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La Alcaldía: ¿antesala de la Presidencia?

Tal vez porque fui alcalde de Bogotá y dos veces ministro, muchos me preguntan si el primero de esos cargos, por sí solo, prepara, habilita o es calidad suficiente para un buen desempeño en la Presidencia de la República. Para responder, debe recordarse que las funciones del alcalde son básicamente administrativas, mientras que las responsabilidades del Presidente, como jefe de Estado y de gobierno, son eminentemente políticas. Pocos ejemplos lo confirman.

El Presidente dirige las relaciones internacionales (negocia y celebra tratados, como los TLC, declara la guerra exterior, maneja los conflictos que puedan presentarse con otros Estados, define el ingreso del país a entidades y organismos supranacionales). Responde por el orden público y la seguridad interior y exterior, que se alteran por situaciones diversas e inesperadas: agresión extranjera, ataque guerrillero o terrorista, ocupación de una embajada o asalto, por ejemplo, al Palacio de Justicia. Para restablecerlo, toma delicadas decisiones: autoriza bombardear campamentos de subversivos colombianos en el exterior, ordena acciones como la ‘operación Jaque’, concede amnistía o indultos, libera personajes como el ‘canciller’ Granda, pide asilo político en el exterior para ex guerrilleros que hayan “colaborado”. En la lucha contra el narcotráfico ejerce importantes prerrogativas: negocia el Plan Colombia, autoriza el uso de bases colombianas por militares gringos, concede o niega extradiciones, ordena fumigaciones o erradicaciones manuales. Define la política macroeconómica que obliga a todas las autoridades, incluidos gobernadores y alcaldes. Y colabora para que se administre pronta y cumplida justicia (interviene en el nombramiento del Fiscal General, el Procurador y algunos de los magistrados de la Corte Constitucional y el Consejo de la Judicatura).

Las funciones del Alcalde son ante todo administrativas: asegura la eficiente prestación de los servicios públicos, combate policivamente la inseguridad urbana, mejora y amplía el espacio público, la movilidad y el amoblamiento urbano. Para el cumplimiento de algunas, depende de decisiones que toma el Presidente, v.gr., la financiación del metro y TransMilenio. No sobra agregar que las relaciones del Alcalde con el Concejo son bien distintas de las que tiene el Presidente con el Congreso por la naturaleza y características de dichas corporaciones, lo que representan y las calidades y número de sus miembros.

La Alcaldía y la Presidencia exigen, entonces, el ejercicio de responsabilidades diferentes. El tamaño de la ciudad y de su población y la complejidad de algunos de sus problemas no permiten afirmar que sean cargos iguales, paralelos o comparables, que requieran las mismas capacidades. Son más las diferencias que las semejanzas que hay entre uno y otro. Tampoco se puede decir que quien pudo con la Alcaldía, necesaria y forzosamente, puede con la Presidencia, aunque lo contrario puede ser válido (quien pudo con la Presidencia, puede con la Alcaldía). Como generan obligaciones distintas, quien pretenda los dos empleos debe tener las calidades, aptitudes y experiencia que cada uno de ellos exige.

Mis colegas ex alcaldes de elección popular seguramente no comparten este punto de vista, porque consideran que el Palacio Liévano es antesala (trampolín) de la Casa de Nariño. Creen que la Alcaldía prepara, capacita y habilita, casi que matemáticamente, para la Presidencia. Andrés Pastrana lo logró, más por delfín y porque capitalizó el rechazo ciudadano que produjo el 8.000, que por haber sido alcalde. Juan Martín Caicedo sostiene que sus problemas judiciales fueron producto del complot que en su contra montó quien competía con él por la Primera Magistratura (Ernesto Samper). Antanas Mockus renunció a su primera alcaldía para candidatizarse con tal tenacidad, que lo ha hecho en tres ocasiones. Enrique Peñalosa y Luis Eduardo Garzón lo han intentado repetidamente. El único que salió del cargo sin ínfulas presidenciales fui yo. Moreno ya las tiene para el 2014.

Porque importa al país, el tema debería analizarse objetivamente, pero la emotividad de la campaña en curso personaliza el debate.

jcastro@cable.net.co

Publicación
eltiempo.com
Sección
Editorial - opinión
Fecha de publicación
6 de mayo de 2010
Autor
JAIME CASTRO

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