¿Estocada jurídica?

¿Estocada jurídica?

La ley 84 de 1989 protege los animales “silvestres, bravíos o salvajes, domésticos o domesticados, cualquiera sea el medio donde se encuentren o vivan” y sanciona a quienes violen sus disposiciones con multas y arresto hasta de 12 meses. Excluye de sus prohibiciones “el rodeo, coleo, las corridas de toros, las novilladas, corralejas, becerradas, así como las riñas de gallos”.

2 de agosto de 2010, 05:00 am

En relación con las corridas de toros, dos corrientes de opinión confrontan sus puntos de vista. Los anti-taurinos consideran que en ellas se tortura y maltrata a los toros y se les mata de manera bárbara y sangrienta, por lo cual deben prohibirse. Hieren su sensibilidad e impresionan tanto su ánimo y afecto por los cornúpetas que le han pedido a la Corte Constitucional declarar contraria a nuestro ordenamiento superior la norma que las permite.

Además, causan sufrimiento, dolor y padecimiento, no solo a los animales, sino a la sociedad entera. Agregan que atentan contra el libre desarrollo de la personalidad de quienes a ellas se oponen, inducen a la violencia y lesionan el ambiente. Sus opiniones son respetables. Son producto de sentimiento que quieren convertir en artículo de fe. Olvidan que quienes piensan lo contrario también tienen ideas, argumentos y derechos que igualmente merecen respeto.

Para los taurófilos, las corridas son hecho social y cultural, tradición que hunde sus raíces en la historia de las comunidades en las que tienen lugar, verdadera fiesta popular. Sin ellas, las ferias de Cali y de Manizales y las fiestas patronales de varias ciudades y municipios no serían lo que son.

La tauromaquia integra valores espirituales y estéticos que han dado lugar a destacadas expresiones artísticas en la pintura (Goya, Picasso, Dalí, Miró, Botero), la literatura (Machado, Cocteau, García Lorca, Heningway, Miguel Hernández, Vargas Llosa), la poesía (Gerardo Diego, Rafael Alberti), la música (Bizet Albéniz) y el cine (Buñuel y Almodóvar). En menor escala, el rodeo, el coleo y las riñas de gallos tienen características comparables. Si se prohíben por el dolor que causan a los animales, pronto correrían idéntica suerte la caza, la pesca, el polo, las carreras de caballos y hasta las campañas sanitarias contra especies transmisoras de infecciones y enfermedades.

El tema no es jurídico, pero, como fue llevado a estrados judiciales, debe recordarse que en varios textos de la Constitución las corridas encuentran sólido respaldo. Como son espectáculo que también mezcla ciencia y arte, les son aplicables las normas que obligan al Estado a reconocer “la diversidad cultural de la Nación” y establecen como deber suyo y de todas “las personas proteger las riquezas culturales” del país (arts. 7, 8 y 95 num. 8). Quienes asisten a ellas “tienen derecho al libre desarrollo de su personalidad” y a que se les garantice “el derecho a la recreación y al aprovechamiento del tiempo libre” (arts. 16 y 52). Sus promotores y empresarios saben que “la actividad económica y la iniciativa privada son libres” (art. 333).

No sobra agregar que contribuyen a la conservación de las extensas y casi silvestres áreas que se dedican a las ganaderías de casta y que sin corridas desaparecería entre nosotros la especie toros de lidia.

Por estas y otras razones más, el Estado promueve la fiesta taurina brindándole facilidades y recursos. Departamentos y municipios han construido o concurrido a la financiación de plazas de toros y mangas de coleo que satisfacen populares aspiraciones.

El respeto al derecho y los puntos de vista ajenos obliga a todos. Incluidos los antitaurinos, que, no por reciprocidad, sino porque también es obligación suya, no pueden pretender que se declaren ilegales las actividades de quienes no piensan y sienten como ellos. Afortunadamente, la Corte no atenderá su petición.

jcastro@cable.net.co