La imagen podría ser de un cuento de Julio Cortázar: un grupo de hombres y mujeres de dos generaciones, con mucho en común, pero tal vez lo más importante, derrotados políticamente, se reúnen para crear una revista, con tres núcleos de redacción en Barcelona, Buenos Aires y México, y patas en distintas ciudades, tantas como amigos de viejas luchas, desperdigados por el mundo.
Estas personas, casi todas académicas, llevaron a sus discípulos, quienes los convencieron de que la revista en papel, con tiraje de cuatro mil números, tan voluminosa como un libro, era importante, pero mucho más lo era construir su sitio en Internet para llegar de inmediato a un público más amplio. Hubo consenso. Viejos, más jóvenes y jóvenes, sin cobrar un solo peso, pusieron manos a la obra. Han pasado tres años y Sin Permiso es ya una referencia de obligatoria lectura, cada ocho días, para 21 mil personas de los cinco continentes, suscritas gratuitamente a su edición electrónica, en la que se publican 15 artículos. Cada día acceden a su página unos 25 mil lectores. Colombia ocupa la novena posición en entradas.
María Julia Bertomeu y Carlos Abel Suárez, desde Buenos Aires, Adolfo Gilly, desde México y Daniel Reventós, desde Barcelona, son algunos de los miembros del Consejo Editorial. En la redacción, entre muchos, se destaca la colaboración de la histórica y mítica militante del Partido Comunista italiano Rossana Rossanda, ex directora del diario Il Manifesto y una de las mujeres que hicieron parte de la resistencia partisana en la II Guerra Mundial. Rossanda, desde Milán, a sus 85 años y recién casada, escribe permanentemente sobre la actualidad de su país y del mundo.
El editor general, Antoni Domènech, desde muy joven militó en la resistencia clandestina antifranquista desde las filas del Partido Comunista, estudió filosofía y derecho en la Universidad de Barcelona. Desde 1994, es catedrático de Filosofía en la Facultad de Ciencias Económicas de esa universidad.
Domènech estuvo en Bogotá, como expositor principal en un seminario sobre el filósofo político norteamericano John Rawls y para presentar la revista, en el claustro de San Agustín, a conocedores y profanos que no le perdieron palabra a su sesuda y emotiva exposición.
Su presentación de ‘Sin Permiso’, en la página web, termina con una cita de Marx. ¿Por qué la eligió? Porque en esa cita se declara que, en todas las épocas, quien no tiene medios propios de vida tiene que pedir permiso a otros para vivir, y por eso no es libre. Libertad es no tener que pedir permiso a otro para sobrevivir: es una vieja idea que viene del Mediterráneo antiguo, de los atenienses. Es muy notable que en la Crítica del Programa de Gotha, de donde está tomada, Marx se sirviera explícitamente de esa vieja idea para ilustrar lo que eran democracia revolucionaria, la I República francesa de 1793, y socialismo industrial modernos: programas políticos de universalización de la libertad republicana. Que nadie sea esclavo de otro, esa es la idea. Y convertir esa cita de Marx en el título de la revista entraña otra cosa: equivale a una declaración de principios radicalmente laicos; no somos marxistas sectarios, religiosos. Sectario es quien cree en un mito fundador, según el cual el origen de su tradición moral o política empieza de cero, sin antecedentes, como novedad absolutamente radical. Así son todas las religiones, sin excepción.
