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El diablo cojuelo

El inolvidable personaje de El diablo cojuelo, de Luis Vélez de Guevara, libro que apareció en 1641, tenía el poder de levantar los techos de las casas de Madrid a la medianoche para ver qué es ocurría dentro de ellas. Desde su atalaya en la torre de San Salvador, el cojuelo le dice al estudiante don Cleofás: “Advierte que quiero empezar a enseñarte distintamente, en este teatro donde tantas figuras representan, las más notables, en cuya variedad está su hermosura...”.

Casi cuatro siglos después, un nuevo diablo cojuelo salta a escena entre deslumbres de azufre cibernético, y desde su atalaya de WikiLeaks es capaz de quitar el techo a los cubículos de miles de burócratas del Departamento de Estado de los Estados Unidos, y de sus embajadas en todas partes del mundo, para asomarse a lo que leen o escriben, descifrarlo y revelarlo para deleite de millones de curiosos lectores. Julian Assange, el hacker más famoso de todos los tiempos, nos da la oportunidad de cumplir una de las ambiciones más consentidas en los entresijos del alma humana: fisgar en los papeles ajenos por encima del hombro para enterarnos de los secretos, ya sean políticos o sentimentales. El diablo puede provocar inquinas gracias a la indiscreción cuando se trata de las vidas privadas, pero ya ven lo que ocurre cuando se trata de levantar los techos de las alcobas de la política internacional donde se vive, por lo general, en falsa convivencia. Ha puesto un altoparlante a miles de conversaciones entre agentes diplomáticos de los Estados Unidos, y políticos de diversas latitudes y funcionarios de gobiernos locales, y una lupa de tamaño universal a los mensajes de esos mismos diplomáticos dispersos por el mundo, dirigidos a sus jefes en el Departamento de Estado. Assange tiene en su poder 250.000 despachos secuestrados de los archivos del Departamento de Estado, pero se trata de archivos electrónicos, que caben en un simple disco de los que sirven para grabar música; la documentación, mucho más abundante, acerca de la guerra de Irak, llegó a sus manos a través de un soldado raso del ejército de Estados Unidos llamado Bradley Manning, quien la copió de una computadora de acceso restringido, en un disco de la cantante pop Lady Gaga, previamente borrado, mientras tarareaba Teléfono, una de las canciones del disco. Cosa de minutos, asunto de un simple clic.

Antes de la era cibernética, hacerse de un cuarto de millón de documentos confidenciales o secretos de la hasta entonces primera potencia mundial habría sido una tarea bastante más que difícil, que necesitaría meses, sino años.

¡Cuánto debe añorar el papel de verdad la señora Clinton! Hubo, por supuesto, otras filtraciones antes de la llegada de las computadoras, la más célebre de ellas la de los famosos “papeles del Pentágono” acerca de la guerra de Vietnam, revelados por The New York Times en 1971. Pero se trataba de un solo documento, entregado a un periodista por uno de sus autores, Daniel Ellsberg, y no de una multitud de informes diarios remitidos desde decenas de embajadas.

Para los curiosos del mundo, entre los que por supuesto me cuento, la lectura de los documentos del Departamento de Estado hasta ahora revelados por WikiLeaks es todo un banquete. Y, como buen curioso, sentado como don Cleofás en la atalaya al lado del diablo cojuelo, me gustaría ver también levantados los techos del Kremlin en Moscú, y del Zhongnanhai en Pekín, al menos, para saber cuáles son los chismes y verdades que cuentan los diplomáticos rusos y chinos acerca de los gobernantes de Estados Unidos, y de los dirigentes mundiales, y si corroboran el aserto de que el coronel Muammar el Gadafi se implanta bótox en la cara para paliar sus incontables arrugas. En cuanto a las orgías de Berlusconi, parece que no hay nada que corroborar.

www.sergioramirez.com

Publicación
eltiempo.com
Sección
Editorial - opinión
Fecha de publicación
12 de diciembre de 2010
Autor
SERGIO RAMÍREZ

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