Conciertos de Salmona

Conciertos de Salmona

La arquitectura, como la música, está entre nosotros para ocupar el lugar del silencio. La arquitectura desplaza con su presencia el olvido. La vida se revela en la experiencia del espacio, donde sentimos el tiempo transcurrir.

22 de noviembre de 2009, 05:00 am

He mencionado ya la música y quisiera que su invocación resuene, con su estar intangible, y nos acompañe como analogía de la arquitectura. El repertorio de obras de Salmona está compuesto de conciertos arquitectónicos; piezas cortas y también extensas que dan cuenta de contrapuntos, acordes, ritmos, armonías, silencios, increíbles orquestaciones y también solos muy sentidos.

La arquitectura, a semejanza de la música, se compone de elementos. En ambos casos el número de elementos es limitado. Unas cuantas notas en el caso de la música; muros, columnas, cubiertas, puertas y ventanas en el caso de la arquitectura. Y sin embargo, con este contado número, las combinaciones posibles que puede concebir el arquitecto son infinitas. Variando las relaciones, unos mismos elementos dotan cada espacio de calidades muy diversas. Para tal fin, la composición requiere de parte del arquitecto un conocimiento preciso de los elementos de la arquitectura. El trabajo de Salmona con ellos es excepcional. Tantas veces ha trabajado sobre los mismos, exigiéndoles cada vez un poco más, hasta, me atrevo a decir, hacerlos suyos, volviéndolos a inventar.

Sabemos por la enorme cantidad de bocetos de proyecto, de esquemas y de anteproyectos que nos legó, que Salmona, como Beethoven, era un compositor constructivo. Con esto quiero decir que la composición de cada obra suya fue de gestación difícil, en extremo trabajada, de una continuidad sorprendente.

Ambos compositores partieron de un tema, lo hicieron una idea germinativa y sobre él construyeron una obra musical o arquitectónica, día tras día, laboriosamente.

Pero la composición de un proyecto en Salmona no solo compromete trabajos expresivos y formales sobre el papel. A su creación acuden las fuerzas manifiestas del tiempo y del espacio, que son la historia y su escenario: la geografía. Al momento de componer acuden a su mente los innumerables lugares recorridos. El arquitecto considera que la recreación, volver a crear lo creado, es una de las características de la arquitectura. El fin mismo de la arquitectura es su continuidad. A la hora de comenzar a trazar se presentan ante él las sólidas catedrales del románico con sus huéspedes rituales: la penumbra y el recogimiento. Se presentan también las construcciones mozárabes e islámicas con sus corazones abiertos hacia el cielo y sus arterias de agua en un constante fluir. Se develan los edificios y jardines del barroco. Se abren paso los monumentos de Mesoamérica y su increíble actitud contemplativa ante el paisaje. Se presentan las huestes arquitectónicas de la modernidad con sus rampas, ventanas corridas, innumerables formas y expresiones de los nuevos materiales y las técnicas.

Se despiertan las experiencias táctiles del ladrillo en el barrio de su infancia, experiencias que luego confluyen en su lectura selectiva de tantas obras representativas en mampostería. Se despiertan asociaciones pictóricas, con los mecanismos de ensamblaje propios del cubismo.

En fin, reaparecen en las construcciones de Salmona todos los preceptos acumulados a lo largo de una formación, rica como pocas en el siglo veinte, alimentada por los viajes y por la compañía de los más sabios edificios de la antigüedad. Una formación que se ve estimulada además por el legado directo de sus maestros, Francastel y Le Corbusier, y la complicidad de sus contemporáneos.

La historia juega un papel fundamental, y en ella confluye la experiencia.

Su repertorio de obras invoca la historia, la comprime. Estar en sus edificios significa trascender la inmediatez, olvidar por un momento el limitado reducto que nuestros tiempos nos demandan habitar, para permitir la coexistencia del presente y del pasado.

La concepción de un proyecto para Salmona comienza con la vivencia del edificio que le precede. La relación espacio concebido-espacio vivido es profunda y cíclica. Constituye en su continuidad el repertorio de Rogelio Salmona.

Es tan difícil transmitir la experiencia del espacio como describir la música. Sin embargo, la secuencia de episodios maravillosos, posiciones insospechadas, secuencias de silencio y ruido, olores de plantas y contacto de los vientos, todo esto se impone a quien ha visto, oído y recorrido.

Nunca va a olvidar, nunca podrá imponerse a la espacialidad concebida por Salmona. Hay algo particular en el modo en que esta arquitectura es percibida, como si hablara a cada visitante como individuo. Esta experiencia personal del edificio es la vivencia. En ella aprendemos a estar en el edificio, comprendemos también parte de su composición y con ello, su ser.

La arquitectura en tanto música o composición puede entenderse como un movimiento continuo que tiene ritmo y forma. La tensión del espacio radica en las variaciones del ritmo. El paso de espacios que estimulan la movilidad, a espacios que estimulan el estar. De hecho, suele ocurrir en algunas arquitecturas que entre el lugar y el camino previo, la calle, hay tan solo un umbral. En la arquitectura de Salmona, por el contrario, antes siquiera de acceder al lugar desde la calle debe realizarse un recorrido procesional que atraviesa varios umbrales; se transita por caminos antes de acceder realmente al lugar.

Al prolongar la llegada, entrar deja de ser un acto mecánico e inconsciente para volverse un rito. El rito último desde una concepción religiosa puede entenderse como el peregrinar. Peregrinar como preámbulo a la llegada.

Llegar a la Meca, llegar a Santiago, llegar a la tierra prometida. Incluso, podemos decir, la vida es un peregrinar a la muerte. Pero en ésta época, la cultura y, por consiguiente. la arquitectura procuran la inmediatez. Lo que tiene para ofrecer la arquitectura contemporánea está ahí, al primer encuentro, en el primer contacto, sea un destello o una bofetada. El lugar, el espacio, se ofrecen con solo cruzar un umbral. No es así en la obra de Salmona. Llegar, incluso entrar toma su tiempo, todo el tiempo posible.

Enriquecer el peregrinar al lugar, el ir accediendo, para hacer del camino una experiencia en sí. De este modo la vivencia es un viaje donde recordamos, junto con el lugar, el camino hacia él.

La obra arquitectónica tiene un antes y un después. El límite entre ambos acontece como el amanecer entre la noche y el día. El hombre vive el espacio antes de crearlo, lo crea antes de revivirlo. Es espacio concebido antes de ser espacio vivido; es forma, volumen y quietud antes de recibir luz, agua y movimiento. Es silencio antes de ser sonoridad. De igual naturaleza dual es la ciudad. Es memoria y es ruptura. Es tradición y reacción. Es marco de acción y recepción. Obra arquitectónica y ciudad. Vivencia y composición.

Escenario y representación del arquitecto y de su creación.

*Profesor de tiempo completo del Departamento de Arquitectura de la Universidad de los Andes y candidato a Doctor en Arte y Arquitectura de la Universidad Nacional de Colombia