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EL MUNDO DE LAS CORRALEJAS

Con este nombre, El Mundo de las Corralejas , escribió Juan Santana Vega (escritor oriundo de Bajo Grande, municipio de Sahagún) un libro ameno y bien documentado sobre las fiestas de toros en corraleja, que han apasionado desde comienzos de siglo a casi todos los pueblos de la Costa Atlántica. Hoy cobra actualidad este tema, cuando en Sabanalarga estuvo a punto de ocurrir una tragedia similar a la de Sincelejo y, sobre todo, porque con esa fiesta de la población atlanticense se inician en el santoral las demás que, de pueblo en pueblo, se celebran cada una, con el santo de su predilección, a través de Bolívar, Sucre y Córdoba.

Desde Arjona y Turbaco, en las goteras de Cartagena, atravesando las sabanas de Bolívar y de Sucre hasta llegar al San Jorge y al Sinú, en Córdoba, la corraleja ha sido el alma de la fiesta. En torno a ella la música pelayera y los famosos fandangos, se encargaron de cerrar ese círculo folclórico que, no solo hizo historia en toda la Costa, sino que sirvió para unir sentimentalmente a pueblos que tenían el mismo origen, el mismo temperamento y las mismas preocupaciones.

En esto de las primeras fiestas en corraleja, para una mejor comprensión, hay que distinguir varios aspectos importantes, entre los cuales hay que destacar: el socio-económico, el político y el folclórico. El aspecto socio-económico dice relación a los intereses sociales y económicos que intervienen en la constitución y funcionalidad de la corraleja, en el cual toma parte principalísima un número de personas, por lo general de las clases populares. El político, de unos años para acá, es un aspecto que fue tomando sorpresivamente fuerza cuando caciques políticos, perpetuados en determinadas regiones, daban los toros para las fiestas a cambio de que el pueblo agradecido por ese gesto acudiera a las urnas a respaldar sus aspiraciones políticas. Y, finalmente, el folclórico el más importante y del que, precisamente, nos ocuparemos en el comentario de hoy.

La corraleja, es folclor, es sangre, es calor, es música, es nervio, es un grito delirante, colectivo, que se escapa de miles de gargantas y recorre los más recónditos rincones del sentimiento costeño. La corraleja es, asimismo, guapirreo de garrocheros criollos, osadía de manteros , machos que le vendieron el alma al diablo en tardes de fiestas memorables, con nombres de santos, cuando estos pueblos apenas comenzaban a crecer bajo el tedio de las bongas chiverudas y los caminos riales , con brujas y con espantos, se poblaron de gente campesina, sencilla y elemental, que viajaban jornadas enteras para llegar, después de un año de espera, a ese escenario folclórico tan íntimamente vinculado al temperamento del hombre nuestro.

Allí, en ese epicentro folclórico, se dirimen piquerias de garrocheros y de manteros, confrontaciones a muerte y en donde no pocas veces la sangre salta y tiñe a toros, caballos, a garrocheros y a manteros. Claro está que me refiero a las famosas corralejas de hace 60 años con toros criollos y garrocheros y manteros que después se convirtieron en leyenda. Cómo no recordar, por ejemplo, a manteros --el negro Rocha, los Maderas, Jaime Manuel Pinto, el Negro Buba, Jesús Salguero Herrera y Camilo López, entre otros-- que escribieron la historia del folclor con sangre en corralejas del Dulce Nombre de Jesús en Sincelejo y en Montería? Y cómo no recordar a garrocheros famosos como Juan Osorio o Juan Pródigo, a Diego Argel o Anselmo Ortiz? Y por qué no decirlo, también, a toros bautizados por el pueblo y convertidos en leyenda como el Chivo Mono, El Barraquete y el Camarrenga? Que salpicaron de sangre a numerosas plazas atiborradas de rostros campesinos, expectantes, con el grito de espanto ahogado en sus gargantas.

Pero, lamentablemente, para los aficionados a este folclor costeño, los pueblos fueron creciendo, se volvieron grandes, casi ciudades y, entonces, las plazas se fueron achicando y los palcos fueron insuficientes para tantos aficionados. Vinieron como consecuencia los desastres por la imprevisión, la improvisación y la falta de vigilancia oficial. Se cerraron las plazas de Sincelejo y de Montería y la fiesta se circunscribió a pueblo pequeños.

No obstante, a pesar del folclor que el pueblo nuestro lleva en la sangre, es la hora de pensar en un cambio, en otra estrategia, en algo más seguro y mejor organizado: en una plaza de toros de lidia. Para la capital ganadera del país, con un reinado anual de la ganadería, nada mejor que pensar en la construcción de una plaza de toros, cuya temporada taurina coincida con la fiesta nacional de la ganadería. Y nada más justo y merecido que esa plaza lleve el nombre de Melanio Murillo, el maestro sin coleta, el mismo que hizo toreros a Pepe Cáceres y a Vásquez II.

Publicación
eltiempo.com
Sección
Editorial - opinión
Fecha de publicación
11 de octubre de 1995
Autor
Jorge Valencia MolinaEscritor

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