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Diálogos con la propia alma
En este diario y en El PaÃs de Madrid apareció ayer una noticia referente a una llamada que Jimmy Carter le hizo a Uribe. En el curso de la conversación le preguntó sobre el referendo, a lo cual nuestro Presidente respondió que era un proyecto de otros y que él estaba convenciendo a su propia alma para no hacerlo. No es la primera vez que Uribe se refiere a la lucha interna que lleva a cabo entre dos tendencias que compiten en su personalidad y que han llevado a otros comentaristas a concluir que es una especie de Dr. Jekyll de la polÃtica, un hombre dentro del que luchan las fuerzas del bien y el mal y que logra desdoblarse en los personajes de la novela de Robert Louis Stevenson.
Quizás sea imprecisa esa comparación, y el Presidente no la comparte. A juzgar por esta conversación, parece tener la idea de que es la conciencia, que trata de reprimir sus malos instintos. No es difÃcil imaginarse cómo es su diálogo con su propia alma: Uribe: “¿Eres tú? No contestes. Quédate en silencio. ¿Qué puedes decir que le añada algo a lo que ya me has dicho? Tú sabÃas lo que te esperaba. ¿Qué querÃas que dijera? ¿Que soy yo el que quiere? La ciudadanÃa cree que no he decidido qué hacer y sabe que a mà me motiva solamente el amor por nuestro paÃs. Pero ya perciben que estoy detrás moviendo las fichas e invito a mis partidarios a que despejen el camino legal para que yo pueda permanecer. Es preciso dejar claro que no hago todo eso en ejercicio de mi libre albedrÃo, sino que eres tú, mi negra conciencia, la que me impele a hacerlo. La gente, que ha venerado al alma y a la conciencia como repositorios de la virtud humana, está dispuesta a creer ahora que es el cuerpo el que tiene esa calidad y que tú representas el mal. Si fueras material, mañana te podrÃan quemar. Me estás colocando en el papel de Gran Inquisidor”.
Alma: “Cuando leà lo que dijiste, yo no me lo podÃa creer. Ya te habÃa advertido desde tu primera reelección que abriste una caja de Pandora y que no vas a poder contener a los monstruos que dejas sueltos. El más peligroso de ellos es el atractivo del poder. ¡Cómo te ha embrujado! Tus estudios de derecho te han servido para hacer discursos. Pero lo que dices sobre el Estado de derecho y la Constitución, sobre la capacidad corruptora del poder, de donde se origina la necesidad de alternación en el Gobierno y el respeto a las libertades, no te lo has creÃdo nunca. A pesar de ello, tus seguidores y muchos otros ciudadanos duermen tranquilos. Creen que te riges por esos principios, cuando en realidad tú has trascendido y te has escapado del dominio tradicional de los valores democráticos y de las limitaciones que imponen ellos. Confiarte a ti la preservación de una sociedad pluralista y democrática ha sido como si se le hubiera entregado a un salvaje la tarea de salvar a la civilización.” U.: “No digas más. Colombia me necesita. El pueblo ha escogido entre seguridad y libertad. La voz del pueblo es la voz de Dios. Yo no soy libre, como tú lo dices. Tengo que responderles a los millones de ciudadanos que creen en mÃ. Yo me interpongo entre ellos y los terroristas. Mi deber es cumplir con mi destino”.
A.: “Ya lo has hecho. No esperaste, sino que has actuado con decisión, y no ignoraste las voces de tantas almas en pena que clamaban venganza. Les cumpliste y ahora no quieren dejarte ir. Pero tu encargo no es persistir en eso y destruir todo lo demás que se te ha confiado. Vete ahora y déjales a ellos la tarea de continuar con la misión”.
U.: “Calla. Mis raÃces culturales y familiares provienen claramente del liberalismo. Pero ahora me corresponde decir, como lo dijo otro gran hombre, con quien comparto origen y tradiciones, que ‘allà donde yo haya escrito la palabra partido, en adelante léase la palabra PatriaÂ’. Estoy obligado a hacer lo que el pueblo me ordene”.
A.: “Eso es lo que has dicho desde un principio. Pero no trates de cambiar de lugar conmigo. Eres el responsable de tus decisiones”
- Publicación
- eltiempo.com
- Sección
- Editorial - opinión
- Fecha de publicación
- 24 de abril de 2009
- Autor
- RUDOLF HOMMES
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