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‘Kincito’, El Ángel De La Monareta Verde

ESPECIAL PARA EL TIEMPO La última vez que Elkin Fabián Bonilla Cruz salió a montar en bicicleta con su familia, por los caminos de Mondoñedo, fue el lunes festivo 25 de mayo. El júbilo acompañó a la caravana de ciclistas en ese día especialmente soleado. Los Bonilla estaban lejos de imaginar que, tres días después y cuando el reloj señalara las 6:35 de la tarde, Elkin tendría una cita con la muerte.

A las 6:30 de la tarde del 28 de mayo, Elkin salió de estudiar en el Inem de Kennedy.

Lo acompañaban su hermano David, de 16 años, y un grupo de compañeros de undécimo grado. Siempre preferían la bicicleta como transporte para llegar a casa.

‘Kincito’, como le decían sus familiares a Elkin de cariño, tenía 15 años y le gustaba andar en ‘burra’ para arriba y para abajo.

Aprendió a montar cuando tenía 4 años. Últimamente, le gustaba salir en la monareta verde de su mamá, Rosa Cruz, la misma bicicleta que había comprado Jorge Augusto Bonilla, su papá, por 25.000 pesos el 19 de junio de 1989.

Rumbo a su casa, la conversación de los jóvenes se centró en quién iba a comprar los materiales de la próxima clase. “Mí hermano (Elkin) llevaba en el timón de la monareta a Esteban. Yo iba solo y en la otra ‘bici’ viajaban tres amigos”, contó David.

Por azares de la vida, hacía un par de semanas que los hermanos Bonilla Cruz habían tenido que cambiar la ruta para dirigirse hacia su residencia, en el barrio San Carlos, de la localidad de Kennedy, para evitar pasar por el barrio El Amparo, un sector sitiado por el hampa.

“En el último atraco nos robaron un reloj, un celular y la bicicleta todotorreno de Elkin”, relató David. Era la tercera vez que caían en las ‘garras’ de los delincuentes.

El semáforo dio luz verde, y cuatro fuertes pedalazos de Elkin lo dejaron a la cabeza de la escuadra de estudiantes en bicicleta.

Pero un ciclista desconocido, que también se desplazaba por la vía, se atravesó en el camino de ‘Kincito y “lo obligó a esquivarlo para no estrellarse con él. En ese momento, una buseta pasó por el lado de mi hermano y él, para no caerse, se apoyó en un costado del vehículo, empujó a Esteban para que no cayera con él, pero la velocidad succionó a mi hermano”, describió el joven con terror.

Luego del impacto y aún sin comprender del todo lo sucedido, David sólo atinó a decirle con angustía y mientras lo tomaba de los brazos: “Usted no está muerto. ¡Levántese ya!”.

La súplica no tuvo respuesta. Elkin pasó a engrosar la lista de ciclistas muertos en las vías de la ciudad, un tema que coincidencialmente se debatió esta semana en la ciudad (ver pág. 2-1).

En sus acostumbrados paseos por Mondoñedo, a la familia Bonilla Cruz le hace falta un ciclista: el muchachito que apenas daba sus primeros pedalazos en la vida con el sueño de ser ingeniero de sistemas y de no perderse ni un domingo de culto en la iglesia Adventista del Séptimo Día.

Ese 28 de mayo se fue un deportista 100 por ciento, un músico de buen oído, que interpretaba el piano, la guitarra, la flauta y la dulzaina.

Federico Ríos / EL TIEMPO

Publicación
eltiempo.com
Sección
Bogotá
Fecha de publicación
13 de junio de 2009
Autor
Diego Hernán Pérez S .

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