La lectura está abriendo puertas

La lectura está abriendo puertas

Salvo en los casos de Bogotá y Medellín, las bibliotecas rara vez son noticia, pero en varias de ellas ocurren revoluciones silenciosas, que no triunfan con el poder intimidatorio de las balas sino con el poder de seducción de la palabra.

6 de noviembre de 2009, 05:00 am

Si los colombianos desprecian los libros y la lectura, ¿cómo explicar el entusiasmo de los habitantes de Guateque (Boyacá), cuando recibieron la dotación de libros que le entregó el pasado primero de junio la Biblioteca Nacional a la biblioteca municipal? ¿O la romería que armaron los habitantes de Sutatenza ese mismo día, a pocos kilómetros de allí, para asistir a la inauguración de la biblioteca que les donó el gobierno de Japón? Dicen las estadísticas que los colombianos leen, en promedio, un libro y medio al año. Si se mira la cifra así no más, se llega a la conclusión de que a los colombianos no les interesan los libros ni la lectura, pero si uno se asoma por las bibliotecas públicas, ya no el día de la inauguración sino uno cualquiera, de pronto encuentra sorpresas. Es muy probable que la primera motivación que tengan para ir a una biblioteca pública sea la necesidad de buscar información para poder terminar alguna tarea que les pidieron en el colegio, pero muy pronto descubren que en las bibliotecas públicas hay algo más.

En Cereté (Córdoba), se han tomado muy en serio ser la cuna del gran poeta Raúl Gómez Jattin y la biblioteca se mueve, incansable, por todo el municipio. El grupo de amigos de la biblioteca visita los hospitales para leerles libros a los niños enfermos. En esa actividad involucran a los padres del niño, para que sean estos quienes lean el cuento. Allí también organizan jornadas de lectura en los parques. Armados de un video beam, una pantalla, un micrófono y un amplificador, leen cuentos infantiles mientras proyectan las ilustraciones del libro para que los niños las vean a medida que avanza el relato.

En el resguardo de Guambía Aquella noche de miércoles resultaba difícil creer que tal cantidad de personas estuvieran pendientes de la lectura de un cuento de Anthony Brown, mientras la televisión transmitía el partido Colombia-Perú que disputaban la eliminatoria al Mundial de Sudáfrica.

En el resguardo indígena de Guambía, a pocos kilómetros de Silvia (Cauca), la biblioteca es un centro de intercambio de saberes. Los guambianos, herederos de una rica tradición oral, apenas comienzan a plasmar en el papel sus conocimientos y buscan la mejor manera de representar sus fonemas con el alfabeto castellano. Ahora miran los libros con otros ojos. Les imponen un reto. Escribir ellos sus propios libros para ponerlos en los mismos anaqueles, para que en un futuro cercano y lejano los jóvenes y sus hijos y nietos puedan leer, y no sólo escuchar, los relatos de sus ancestros, cada vez más cercados y amenazados por el discurso hegemónico de la globalización.

La biblioteca también es foco de resistencia, pero no de resistencia armada sino cultural. En Valencia (Córdoba), a pocos kilómetros de Santa Fe Ralito y en el corazón mismo del horror paramilitar que asoló al departamento, la biblioteca cumple la dura pero necesaria tarea de reconstruir un tejido social hecho jirones. Y lo hace a través de la lectura y actividades culturales que se generan en la pequeña casa que les sirve de sede.

No es fácil que el alcalde apoye El alcance del plan es tal que también llega a lugares que muy rara vez uno asocia con el término biblioteca. Puede ser el efecto de haber compartido durante algunos minutos el entusiasmo que siente un puñado de reclusas por los libros y su biblioteca, pero la cárcel de mujeres de Cali me pareció un lugar casi amable. Un trato respetuoso, casi fraternal, entre las guardianas y las internas. También ayudó a consolidar esa mirada esperanzadora haber asistido a uno de los talleres de creación literaria que allí adelanta José Zuleta. Las internas se han apropiado de la biblioteca. La cuidan como su mayor tesoro.

El Plan Nacional de Lectura y Bibliotecas avanza. Buena parte de sus logros se debe al empeño, a veces titánico, de los distintos funcionarios de la Biblioteca Nacional que han transmitido los alcances del Plan por todos los municipios de Colombia.

No siempre es fácil venderle a un alcalde la idea de que una buena biblioteca pública es tan importante como una carretera pavimentada o un acueducto en buen estado.

Se ha dado el caso, en algunos municipios, de que el espacio de la biblioteca ha sido destinado a otras actividades y la dotación que recibieron de la Biblioteca Nacional reposa en una bodega. Los libros aún no han salido de sus cajas.

La biblioteca pública es el comienzo de una larga cadena de acontecimientos que enriquecen la vida cultural de un municipio y llevan a algunos de sus habitantes a enfocarse por los caminos de las letras y el humanismo. Otros, sencillamente siguen en lo suyo, pero gracias a la lectura aprenden a mirar el mundo de una manera más amplia. A escuchar ideas y puntos de vista nuevos, diferentes, a descubrir mundos insospechados. A visitar y conocer mejor sus propios mundos.

- Corte de cuentas al Plan Nacional de Lectura Desde su creación, en el 2003, el Plan Nacional de Lectura y Bibliotecas ha llegado al 99% de los municipios. Son 943 dotaciones entregadas a cabeceras municipales y corregimientos, que constan de: 450 maletas de cine colombiano y latinoamericano.

101 bibliotecas construidas con apoyo del gobierno japonés.

11.000 bibliotecarios, maestros y promotores de lectura capacitados.

31 departamentos con red de bibliotecas en funcionamiento.

353 bibliotecas del país conectadas a Internet mediante Compartel.

Más de dos millones de libros nuevos cuidadosamente seleccionados de la oferta editorial.

Conformación de un sistema nacional de información para las bibliotecas (www.bibliotecaspublicas.gov.co).

Ley que incrementará los índices de lectura Actualmente, la directora del Plan Nacional de Lectura y Bibliotecas, Ana Roda, impulsa en el Congreso la ley que hará sostenible el Plan