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SEPULTADOS LOS NIÑOS ASESINADOS EN ALGECIRAS HUILA LOS SUEÑOS QUE APAGARON LAS FARC

Vi cuando mis compañeros caían y caían al suelo. Unos corrían y gritaban auxilio, socorro . Mientras tanto, tres hombres disparaban sus ametralladoras y se reían . La aterradora escena fue presenciada por Orlando León Toledo, de 13 años, quien sobrevivió al ataque perpetrado el lunes al mediodía por un grupo de hombres del II frente de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) contra una camioneta de la Policía que transportaba nueve niños, integrantes de la Patrulla Cívica Juvenil de Algeciras, municipio situado a 56 kilómetros al suroriente de Neiva.

En la emboscada, realizada por cerca de sesenta hombres que vestían prendas de uso privado de las Fuerzas Armadas, además de los seis niños que perecieron --cuatro mujeres y dos hombres--, también murieron el cabo primero Oscar Escobar Páez y el agente Brilante Wilson Trigueros.

Ayer, en medio de desgarradoras escenas de dolor e indignación de los familiares de las víctimas, fueron sepultados los niños Carla Yesenia Tello Devia, de 10 años; Rocío Molina Ovalle, de 12 años; Sandra Milena Pinto, de 14 años; Wilker Esnéider Garzón Lozada, de 11 años, y Anderson Devia Rodríguez, de 9 años.

Este último, primo de Carla Yesenia, falleció ayer en la madrugada, luego que los médicos del Hospital General de Neiva Hernando Moncaleano Perdomo hicieron vanos intentos por salvarle la vida.

A las exequias, que se cumplieron en la iglesia parrroquial de Algeciras, entre las 2 y las 5 de la tarde, asistieron el gobernador del Huila, Jorge Eduardo Gechem Turbay; el comandante del Departamento de Policía Huila, coronel Víctor Daniel Melo González, y el alcalde local, Orlando Mosquera.

Entre tanto, los dos policías asesinados fueron enterrados en Tibú (Norte de Santander) y Buga (Valle del Cauca), a donde fueron trasladados el lunes por la noche.

El entierro de la niña Luz Adriana Vargas Quintero, de 11 años, fue aplazado para hoy, pues su padre, Angel Alberto Vargas, quien se encuentra en Paujil (Caquetá) aún no había llegado ayer.

En el Hospital General de Neiva, en tanto, se recuperan satisfactoriamente la niña Sandra Paola Espinosa, de 9 años, y el niño Orlando León.

Harold Esnebi Silva Támara, de 10 años, quien también se salvó en el ataque, dijo que la explosión me dejó ciego y me quedé dormido hasta que una niña me despertó y me llevó hasta el río Blanco. Allí, nos bañamos la cara y luego subimos al terraplén donde fuimos auxiliados .

Tanto las autoridades como los 15.000 algecireños que asistieron a los funerales calificaron el atentado como un hecho villano y criminal que le arrebató la vida a sus hijos cuando apenas empezaban a vivir .

Fueron varias explosiones. En la primera, la polvareda no me dejaba ver nada. Pero, en la segunda, me di cuenta de que sangraba por ambas piernas. Salí corriendo hacia abajo y me escondí detrás de una peña. Me estaba desmayando, pero la ambulancia que participaba en la carrera me recogió y me trajo para acá , dijo Orlando León, desde su lecho de enfermo en el Hospital General donde se recupera.

En la ida no nos pasó nada. Cuando veníamos en el último puente, sentimos una gran explosión. Nos íbamos a tirar al piso, pero empezaron a disparar. Luego le metieron candela a la camioneta , dijo Sandra Paola Espinosa, quien, además, relató que los niños que ocupaban el vehículo hacían parte de los cursos tercero, cuarto y quinto de primaria de la Escuela Ciudad de Barranquilla y del Colegio Juan XXIII.

Gloria María Angel de Espinosa, madre de Sandra Paola, su única hija, dijo que su niña salió a las 8 de la mañana del lunes de la casa, luego de desayunar café en leche, pan y huevo tibio.

Como a las 12 y 30 no regresaba, me fui a buscarla para llevarle un refresco. Me di cuenta que la Policía corría de un lado para otro. Allí me enteré de lo que pasaba. De inmediato, con tres padres de familia --Jaime Devia, Beatriz Devia y Campos Tello-- cogimos un vehículo. Al llegar al lugar de los hechos encontramos cuatro niños moribundos. Me tiré de la camioneta y levanté uno por uno a ver cuál era mi hija. Pero no la encontré .

Sin embargo, el drama de esta madre, que horas más tarde encontró a su hija en el Hospital de Campoalegre, no termina. Anoche, aún esperaba que los médicos del Hospital General de Neiva le salvaran a su niña el dedo pulgar izquierdo, que casi es arrancado por una bala de fusil.

Para los padres de familia que perdieron a sus hijos en el cruento asalto, la tragedia apenas comienza, pues abrigaban la esperanza que ellos se ganaran a pulso un futuro promisorio, que fue cortado por la sevicia demencial de un grupo de asesinos. De camino al cementerio , mientras Tito Heraldo Garzón acompañaba el féretro de su hijo Wilquer Esneider Garzón, describió al pequeño como un niño activo, que estudiaba por la mañana, asistía a la patrulla por la tarde y jugaba fútbol. Pero como todos ellos, murió al servicio del país y de su comunidad.

Publicación
eltiempo.com
Sección
Otros
Fecha de publicación
14 de noviembre de 1990
Autor
Por ARQUIMEDES SUAREZ Enviado especial de EL TIEMPO

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