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Lunes 27 de febrero de 2017

El Bolívar del bicentenario

El cambio de gobierno, los aguaceros y las noticias de la corrupción rampante dejaron en veremos la cacareada celebración del bicentenario de la independencia. Otra oportunidad perdida para reconsiderar los acontecimientos que fundaron estas llamadas repúblicas bolivarianas más allá de los himnos y los discursos apologéticos, los eventos que a medida que uno profundiza y decanta parecen más un sainete triste que una gesta.

Por: EDUARDO ESCOBAR

Por extraña coincidencia, sin embargo, cayó en las librerías bogotanas el libro de Ducoudray Holstein, un caballero alemán que sirvió al lado de Simón Bolívar y sus generales y que regresó a la vida civil desconcertado y amargado, para escribir sus memorias en los Estados Unidos. El libro es desolador, no deja títere con cabeza. Los generales españoles, lo mismo que los americanos, quedan reducidos allí, con raras excepciones, a una cáfila de ineptos sin carácter. Pero el castigo peor lo sufre el Libertador, convertido en una figura lastimosa y risible. El escritor lo deja ver como un cobarde que siempre tiene un caballo dispuesto para las fugas que acostumbraba, como un hombre cruel, envidioso, lleno de vanidad, vengativo, dado a las intrigas y las murmuraciones contra sus mejores aliados, dedicado a expoliar a sus conciudadanos con impuestos empobrecedores para cebar con oro a quienes lo adulaban, llevando la ruina a donde iba. Se le ve echado de día en una hamaca en medio de sus cortesanos hablando tonterías, seduciendo señoras por las noches con encantos de bailarín, y disparando a mansalva, escondido en una chalupa, a un hombre que huye a nado en una escaramuza. Es la anécdota más asquerosa del libro. Está en la página 233. Ducoudray Holstein insiste en un tópico que refrenda lo que uno acaba por pensar después de leer los libros mejor informados sobre la historia de Colombia y de Simón Bolívar: que el zafarrancho de la guerra bolivariana nos dejó una independencia relativa, pero lejos de los bienes de la auténtica libertad que distingue a los pueblos civilizados, basada siempre en el ejercicio de las virtudes. Hay otra obra desmitificadora de Bolívar: la del pastuso José Rafael Sañudo.

Sin embargo, esta permite pensar que su autor venga los desmanes de sus hombres (y el inmaculado Sucre) en la matanza infame de Pasto. El de Ducoudray Holstein, por el contrario, aunque también escrito desde un resentimiento por unos desdenes injustos recibidos del caraqueño, prueba con fechas y hechos incontrovertibles que las grandes victorias de Bolívar fueron más bien las de Páez y Mariño, por ejemplo, y lleva a la conclusión amarga y antigua de que toda gloria está basada en un malentendido. Quizás la historia de la Gran Colombia aún no ha sido bien contada a doscientos años del grito de independencia, por el vicio tan bolivariano de la retórica altisonante, precisamente. La vida de Bolívar desde cuando traicionó a Miranda en Puerto Cabello hasta el fusilamiento de Piar que lo llamó Napoleón de las retiradas, y la aventura peruana dejan en el libro de Ducoudray Holstein un mal sabor. No queda más remedio que acatar la sospecha infeliz de que muchos desórdenes y males en estos países vertebrados por los Andes y desvertebrados por Bolívar vienen del modo como los dejó construidos ese neurótico eminente, que nos separó de la tradición de España para dejarnos en inmenso vacío después de un holocausto inútil, que solo enriqueció a sus áulicos. Al cerrar el libro el lector queda con la sensación de uno que veneró las cualidades de un padre de apariencia virtuosa por años, para descubrir al fin que era un proxeneta de nínfulas pobres, que saqueaba las carteras de sus clientes mientras se divertían. Un bellaco, incapaz de respetar a sus propios amigos

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