RECUERDO DE GENOVEVA

RECUERDO DE GENOVEVA

La punzante pesadumbre que acongoja como una espina la aguda espina dorada del verso de Machado a la legión de amigos de Genoveva Carrasco de Samper, no tiene forma de descripción. Hace veinte días tuve el placer de reunirme con ella por última vez, a propósito del cumpleaños de una entrañable amiga común. El punto de encuentro fue Madrid. Ella venía de Tel Aviv, donde residía en su condición de esposa del embajador de Colombia en Israel, doctor Patricio Samper, y yo salí de Bogotá.

14 de junio 1995 , 12:00 a.m.

Fue apenas el pasado miércoles 24 de mayo, y este onomástico era el pretexto para una cordial reunión de amigos. Salimos en tren hacia Valladolid, lugar donde el periodista español Jesús Fonseca (director de EFE de la Provincia de Castilla y León) había preparado toda una agenda, en su condición de anfitrión, para celebrar la fecha.

Fue, como se dice, un día realmente inolvidable. Al llegar al sitio esperado, nos fuimos de inmediato a visitar el sitio en donde Cervantes comenzó a escribir los primeros capítulos de Don Quijote. Una pequeña casa de dos pisos, preciosa y perfectamente mantenida, muy dentro del espíritu que Genoveva Carrasco les imprimió a las de La Candelaria, en Bogotá, cuando estuvo por años como directora de la Corporación de este clásico barrio bogotano. Ella tenía sin duda un sentimiento especial por la arquitectura colonial, y un sentido riguroso de la restauración. Era, como su esposo uno de los mejores arquitectos y diseñadores del país, amante del respeto por las formas y los colores originales de construcciones cuyo valor radica en el esteticismo de su autenticidad y de su conservación.

Después de esa visita conmovedora, que de alguna forma identificábamos como si se tratara de una Casa de Poesía en pleno corazón de Valladolid, Jesús Fonseca nos trasladó a un antiguo mesón castellano, donde habían elaborado las más tiernas alubias con chorizo y oreja, y un cordero lechal cuyo punto de cocción fue lo que nos obligó a abandonar precipitadamente la casa de Cervantes, ante la insistencia del invitante de que el cordero se nos puede pasar . Eran las tres y media de la tarde, hora propicia para almorzar...

Por esas cosas de la vida, me correspondió sentarme al lado de Genoveva Carrasco de Samper. Y hablamos, como siempre, de viejos tiempos y de cosas tristes, pero también del presente feliz.

No sé si sea demasiado lugar común repetir la manida frase de que Genoveva era una mujer con la sonrisa a flor de piel. Pero lo era. Fue una persona que literalmente gozó la vida. Que les sacaba el jugo a sus instantes vitales, y ese que vivíamos resultaba serlo, por el ambiente y la maravillosa familiaridad reinantes. Y hablamos también de historias trascendentales y de hechos triviales, al calor de unos fabulosos vinos de la Ribera del Duero que ella degustaba con placer envidiable. Pues, en su condición de gozona o será mejor decir gocetas, también le apasionaba la buena mesa, independientemente de que hace unos años se las arreglaba para preparar, en su casita de Tenjo, unos cuantos platos españoles que nunca tampoco olvidaré, por el cariño con que los hacía, en horno de leña, a la manera de Tita en Como agua para el chocolate .

Era, pues, una mujer no solo excepcional sino hecha de buena pasta, y que tenía un sentido claro y exquisito de la amistad. Desinteresada y espontánea, prefería gastarse la plata en objetos inútiles como unos buenos íconos para regalar, antes que, como se dice popularmente, tirársela en una cartera Gucci o en unos zapatos Ferragamo.

Después, otro día, y luego de haber comido en Casa Lucio unos huevos revueltos con patatas fritas como solo allí los saben preparar, salimos a la Plaza Mayor, en Madrid, y recuerdo que la acompañé a visitar unas tiendas de boinas y sombreros. Genoveva era una mujer antojadiza porque le gustaba vivir la vida. Y, claro, ella salió con su sombrero y yo con mi boina, sin mucha pena y aprovechando acaso, en esos detalles efímeros, lo que habrían de ser, por desgracia, las últimas horas de su vida.

A Patricio ese amigo fiel de Luis Carlos Galán que lo vio morir sobre sus piernas debo decirle las palabras de Ignace Lepp, un psiquiatra que ha escudriñado los misterios insondables de la muerte, según las cuales la intensidad del sentimiento de que la muerte de un ser amado no mata al amor, es síntoma muchas veces comprobado. De ahí la evidencia de que el amor llega a tornarse inclusive más puro y más auténtico tras la muerte de la amada .

Claro. Son palabras de consuelo que acaso de poco sirvan ante la irreparable pérdida de un ser querido. Tan querido y tan especial como Genoveva. No solo con su esposo y con sus hijos a quienes pienso y acompaño en este dolor tan grande, sino también con sus amigos. Porque Genoveva Carrasco era una amiga muy singular, que irradiaba alegría y guardaba sus penas íntimas, aunque en veces la delataran sus ojos. Así la recuerdo. Es la última imagen que tengo de ella. La de una mujer cálida y grata, que deja un vacío irremplazable en muchos círculos. Más, mucho más del que yo puedo describir en esta nota atormentada, que no pretende ser necrológica y que escribo con una torpeza solo atribuíble al hecho de que la noticia de su muerte me sacude y me hace pensar, otra vez, sobre la fugacidad de la vida. En este caso, con el corazón desgarrado.

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