Muchos tendrán la idea de que Roger Federer vive por y para el tenis, que sus días transcurren dentro de las canchas de los lugares que suele visitar. Pocos podrían imaginarse al suizo, en cortos, y sin una raqueta en su mano. Sin embargo, el hoy considerado ‘mejor tenista de la historia del deporte blanco’ tiene gustos comunes y corrientes, que rompen con los paradigmas de lo que se llegaría a pensar es su única pasión: el tenis.
Tan exacto como los relojes que se producen en su país es la puntualidad que caracteriza a Federer. Desde muy niño sus padres, Lynette y Robert, ella surafricana y él suizo, le inculcaron esta cualidad, que ha sido, según él mismo “vital en su diario vivir”.
Con 27 años (nació el 8 de agosto de 1981), Roger prefiere el entorno campestre al ejecutivo. Fiel a las costumbres del lugar en donde nació (a orillas del río Rin, en la capital del cantón de Basilea, en la frontera de Suiza con Alemania) saca cualquier excusa para viajar a su casa, ubicada en Wollerau (cantón de Schwyz) para atender a su vaca Juliette, un regalo que le dio un aficionado suizo tras ganar el Torneo de Gstaad (Suiza), pese a que siempre se ha identificado con el león y el tigre, sus animales favoritos.
Aunque es muy estricto con sus entrenamientos, les saca tiempo al golf, el esquí alpino y el fútbol –es seguidor del Basilea F.C.–, actividades que complementan sus extensas y agotadoras jornadas.
En sus viajes, al menos uno semanal, porque siempre está inscrito en algún torneo del circuito de la ATP, o por sus múltiples compromisos con la Fundación que lleva su nombre y que promueve, desde el 2003, el deporte entre los jóvenes desamparados en Suráfrica, no puede faltar en su reproductor la música del conjunto australiano AC/DC ni la del cantante, compositor, multiinstrumentista y productor estadounidense Lenny Kravitz, a quienes admira y, cada vez que puede y coincide en cualquier ciudad del mundo, asiste a sus conciertos.
Entre las debilidades del suizo, la comida ocupa el primer lugar, seguida por el consumo excesivo de los quesos italianos y pasar largos ratos al frente de una pantalla de televisión jugando PlayStation junto a sus mejores amigos, con quienes también comparte extensas jornadas de cartas. Habla alemán, francés e inglés, además del dialecto suizo-alemán.
Y tal vez lo que más extraña Federer es tener tiempo para verse con su hermana mayor, Diana (29 años), quien se desempeña como enfermera en un hospital de Basilea.
Ahora, Federer está rodeado solamente de sus amigos y familiares. Desde el 2003, cuando el suizo rompió relaciones con la organización IMG, empresa de formación y representación de deportistas, creó su propia compañía (RF), en donde trabajan sus más cercanos allegados, y que debutó en el mercado con la fragancia ‘RF-Roger Federer’.
Los inicios en el tenis La obsesión de Roger Federer por el torneo de Wimbledon no es gratis. El suizo, con tan sólo siete años, se emocionó tanto al ver por televisión la final en la cancha principal del All Tennis Club, entre el sueco Stefan Edberg y el alemán Boris Becker, en 1989, que puso en duda su continuidad en dos actividades por las cuales moría: el fútbol y el hockey sobre hielo.
Tomada la decisión, a los 14 años de edad se inscribió en la Federación Suiza de Tenis. El comienzo fue duro por las arduas jornadas de entrenamientos a las que era sometido en superficie dura y por el carácter insoportable que lo llevó a romper un número importante de raquetas, las cuales estrellaba contra el suelo cada vez que se equivocaba.
Entonces llegó a su vida el sueco Peter Lindgren. El objetivo era canalizar en victorias toda la ira que expelía aquel adolescente malcriado. Trabajó en sus mejores golpes: el servicio y la volea, y empezaron a llegar los títulos. Su proceso como juvenil lo cerró con la victoria en el Orange Bowl en 1997. En aquella oportunidad, venció en la final al argentino Guillermo Coria. En 1998, debutó en la ATP con el lugar 700 dentro del escalafón, y su excelente tenis lo llevó a terminar la temporada en el lugar 302. Ya había avanzado 398 lugares. Un año más tarde, jugaba Roland Garros, Wimbledon, Miami y Montecarlo, y culminaba el año en la casilla 64.
A partir de ahí, su ascenso fue imparable. Victorias en los principales torneos de la ATP y triunfos sobre los más importantes jugadores de aquel entonces del circuito le auguraban un futuro que pareció interminable cuando alcanzó el número uno de la clasificación de la ATP (2 de febrero de 2004) y se mantuvo por 237 semanas consecutivas al frente de esta (hasta el 18 de agosto de 2008). Un año antes ya había sido proclamado el ‘Mejor Deportista del Año’ y el ‘Suizo del Año’. Además, la Asociación de Tenistas Profesionales lo eligió como el ‘Mejor Jugador Europeo’.
Adolf Kacovsky, Peter Carter y Tony Roche, y hasta junio del año pasado, José Higueras, también aportaron a la carrera de Federer, quien es tal vez el único jugador de los top 10 del ranking mundial que hoy no cuenta con un entrenador personal. “Cuando estoy en la pista juego yo. Aprendí tanto, que me siento preparado para valerme por mí mismo, y por eso sólo utilizo un amigo como sparring”, dijo. Por eso, su equipo lo conforman su preparador físico, el suizo Pierre Paganini, y su fisioterapeuta, el checo Pavel Kovak.
También lo acompañan sus padres, y su esposa, la ex tenista Miroslava Vavrinec (se casó el pasado 11 de abril de este año en Basilea), quien se encarga de las relaciones con los medios de comunicación, y con quien sostiene una relación desde los Juegos Olímpicos de Sydney (Australia) de 2000.
Roger Federer es embajador de Buena Voluntad de Unicef. Espera para el próximo verano de Europa a su primogénito, al que tal vez le inculcará los mismos valores que hicieron sus padres con él y a quien no le exigirá que siga sus pasos. “Será lo que él quiera ser, pero en lo que se escoja tendrá que ser el mejor de todos”, dijo el mismo día en que ganó el título de Roland Garros y el que lo proclamó el ‘mejor tenista de la historia de todos los tiempos’
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