldi. Está en un sitio prominente, que sin embargo no le asegura ningún protagonismo, pues la pared que el sol ilumina a una hora del atardecer se lo traga, salvo en aquellos días, como hoy, en que una luz especial, o un apremio innombrable, trae al ángel de la melancolía hasta mi estudio. Esta tarde ese ángel se ha posado, sigiloso y casi artero, en este retrato que mi tío abuelo dibujó al carbón, hace ya más de un siglo, y he mirado con sus ojos ese rostro de nariz aguileña y mirada serena tratando de imaginar lo qué estaría pensando mi tío abuelo cuando lo dibujó. Corría el año 1892, él era un pintor de provincias de veintisiete años que se ganaba la vida pintando retratos de difuntos añorados por sus acomodados deudos mientras intentaba labrarse una reputación, y en Colombia gobernaba el Designado, filólogo y traductor de Virgilio, Miguel Antonio Caro. En tales circunstancias, sólo se me ocurre pensar que Garibaldi, fallecido diez años atrás,

15 de julio de 2001, 05:00 am

Tengo en mi estudio un retrato de Garibaldi. Está en un sitio prominente, que sin embargo no le asegura ningún protagonismo, pues la pared que el sol ilumina a una hora del atardecer se lo traga, salvo en aquellos días, como hoy, en que una luz especial, o un apremio innombrable, trae al ángel de la melancolía hasta mi estudio. Esta tarde ese ángel se ha posado, sigiloso y casi artero, en este retrato que mi tío abuelo dibujó al carbón, hace ya más de un siglo, y he mirado con sus ojos ese rostro de nariz aguileña y mirada serena tratando de imaginar lo qué estaría pensando mi tío abuelo cuando lo dibujó. Corría el año 1892, él era un pintor de provincias de veintisiete años que se ganaba la vida pintando retratos de difuntos añorados por sus acomodados deudos mientras intentaba labrarse una reputación, y en Colombia gobernaba el Designado, filólogo y traductor de Virgilio, Miguel Antonio Caro. En tales circunstancias, sólo se me ocurre pensar que Garibaldi, fallecido diez años atrás, no era para el joven pintor de provincias un muerto mandado a dibujar por otros, sino un vivo que se hizo a sí mismo el encargo de dibujar, llevado por una epifanía melancólica como la que ahora me lleva a redactar estas palabras. Con su aureola romántica, no era el italiano en cierta forma la garantía de que, más allá de Colombia, la gris Colombia de las monótonas luchas partidistas y las casi rutinarias guerras civiles, existía una Europa en la que la historia se escribía con un esplendor que, desde la muerte del Libertador, brillaba por su ausencia en nuestras tierras? En efecto, nadie encarnaba el romanticismo de la lucha patriótica en pro de la libertad de los hombres y de las naciones mejor que Garibaldi, llamado el héroe de los dos mundos , y nadie como él, aparte tal vez de Víctor Hugo, quien le otorgó el título de paradigma humano o viris, disfrutó de una gloria tan limpia y de un prestigio tan sólido a ambos lados del océano.

Ignoro si mi joven tío abuelo, de quien yo hoy podría ser el padre, conocía en 1890 la trayectoria del patriota italiano mejor que yo, que en el año 2000 no puedo prescindir de libros y enciclopedias a la hora de repasar los principales episodios de su vida. El primero de éstos me lo muestra, siendo aún muy joven, participando junto a Mazzini en una conjura cuyo desenlace negativo lo llevó huyendo al Africa y luego a Latinoamérica, el sitio donde realmente hizo sus primeras armas y obtuvo sus primeros triunfos militares. En Brasil, junto a otros refugiados italianos, a los que organizó y lideró, prohijó la causa de los separatistas republicanos del Río Grande do Sul, y en Uruguay luchó contra las tropas del general Rosas, que pretendía anexionar a Argentina la República de Oriente. Sus victorias en las batallas de Cerro y San Antonio en 1846 aseguraron la independencia del Uruguay y le granjearon honores y prebendas, que él rechazó, pues su mirada seguía puesta en su patria. Dos años más tarde, en la secuela de los hechos del 48, planeó su regreso a Europa al mando de un grupo de refugiados, y todo hace pensar que fue durante este viaje cuando hizo una clandestina escala en Cuba para entrevistarse con los insurgentes que planeaban ya la independencia de la isla. De nuevo en el viejo continente, ofreció sus servicios al rey piamontés Carlos Alberto, promotor de la primera guerra de liberación de Italia, que los rechazó; decepcionado, Garibaldi se dirigió entonces a Lombardía, dónde ofreció esta vez sus servicios al gobierno provisional de Milán, que premió su obstinación confiándole la organización de una fuerza de voluntarios.