‘Sin Permiso’ no recibe avisos publicitarios ni subvenciones. ¿Cómo funciona? En eso estamos, voluntariamente, en la tradición publicista del movimiento obrero internacional: antes de la II Guerra Mundial, ningún periódico socialista, en el amplio sentido del término, que abarca desde el laborismo británico y las socialdemocracias continentales europeas hasta el anarcosindicalismo, pasando por los distintos comunismos, admitía publicidad comercial ni recibía subvenciones públicas o privadas. Hacer buena propaganda política, fundada en análisis intelectualmente honrados de lo que hay y encaminada a persuadir de un cambio radical con buenos argumentos pública y racionalmente debatibles es incompatible con depender de publicidad mercenaria – “mercenario” tiene la misma raíz etimológica que “mercado” y “meretriz”-; es incompatible con tener que pedir permiso a empresas privadas o a gobiernos para existir. Sin Permiso se hace gratis et amore, con la disciplina y con la generosidad de los viejos combatientes socialistas: de nuestros mayores anarcosindicalistas aprendimos que la disciplina sin generosidad es una ilusión farisaica; y de nuestros mayores marxistas, que la generosidad sin disciplina es una ilusión filistea.
Además de socialistas, ¿a qué otros publican? Publicamos a veces a liberales de izquierda inteligentes. Los premios Nobel Krugman y Stiglizt, por ejemplo. Los enfants terribles del establishment son interesantes también porque conocen las entrañas del sistema. A Michael Hudson lo traducimos y publicamos siempre con gusto, por la soberbia calidad analítica de sus escritos.
Habló usted de artículos premonitorios de la crisis económica y financiera mundial. ¿Quiénes los hicieron? Es verdad. Los economistas que anticiparon la que se nos venía encima no fueron académicos del establishment, ni siquiera liberales de izquierda críticos con el sistema, como Krugman y Stiglitz, sino quienes habían roto radicalmente con él en los 90, como Hudson, o economistas de formación marxista, como mi amigo berlinés Michael Krätke, del Consejo Editorial de Sin Permiso, actualmente en la Universidad de Lancaster, que además de ser uno de los editores de la nueva edición crítica internacional de las obras completas de Marx y Engels, es un reconocido especialista en mercados financieros. O el historiador de la Universidad de California Robert Brenner, también de nuestro Consejo Editorial. Publicamos piezas analíticamente interesantes y premonitorias del economista socialista filipino Walden Bello, “premio Nobel alternativo”.
¿Cómo ven en ‘Sin Permiso’ la situación? El momento es muy grave y complicado. Los tres componentes de la llamada “globalización”: primero, ‘remundialización’ del capitalismo; segundo, neoliberalismo entendido como saqueo privatizador del patrimonio público, incluido el patrimonio natural; y tercero, ‘financiarización’ de la economía, han fracasado, revelándose como ilusorias todas las apariencias de prosperidad grotescamente celebradas en las últimas décadas por algunos intelectuales y periodistas. A eso hay que sumar, al menos, la crisis energética –el agotamiento de los combustibles fósiles que han estado en la base de la economía mundial en las últimas centurias–, así como la crisis ecológica cuya manifestación más visible es el catastrófico cambio climático. Las tres crisis –económica, energética, ecológica– estaban ya en el horizonte en los años 70. Esta guerra de los treinta años en que triunfaron las fuerzas de la reacción, del oscurantismo y de la irresponsabilidad sobre las fuerzas democráticas y populares a escala planetaria ha significado también perder 30 años en la resolución de problemas gravísimos y urgentes que estaban claramente planteados en los 70.
Y lo que tenemos ahora son, por un lado, fuerzas muy menguadas, las de la izquierda, que sufrió una derrota espantosa luego del 68, y, por el otro, unas elites que, puestas ante la evidencia del fracaso clamoroso de todas sus políticas en las tres últimas décadas, están desconcertadas ante la magnitud de unos problemas que, víctimas de sus propias mentiras, ni siquiera parecen capaces de comprender y no digamos de enfrentar.
Cuéntenos de su último libro Es una investigación académica, trabajé 10 años, sobre El eclipse de la fraternidad. De los tres valores emblemáticos de la democracia republicana moderna -libertad, igualdad, fraternidad--, el de la fraternidad no sólo resulta hoy el más enigmático, sino que es el menos estudiado. De aquí el subtítulo: “Una revisión republicana de la tradición socialista”, que, como observó en su día uno de los críticos más inteligentes de mi obra, también habría podido ser al revés: “Una revisión socialista de la tradición republicana”
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