EL FIN JUSTIFICA LOS MEDIOS : MAQUIAVELO

EL FIN JUSTIFICA LOS MEDIOS : MAQUIAVELO

No resulta fácil buscar la explicación de la corrupción política que desgasta, desprestigia y consume a Colombia. Arriesgo una (explicación) con el ánimo de orientar a la opinión pública, lo cual ha sido el objeto principal de esta columna desde sus comienzos.

3 de marzo de 1996, 05:00 am

Me refiero al divorcio entre la ética y la política, proclamado por Maquiavelo en su obra El Príncipe (léase gobernante, pero es aplicable, en su medida, a toda autoridad, director, jefe y altos ejecutivos) escrita entre los años 1512 y 1513. Recordemos los hechos.

Por siglos, desde la Antigedad hasta la Edad Media, los gobernantes se inspiraban, para gobernar a sus pueblos, en La Política de Platón y Aristóteles, cuya alma y puntal era la ética.

Para ambos filósofos la vida política era inconcebible sin ética, entendiendo por tal la búsqueda del Bien Común, con rectitud y honestidad, tanto de parte del gobernante como de los gobernados.

Todo venía relativamente bien hasta que apareció en el escenario de la Historia un hombre de mediana estatura, enjuto, de ojos vivos, agudo pensador y astuto político, nacido en Florencia, Italia, el 3 de mayo de 1469, y bautizado con el nombre de su padre, Niccoló Machiavelli. La Signoría lo nombró secretario, luego canciller y finalmente magistrado, cargos que desempeñó con astucia y habilidad, hasta que cayó en desgracia, cuando fue acusado de conspiración, lo cual le valió la cárcel y las torturas.

Recuperada su libertad, el año 1512 se retiró a una finquita que poseía en Casciano, 15 kilómetros al sur de Florencia. Allí rumia sus experiencias y las confía al papel. Allí es donde escribe su obra más funesta, El Príncipe, la que desde el siglo XVI más éxito les ha dado a políticos y gobernantes; y a los pueblos ha sometido al imperio de la corrupción.

El Príncipe, sin llegar a ser una teoría de Estado, convierte en teoría y cartilla de bolsillo de muchos gobernantes lo que ya se practicaba en las cortes de entonces: el pragmatismo político, que, expresado al alcance de nosotros, los legos en politología, no es otra cosa que la ley de los hechos, inspirados en las ambiciones y pasiones de los políticos, por encima de los deberes éticos.

Valga una muestra: Un gobernante que en todo quiere hacer profesión de ser bueno, cuando de hecho está rodeado de gentes que no lo son no puede menos de caminar hacia su ruina. Es, pues, necesario que el gobernante que desee mantenerse en el poder, aprenda a poder no ser bueno, y a servirse o no, de esta facultad según las circunstancian se lo exijan . Que tal esa! Esteban Molist Pol, traductor en 1958 de la edición española resume acertadamente en el prólogo el contexto histórico y la convicción que inspiró a Maquiavelo al escribir su obra El Príncipe, en la cual se establece como principio la famosa razón de Estado , que todo lo justifica. Gracias a las circunstancias de su tiempo, estaba autorizado a pensar que en la constitución, desarrollo y preservación de los Estados modernos cuentan ciertos factores que operan como fuerzas inmanentes y necesarias del proceso político.

Y justamente, el advertir que las conexiones causales se dan en la esfera de la política según una legalidad propia, permitió a Maquiavelo profesar la convicción de que, a la problemática del Estado conviene una estimación no comprometida con las normas que constituyen el orden moral o con las exigencias de la conciencia religiosa. Divorcia a la política de la ética .

Para Maquiavelo la política es la lucha por el poder. Una vez en el poder, lo que decide es la astucia del gobernante para manejar los hechos, olvidándose de los principios éticos. Del único que no se puede olvidar el gobernante, y que por cierto, no es ético sino práctico e inmoral, y que constituye la fuente principal de corrupción de los políticos, es aquel según el cual en la vida política el fin justifica los medios.

Que no es otra cosa que su oportunismo político, el cual lo llevó a suponer son palabras suyas que si, a la fundación y conservación del Estado, la necesidad le impone el empleo de la astucia, el fraude, la mentira, la violación de los acuerdos solemnemente pactados, la violencia y hasta el crimen, el gobernante no debe vacilar en recurrir a tales medios, seguro de que el buen fin logrado los justificará .

Como bien anota Cassirer: Lo que ya existía de facto, con El Príncipe de Maquiavelo adquiere existencia de iure Toda esta doctrina convierte, en cierto modo, a Maquiavelo en el padre del Estado moderno, gracias al hecho de deslindar al Estado de sus vínculos con la ética y la religión.

Ya es hora de preguntarnos: el parecido de lo que está sucediendo en Colombia con las pautas trazadas en El Príncipe de Maquiavelo será mera coincidencia? Lo dejo a su juicio. Pero, si es fundado, a dónde iremos a parar?