Población, conquista y colonización

Población, conquista y colonización

POBLACIÓN La población indígena encontrada para el continente colonizado por Iberia ha sido calculado entre 50 y 60 millones en 1492, que se habían reducido a entre 5 y 6 millones en 1650. (Newson, 2006). La población correspondiente a la Nueva Granada pudo estar alrededor del 6 millones de personas en 1500 (Melo, 1992) que comienza a estabilizarse alrededor de l650. De allí en adelante comienza un proceso de lenta recuperación de la población mestizada. El colapso demográfico fue producido fundamentalmente por las enfermedades trasmisibles que portaban los conquistadores, ante las cuales los nativos no contaban con defensas.

3 de abril de 2009, 05:00 am

Jared Diamond trae a cuenta cómo la convivencia de los indoeuropeos con animales domesticados les desarrolló defensas contra la viruela y el sarampión. Las poblaciones aborígenes no contaron con animales domésticos y tampoco con inmunidad alguna frente a los virus que portaban los españoles.

Para empeorar la mortalidad de los indígenas, su redistribución geográfica, la división de las familias, la intensificación de las jornadas de trabajo y sus deficientes condiciones en minas, haciendas y medios de transporte introducidos por los conquistadores deterioraron las condiciones de reproducción de la población aborigen.

Los puntos de encuentro con que contamos para estimar burdamente la evolución de la población en la Nueva Granada son entonces la figura inicial, 10 por ciento de la misma 150 años más tarde y la cifra que nos entrega el primer censo de población que se elaboró en 1778. Sólo hacia 1918 se recuperaría el guarismo de población encontrado por los españoles 420 años antes.

El censo informa de 158.000 indígenas y es evidente que no pudieron ser contadas muchas tribus de la Costa Atlántica y del sur del país, de tal modo que se puede pensar que debió haber no menos de unos 200.000 indígenas en ese momento. Sin embargo, los pueblos indígenas venían siendo diezmados, sus resguardos reagrupados y muchos de sus efectivos ocupados en haciendas como arrendatarios y terrazgueros. El proceso de su mestizaje estaba muy avanzado y sobrevivirían como tales sólo los pueblos indígenas caucanos, los de la Sierra Nevada de Santa Marta y de la Guajira, además de los que lograron mantenerse en la protección del bosque húmedo del occidente (Chocó) y sur del país (Putumayo, Amazonas).

El total de la población censada en 1778 fue de 793.000 y el resultado presenta numerosas inconsistencias. Sin embargo, evidencia el notable avance del proceso de mestizaje, en tanto la población de blancos (o blanqueados) más los catalogados como libres, por los que se denominaban las mezclas raciales, sumaban el 72.2 por ciento del total, mientras que los esclavos negros representaban un 8.2 por ciento de la población novogranadina. El crecimiento de la población entre los censos de 1778 y 1825 es de 0.9 por ciento anual, tasa que se aceleraría, como se verá, en el siglo XIX. El acervo de población mestiza y esclava, sometido por los blancos, serviría de base a una economía con serios problemas durante los dos primeros siglos de la dominación española pero a un crecimiento relativamente rápido durante el siglo XVIII.

CONQUISTA Conocida a grandes rasgos la evolución de la población pasamos a estudiar la manera como los españoles la reorganizaron y la sometieron a la servidumbre de diversas maneras desde el periodo que se denominó como de conquista.

Las primeras expediciones de pillaje en las áreas de la costa intentaron apropiar el tesoro acumulado por varias generaciones de tayronas y zenúes, ambas tribus sedentarias con una buena organización de la agricultura, basada en métodos de irrigación y drenaje que les permitía vivir en poblados de alta densidad. Los tayronas, en especial, mostraron un alto desarrollo en arquitectura urbana y en la construcción de terrazas para la agricultura.

Los conquistadores hicieron primero excursiones para esclavizar indios, conseguir perlas y oro ancestralmente acumulados, pero después se establecieron en forma permanente en Santa Marta y Cartagena en 1526 y 1533 respectivamente. El impacto sobre esta población fue contundente: decrecieron velozmente en número bajo la presión de las incursiones armadas, de la separación de las familias, de las epidemias y de la sobreexplotación laboral. Las largas jornadas de trabajo, la separación de cónyuges, los obstáculos a los matrimonios y las enfermedades traídas por los europeos hicieron que la población indígena original no pudiera reproducirse naturalmente y su número colapsara.

Consolidado este territorio, los españoles avanzaron hacia el interior en 1537 y pasaron a ocupar la planicie de la Cordillera Oriental que estaba densamente habitada por los muiscas, en números cercanos a los 600.000, parte de la más amplia familia lingüística chibcha, entonces en proceso de consolidación de un intrincado imperio, y que mantenía relaciones comerciales con los pueblos que habitaban el valle del Magdalena medio y los Llanos Orientales; ellos tenían por base la agricultura del maíz. Aquí también los conquistadores martirizaron a la población para que entregara el tesoro de El Dorado, que aunque no fue encontrado como tal, si les produjo una gran cantidad de oro. Una vez agotada esta fase, los españoles organizaron a los muiscas para abastecer sus necesidades y laborar en las minas.

