Prohibido prohibir

Prohibido prohibir

Algunas veces, hace décadas, fui a la plaza de Santamaría. Nunca disfruté las corridas, salvo una vez que César Rincón lidió, con aplomo y amor propio, seis toros en una tarde fría. Pero, en general, descubrí que me aburría en los tendidos y que, además, me parecía ridículo el espectáculo de señores encorbatados en domingo y señoras con pava y pañoletas de marca, que aplaudían o silbaban con un entusiasmo que jamás compartí.

30 de agosto de 2010, 05:00 am

Me resultaba entre ridículo y repugnante el contraste entre tanta pompa y circunstancias de los tendidos de mayor precio, y el espectáculo sangriento y doloroso que ocurría en la arena. Además de que nunca pude gozarme ni las banderillas, ni la horrenda pica, ni mucho menos la suerte de matar a un toro ya ensangrentado, en general me producía vergüenza ajena la pose y las maneras de tanta gente que paga carísimas boletas para mostrar que, en la vida, les va “divinamente”, más allá de si sus matrimonios están hechos trizas o de si les deben a los bancos muchísimo más de lo que podrían pagarles. Pero todo lo anterior es un tema de gustos. Lo del matrimonio es asunto de ellos; lo de las deudas, de los bancos. Y en cuanto a lo que ocurre en la arena, que –repito– tampoco me gusta, decidí hace años que lo único que debía hacer era dejar de ir.

Esta semana, la Corte Constitucional debe decidir sobre una demanda que puede significar que las corridas de toros queden prohibidas en Colombia. El discurso prohibicionista anticorridas extrema el ámbito de los derechos humanos y los extiende a los animales, con un rollo que compite en ridiculez con la pava de las señoras en los tendidos. Si avanzamos por ese camino fundamentalista, terminaremos prohibiendo las carreras de caballos, la pesca y la caza, y hasta los circos de pulgas. Todos ellos me aburren, aclaro, pero de ahí a prohibirlos, hay mucho trecho. Para no hablar de los mataderos de ganado o los criaderos de pollos, que terminarían corriendo la misma suerte, reduciendo los alimentos y dejando a millones sin empleo. O de los perros que buscan bombas o cocaína, porque para poder hacerlo se les convierte en adictos a esos olores. O de los zoológicos, porque los animales están en cautiverio.

El debate no es exclusivo de Colombia. Por cuenta de un mal entendido nacionalismo, de un equivocado afán de distinguirse de España, el Parlamento catalán acaba de prohibir las corridas. Y en otros países de tradición taurófila, el tema está sobre la mesa. A favor de las corridas han escrito Fernando Savater, Mario Vargas Llosa y Carlos Fuentes. Centran su alegato en la tradición. No creo que eso baste: el circo romano también era tradición, pero su fin último era la muerte espantosa de seres humanos.

Me gusta mucho más un texto del filósofo francés y profesor de La Sorbona Francis Wolff, ‘50 razones para defender las corridas’ (en Internet lo encuentran). Desmonta la tesis de la tortura al toro: primero, porque por definición la tortura es el padecimiento que se infringe sobre un ser humano, por demás indefenso; y segundo, porque el toro de lidia es, por sus genes, un animal batallador que, de alguna manera, se realiza como tal en la corrida. De otro modo, lo sacrificarían en un matadero. Y les dice a los ecologistas opuestos a las corridas que, si no fuera por estas, la especie de los toros de lidia habría desaparecido.

El debate es infinito. Por eso mismo, la prohibición está fuera de lugar: los anticorridas no han demostrado tener la razón. Lo demás, repito, es un tema de gustos. Y si la Corte Constitucional va a comenzar a fallar en ese campo, abrirá la caja de Pandora de un prohibicionismo que terminará por dividir a la sociedad por asuntos que no valen la pena, cuando hay tantos otros que urge definir. En cuestión de gustos, señores magistrados, prohibido prohibir.

mvargaslina@hotmail.com