ELMO VALENCIA

ELMO VALENCIA

Cinco años de física cuántica en Louisiana State University le sirvieron para sacar una gran conclusión: fuera de este mundo existe otro. Y para descubrirlo no lo intentó con fórmulas complicadas ni investigaciones minuciosas. Encontró otra vía: el nadaísmo, un choque brutal entre un astronauta y un gato, como lo define.

10 de febrero de 1993, 04:00 am

Sí, fue un nadaísta de la patota de Gonzalo Arango, X-504, Jotamario Jaramillo, Eduardo Escobar, unos betatnick (generación gringa de escritores de literatura fácil) a la colombiana. Fue de los excomulgados más de una vez por revoltoso, impío, sacrílego y hasta revolucionario.

Era la época en que este hombre bajito, que ahora tiene 65 años, andaba de pelo largo (ahora lo tiene corto y canoso) y vivía de milagro (nada de trabajo). Peleaba contra todos los valores reconocidos, como la iglesia (aunque estudió en el San Luis Gonzaga), el gobierno (después fue asesor de la campaña de López y consejero de Belisario y del Ministerio de Educación) y los partidos tradicionales (y eso que fue liberal en acción).

Se la pasaba de bohemia en bohemia, de esas de cambiar versos libres por amor libre, beber aguardiente, hablar cháchara y bailar la salsa de Willie Colón. Todavía lo hace, pero con moderación.

De esos años queda ahora un baúl de recortes: sus columnas del Huevo filosofal en El Espectador, los artículos en las Lecturas Dominicales de EL TIEMPO y varios manifiestos nadaístas sin publicar.

Pero también queda su primer libro El universo humano, una serie de cuentos de antes y ahora que acaba de publicar Xajamaia Editores. Y después vendrá Islanada la novela que lo mantiene prácticamente encerrado en su casa. Le está dando el toque final (lleva 25 años en esas) a este libro que prácticamente es la historia del nadaísmo.

Incluso, le queda un cierto triunfalismo bastante optimista: los resultados se están viendo ahora con tantos cambios en el país.

También le queda su afición a las vertientes profundas del nadaísmo: Camus, Huidobro, Sartre, Nietzsche. Y los pocos libros que conserva (suele regalarlos): Ulises, de Joyce; los poemas de César Vallejo y García Lorca, Rayuela, de Cortázar, y Tres tristes tigres, de Cabrera Infante. Todos junto a su almanaque Bristol, pues necesita saber cuándo va a haber tormentas. Les tiene pánico a los rayos.

Hay otros nombres importantes en la vida de Elmo Valencia: Penélope, Casandra y Dédalo, sus tres hijos, el último de un año.