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Formas De Salvar La Globalización El Accidentado Camino Por Recorrer

CAMBRIDGE. Si hemos de dar crédito a los datos del mercado de valores y de los tipos de interés, para la economía de Estados Unidos ya ha pasado lo peor y puede ir camino de una lenta recuperación, pero los problemas para la economía mundial acaban de empezar.

Existe la posibilidad de dar por sentado que un parcheo menor será suficiente para que la mundialización vuelva a ser boyante y sostenible.

Harán falta un auténtico esfuerzo y una auténtica creatividad para reparar las profundas grietas que la crisis financiera ha revelado en la globalización. En primer lugar, la buena noticia. La reacción mundial ante la crisis puede no haber sido estelar, pero tampoco ha sido la gresca que se podría haber temido. El G-20 no pudo acordar un estímulo fiscal coordinado ni medidas concretas con vistas a una reforma de la banca, pero sí se unió tras el Fondo Monetario Internacional y le aportó recursos suplementarios.

Pese a las decenas de nuevas medidas proteccionistas adoptadas en todo el mundo desde el comienzo de la crisis financiera, la inmensa mayoría de ellas no supone un peligro como para quitar el sueño. La globalización no ha recibido un golpe mortal... al menos todavía no.

La prueba de verdad está por llegar. El problema es que no es probable que en el programa actual se aborde adecuadamente ninguna de las deficiencias de la mundialización. Seguro que se fortalecerán la regulación y la supervisión financieras, pero seguirán siendo de carácter nacional, con poca salvaguardia contra el desbordamiento y el arbitraje regulador de carácter transfronterizo.

Además, el programa de la Organización Mundial de Comercio seguirá siendo irrelevante y, en cualquier caso, continuará en punto muerto. China no ha descubierto aún ni ha aprobado una estrategia de crecimiento sustitutiva que no se base en un gran superávit comercial. El comercio y la inmigración (legal e ilegal), si no se controlan, seguirán ejerciendo presiones hacia abajo en los mercados laborales de los países ricos. La crisis financiera no ha contribuido a mejorar la idea que se tiene de la mundialización, que ha sido desde hace mucho profundamente impopular entre los votantes comunes y corrientes de la mayoría de los países avanzados del mundo.

A consecuencia de ello, la tendencia de la globalización a producir desequilibrios macroeconómicos y fragilidad financiera, sus consecuencias adversas en la igualdad y la paz social de muchos países y su escasa legitimidad política seguirán creando tensiones y crisis.

Otros dos fenómenos agravarán en gran medida dichas deficiencias. El primero es el de que no es probable que Estados Unidos y otros países avanzados recuperen su anterior dinamismo, aun después de que se restablezca la estabilidad financiera. Las familias de los países ricos han sufrido una tremenda pérdida de riqueza, lo que quiere decir que durante algún tiempo el aumento del consumo será débil.

Con el rapidísimo aumento de la deuda pública, los gobiernos no estarán en condiciones de salir del bache. La reestructuración de las economías para alejarlas de su dependencia de las finanzas requerirá cierto tiempo.

Estancamiento, en lugar de crecimiento: eso será lo que habrá.

En segundo lugar, es probable que quede poca capacidad de dirección mundial.

Estados Unidos estará asfixiado por su elevada deuda, el escaso rendimiento de su economía y el modelo económico desacreditado. La Unión Europea estará ensimismada en su proceso de integración interna, y China, cuya renta por habitante representa la octava parte de la de Estados Unidos (ajustada según la paridad de poder adquisitivo) es demasiado pobre para llegar a ser la nueva hegemonía.

La Historia nos enseña que, si no existe una potencia económica dominante, resulta difícil crear y mantener un orden económico mundial.

Así, pues, lo que está en juego en la tarea de enderezar la economía mundial no podía ser más decisivo. Si no se gestiona bien el proceso, las consecuencias podrían ser inimaginables.

Lamentablemente, muchas de las soluciones que se ofrecen son demasiado tímidas o necesitan una dirección mundial que no abunda. El intrincado problema de la reforma mundial estriba en que las propuestas que van lo bastante lejos, como, por ejemplo, la creación de un regulador financiero mundial, son desatinadamente irrealistas, mientras que las realistas, como, por ejemplo, la reforma del FMI, se quedan muy cortas respecto de lo que hace falta.

Lo que necesitamos es una concepción de la globalización que sea totalmente consciente de sus límites. Podemos comenzar con un principio simple: no debemos esforzarnos por conseguir la mayor apertura del comercio y las finanzas, sino niveles de apertura que dejen amplio margen para la prosecución de los objetivos económicos y sociales nacionales, tanto en los países ricos, como en los pobres. En realidad, la forma mejor de salvar la mundialización es la de no llevarla demasiado lejos.

Pensemos en la analogía del tráfico. Una forma de prevenir los accidentes de tráfico es la de obligar a todo el mundo a conducir un coche similar, viajar a la misma velocidad y dirigirse en la misma dirección. Otra es la de imponer el cumplimiento de algunas normas: no avanzar por el carril de la izquierda a poca velocidad, detenerse ante los semáforos en rojo y demás.

El primer método puede aumentar al máximo el volumen de tráfico que puede circular con seguridad, pero no lleva a la mayoría de las personas a donde quieren ir y, en última instancia, resulta contraproducente. El segundo permite a los conductores elegir, aun cuando deban aminorar la velocidad o a veces detenerse. Asimismo, una mundialización boyante y sostenible no debe imponer una camisa de fuerza de normas comunes a todo el mundo.

La crisis financiera dejó al descubierto el blando bajo vientre de la globalización. Sería un error reaccionar intentando llevarla al nivel siguiente. No se pueden eliminar los obstáculos económicos y políticos que bloquean la integración profunda mediante exhortaciones. Nos resultaría mucho más útil tener en cuenta esos límites y reducir nuestras ambiciones.

* Profesor de Economía Política de la Escuela John F. Kennedy de Administración Pública de la Universidad de Harvard © Project Syndicate 1995-2009

Publicación
eltiempo.com
Sección
Editorial - opinión
Fecha de publicación
14 de junio de 2009
Autor
Dani Rodrik*

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