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Triunfos y derrotas

Los 6’700.000 votos de Juan Manuel Santos, candidato del Presidente de la República, son indiscutibles. Tampoco tiene discusión la caída inesperada del Partido Verde, muy por debajo de las expectativas creadas por las encuestas y a causa, quizá, de la inconsistencia de Mockus en los últimos días de campaña.

Santos será el nuevo Presidente de Colombia. Gobernará con mayorías en el Congreso (incluidos conservadores, liberales y el PIN), pero navegará sobre una corriente de resistencia ciudadana adversa al continuismo y a los métodos que lo han hecho posible. Esa corriente puede alcanzar más de 5 millones de votos, si Mockus no se diluye en incertidumbres y el Polo no decide salvar su “pureza programática” y votar en blanco.

A partir de estos resultados, se desenterró el debate sobre el modelo electoral colombiano. Muchos creen que, con tan contundente diferencia, es innecesario el trámite legal de la segunda vuelta. Dan a entender que la democracia es un sistema solamente concebido para decidir quién gana y gobierna, y no la mejor manera de conseguir que Gobierno y oposición convivan en la vida política y social de un país.

El domingo recibí numerosos mensajes en mi correo electrónico. Ninguno tuvo la contundencia del que, por respeto a los lectores, me niego a reproducir.

Iguales expresiones aparecen en las películas de Víctor Gaviria y en novelas colombianas de la mal llamada “sicaresca”. Hacen parte del repertorio moral y lingüístico de una zona oscura del país, incrustada aún en Gobierno e instituciones del Estado.

No me escandalizan las palabras sino la dinamita rencorosa que contiene esta clase de euforia. Me hace pensar que el triunfo activó en muchos partidarios de Santos (y de Uribe) un dispositivo que podría revalidar “la Doctrina” según la cual lo que no es mayoría gobiernista, es basura… comunista, chavista o “fariana”.

El mensaje lo enviaba un anónimo que me honra con sus insultos. Empezaba por llamarnos “mamertos” (¿a los que no votamos por Santos?) y nos mentaba la madre en sencillo antes de hacerlo por triplicado, con mayúsculas sostenidas y signos equivalentes a gritos de guerra. “¿Qué opinan ahora?”, amenazaba, poniendo en duda las bondades de nuestro parto, y nos invitaba a abrir ahora sí “la jeta” (¿ante el triunfo uribista?), triplicando nuevamente el insulto del cual son siempre inocentes las sufridas madres.

El segundo correo decía que “con la apabullante victoria de Santos (…), usted es uno de los principales perdedores en las elecciones de hoy”. Me pedía hacer patria y recomendar a Mockus, “ante la imposibilidad de ganar, que renuncie y evite el inoficioso gasto de los 100.000 millones de pesos de la segunda vuelta, con los cuales se construirían 9.000 escuelas, según el ateo”.

El miedo, como instrumento de proselitismo político, ganó nuevos seguidores.

Por supuesto, creo en la honestidad de millones de colombianos que votaron por Santos y han estado votando por Uribe. Sería un disparate decir que están equivocados, pero temo que, apoyándose en una aberrante simplificación (quien no está con Uribe o con Santos está con Chávez y las Farc), el miedo sea de nuevo una justificación de la matonería, como lo fue de la difamación más burda, tanta que me resisto a creer que el candidato triunfador las diera por verdaderas. Fueron simples “picardías” de su campaña.

Aun a riesgo de ser amenazado por “abrir la jeta” en medio del triunfo oficialista, 5 o más millones de colombianos esperamos que la segunda vuelta nos permita votar nuevamente por la legalidad, la educación y el cambio en la cultura, esa que hace posible mensajes como los citados.

salypicante@gmail.com

Publicación
eltiempo.com
Sección
Editorial - opinión
Fecha de publicación
3 de junio de 2010
Autor
ÓSCAR COLLAZOS

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