La excitante cama prohibida

La excitante cama prohibida

Hay que reconocer que no sólo a los hombres les excita amanecer en cama ajena.

18 de octubre de 2009, 05:00 am

A algunas mujeres, eso no se puede negar, les privan los hombres con dueña. Y si bien esto se ajustaría a la famosa teoría de que lo prohibido es lo más deseado, también existen otras razones que explican por qué en esos casos la atracción se hace más fuerte.

Una de ellas es que ya puede hablarse de una generación de mujeres que les temen a los compromisos profundos; mejor dicho, con ellas no es eso de casarse, de tener hijos, de aguantarse a las cuñadas y a la suegra en almuerzos dominicales y mucho menos lavarles los calzoncillos a un señor, a cambio de un programado polvo semanal.

Eso no las pensiona de la cintura para abajo: ¡Todo lo contrario! Con un señor ajeno pueden hasta fantasear e imaginarse en una relación idílica, con la tranquilidad de que las cosas de ahí no pasan.

Consideran que los hombres comprometidos no son tan exigentes como los solteros, son más complacientes, más permisivos, más generosos y menos asfixiantes.

Eso les permite sentirse un poco más libres y percibir que tienen control de la situación. Mejor dicho, en las relaciones de este tipo, él y ella van a lo que van bajo las sábanas, y ambos lo aceptan.

Otra razón es que durante sus encuentros los amantes sólo exhiben lo mejor de sí mismos. Que él se arregle para ella, que siempre esté sonriendo, que no busque oportunidades para discutir, que no le lleve sus problemas, sus ronquidos y sus borracheras y que, por encima de todo, jamás esté cansado para el aquello, tiene que ser emocionante… Bueno, debo decir que algunas amigas que andan en ese plan encuentran un cierto placer inconfesable en arrebatarle el hombre a otra mujer. No sólo les parece seductora la idea, sino que ven en eso una especie de autoafirmación.

Aquí me meto, porque también sé de otras que les apuntan a los casados porque su autoestima no da para lanzarse en pos de uno libre. Y por eso arrastran sentimientos de culpa, con ellas mismas.

Allá ellas y sus cuentos. De mi parte jamás me sentiré capaz de ser la otra, aun cuando juren y rejuren que ese es el camino directo para un orgasmo.

Prefiero una pareja que me dé la espalda después de un polvo, y no ser la amante que se remuerde con la espina de saber que él salta de su cama para meterse en la de su esposa. Hasta luego