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No podía de ningún modo suponer mi tío abuelo al dibujar a Garibaldi que, más de un siglo después, el espíritu de los disgregadores, por la fuerza de las armas, volvería a manifestarse en Colombia frente al de los defensores oficiales de la unidad, corroídos secretamente por una división entre sus palabras y sus intereses, e incapaces de poner éstos a la altura de aquéllas. Ni tampoco que los liberadores del pueblo volverían convertidos en mercaderes de niños y extorsionistas, y se reclamarían las ideas de Bolívar para justificar el ajusticiamiento de la gente humilde por la cual dicen luchar, pues ésta ha llegado a adquirir para ellos el mismo valor que hace tanto tiempo tiene para una oligarquía estúpida y miope: carne humana medible y cuantificable, a la que, mediante la sangre y el terror, se puede exterminar o manipular a voluntad. Esa carne humana, que hoy circula por las más apartadas veredas colombianas bajo la forma de trémulos campesinos, es una de las más desamparadas del mundo, en cuyo mercado de valores ha alcanzado el precio más bajo. Sorprendida entre dos fuegos, como siempre lo ha estado, esa carne sabe que nada ha mejorado desde los tiempos en que era reclutada a la fuerza para alimentar el Moloch de las guerras civiles que diseñaban los cachacos en sus confortables haciendas bogotanas, pues hoy no es más que la materia prima con la que quienes dicen negociar su justicia y libertad se extorsionan unos a otros, como si de un moderno comercio de esclavos se tratara. Pues poca diferencia hay entre el antiguo tráfico de esclavos y el moderno tráfico de muertos que se ha instaurado en Colombia; los barcos negreros que antes atravesaban el océano cargados de seres moribundos, tan parecidos a aquellos voluntarios de las guerras civiles colombianas, a los que la recluta secuestraba y llevaba atados hasta los cuarteles, han sido reemplazados por las piras de ejecutados inocentes con los que, una y otra vez, los asesinos uniformados se demuestran su capacidad de matar. A todos ellos la muerte ajena les sale gratis, lo que se les antoja un premio natural , pues han entrado ya en esa soledad sin remisión y sin fronteras de los que, tras haber visto la sangre humana, creen haber descubierto en ella un futuro de humanistas, cuando sólo han ingresado en un viejo y vergonzoso pasado de carniceros...

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Nada de ese futuro sabía mi joven tío abuelo cuando dibujaba al hombre que, al margen de banderas e ideologías lo que lo hizo aparecer a los ojos del clero que lo odiaba y al que él escarnecía como un aventurero o enviado del diablo- , puso su talento al servicio de la libertad de los pueblos, en una época en que éstos comenzaban a aprender que, si la perdían no a manos del extranjero, sino de su propio gobernante, convertido en tirano o en directo representante de una oligarquía, no era menos valiosa y menos digna de ser recuperada. Pero se me antoja que, al dibujar el rostro del hombre que murió sin haber hecho en Colombia ni una sola guerra de liberación, debió pensar en la soledad sin remisión de un país que no tenía sitio para una guerra digna de Garibaldi, y que aún hoy sigue sin tenerla, pues, acabando de entrar en el siglo XXI, se encuentra en una encrucijada como la que, tras entrar en el XX, la llevó de cabeza a la guerra y la segregación; el escenario histórico ha cambiado, pero los protagonistas siguen siendo los mismos, pues idéntico es el pueblo que padece y ahoga en su sangre la esperanza de todos, aunque diferentes sean sus verdugos e incluso los motivos, o los botines, por los que es crucificado. Idéntica o muy parecida es también la desesperanza que acecha en el alma de sus gentes, mientras el país se debate entre el cinismo de los que pretenden por la fuerza de las armas administrar el futuro de todos y el voluntarismo de quienes, descendientes de padres y abuelos que vivieron confortablemente de espaldas al diálogo tan anhelado hoy, esperan una solución providencial. Ninguno de ellos habría encontrado sitio en una guerra de Garibaldi, que murió sin haber sido invitado por los oprimidos de Colombia, que hoy hubieran reconocido en su rostro de hombre puro y sin ideología su único aliciente, y, sobre todo, sin haber podido librar de sí mismo al pueblo más solitario del planeta, donde una estirpe cautiva de otra aún espera su primera oportunidad sobre la tierra.

El ensayista, novelista y traductor colombiano reside actualmente en Barcelona, donde dirige la Eitorial Igitur.

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- Retrato a lápiz de Garibaldi por Francisco Antonio Cano (1892)