Bajo el inspirador título de ‘Generación del bicentenario’, el director de Colciencias anunció que Colombia le apostará a la formación de nuevos doctores en la próxima década y que impulsará la educación científica e investigativa en todos los niveles, para superar el rezago que nos sitúa por debajo de otros países latinoamericanos, como Brasil y Chile.
Convertirnos en una sociedad que use el conocimiento y que valore la capacidad de asombro como dispositivo esencial para la investigación es una encomiable tarea que no depende solo de Colciencias, de la Ley de Ciencia y Tecnología o de los esfuerzos educativos, sino que requiere una actitud compartida por toda la sociedad. Disculpen mi escepticismo, pero, en dos décadas de docencia, jamás había visto una época más refractaria a la formulación de preguntas, ni una sociedad tan renuente a usar su capacidad intelectual para establecer relaciones, analizar y comparar hechos, debatir ideas, arriesgar hipótesis y ejercitar su sentido crítico. No hay que ser doctor en pedagogía para saber que la investigación descansa sobre esas operaciones mentales y que, así hablemos de física cuántica o de ciencias sociales, pensar implica “no tragar entero”. Ese incesante y encantador “¿por qué?” de los niños pequeños, que moviliza la inventiva y que parte de la incomodidad con lo establecido, para aventurarse por otros mundos posibles, es el germen de la investigación. Pero, en la Colombia de hoy, la incomodidad y la duda metódica están proscritas. Lean cualquier discurso presidencial sobre los “opositores- enemigos de la patria” e infieran de qué se los acusa. ¿Será, acaso, de hacer preguntas? Quizás comienzo a hablar como los mayores, pero jamás había vivido una época en la que fuera tan sospechoso pensar o enseñar a pensar, ni había encontrado tantos ojos vendados, tanto silencio elocuente y tantas puertas cerradas a la argumentación. Sin pretender afirmar que el ejercicio de la inteligencia haya sido una constante nacional, la estulticia de hoy no parece tener precedentes. Hace poco discutíamos en una reunión de maestros sobre los problemas éticos de Colombia y concluimos que, además de problemas éticos, o antes que problemas éticos, tenemos problemas severos de razonamiento. Para la muestra, miren el ejemplo de Yidis: cualquier estudiante de primaria es capaz de inferir que si ‘Y’ es condenada por aceptar un soborno, ‘X’ y ‘Z’, que son los sujetos “sobornantes”, son igualmente culpables. (Por no hablar de ‘U’, que sería el sujeto beneficiado.) O analicen las interceptaciones del DAS contra los opositores del Gobierno y piensen si tiene “lógica” que unos mandos medios lo hayan hecho solos. No hay que ser el inspector Ruanini para deducir que al enunciado le falta la pieza clave o, como diríamos en clase, que el predicado tiene un sujeto tácito. ¡Pero mejor no sigamos! Aunque comparto el sueño de Colciencias, veo difícil que Colombia pase al nivel de doctorado sin manejar unas nociones elementales de lógica y sintaxis, algunas herramientas de lectura crítica y, también hay que decirlo, ciertos rudimentos de ética. Con gobernantes que solo hablan de inteligencia para referirse a las discutibles labores del DAS o a “la inteligencia militar” y que andan por el mundo descalificando a quienes hacen preguntas, ante la complicidad de una sociedad que decidió cerrar sus entendederas, el currículo oculto para formar futuros doctores no parece favorecer las competencias investigativas. Podemos centuplicar las becas y matarnos enseñando y no lograremos más que un puñado de técnicos en cultivar palma boba o un rebaño de expertos en saber cada vez más sobre cada vez menos. Con el respeto que me merece Colciencias, dudo de que este gobierno comparta su afán por formar investigadores. Si parece tan crispado con los pocos que preguntan, ¿a qué cabeza le cabe que quiera aumentar el número?
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