En el valle del Magdalena los españoles encontraron varias concentraciones de indios caribes, como los carares, los muzo, los panches y los pijaos que les ofrecieron mayor resistencia que las organizaciones más sedentarias y consolidadas y que eventualmente fueron diezmados.

En Cartagena no lograron organizar a los indígenas para extraerles tributos; estos se dispersaron de sus pueblos para extinguirse en su mayoría. (Meisel, 1988, 72) En la parte alta del valle del Magdalena habitaban los paéces en comunidades mayores y más estratificadas que los hacían parecer relacionados con los chibchas. En el Sinú, los españoles encontraron vestigios de unas obras de riego que podían abarcar 30.000 has., mostrando que la población de los sinúes había proliferado e impuesto presión sobre los alimentos que debían producir. De manera similar, en la Sierra Nevada de Santa Marta se encontraron unos sistemas de agricultura muy productiva, utilizando terrazas para intensificar el cultivo que reflejaban desbalance entre población y recursos naturales. Más hacia el sur, los españoles que venían en expediciones desde Perú encontraron tribus sedentarias como los pastos y los quillancingas que tenían una agricultura avanzada, también reflejo de altas densidades poblacionales, y que fueron los que mejor sobrevivieron la conquista, en la forma de un campesinado minifundista (McFarlane, 1993, 15).

La radical reducción de la población constituyó una hecatombe demográfica, lo que fue cierto para toda la América incluyendo a los portugueses en Brasil y a los ingleses y franceses en el norte de América. Los primeros empresarios de la conquista no conocían de la fragilidad de la población indígena ni parecieron contemplar el cálculo de los costos de la mano de obra que sometían a duras condiciones de trabajo o a ser medio de transporte, ni los de su reproducción, por lo que la población original se vino abajo. Los aborígenes no contaban con resistencia a los patógenos de las enfermedades que trajeron los españoles y fueron diezmados por ellas, en particular por la viruela, pero también por el sarampión, la varicela, el tifo y las gripas. La Corona y la Iglesia se preocuparon por el despoblamiento pero actuaron poco y tardíamente, adoptando la posición de importar esclavos, supuestamente más resistentes que los indígenas. El hecho de que los esclavos fueran costosos y escasos indujo a que se les cuidara de mejor manera.

El siglo XVI está marcado entonces por un descenso notable de la población tributaria que creó una situación de abundancia de tierras y escasez extrema de mano de obra. La producción de oro obtuvo un colapso impresionante que llevó a que en 1700 casi desapareciera por completo, de un nivel de 2 millones de pesos plata a principios del siglo XVI. Solamente a finales del siglo XVII comienza a darse en la Nueva Granada una recuperación demográfica por la rápida reproducción de mestizos, negros y mulatos que condujo a un crecimiento económico mayor. Los trabajadores sobrevivientes debieron de disfrutar de mejores condiciones de vida, en la medida en que los dueños de minas y haciendas se los disputaban, pero no era una situación de simple arbitraje de mercado sino que estaba intervenida por la asignación administrativa de la mano de obra por la Corona que reorganizó a los sobrevivientes indígenas en los "resguardos"; si debió existir alguna competencia entre los propietarios de haciendas y minas en la contratación de los "libres" o mestizos cuyo estatus legal era ambiguo.

COLONIZACIÓN En un principio, los españoles organizaron el trabajo en las minas y fundaron centros urbanos en las partes más pobladas de indígenas o en donde pudieran irradiarse hacia fronteras bajo su control para reducirlas, siendo más centros de poder que de comercio. A los indígenas encomendados los obligaban a prestar tributo en trabajo, la mitad de cada mes, y en especie, o en mantas y productos agrícolas periódicamente. El agotamiento de la población original y su mezcla con los españoles dio lugar a una creciente población mestiza - huérfanos de padre los llamaría Carlos Fuentes pues los españoles en su mayor parte no los criarían ni los harían sus herederos - relativamente menos oprimida que los indígenas, los que se denominarían como ‘libres’ en algunos casos y como ‘castas’ en otros y que trabajarían en las haciendas incipientes, bajo condiciones de obediencia servil de variable intensidad; algunos lograron tornarse en artesanos de los escasos centros urbanos, otros en aparceros o en campesinos independientes si escapaban a la frontera del territorio controlado por los españoles. Los esclavos, importados a mediados del siglo XVI y XVII conformaron las cuadrillas destinadas a las minas, a las haciendas de la costa caribe y del Cauca y a los servicios domésticos en regiones como Popayán, Antioquia y Cartagena.

El poblamiento se fue orientando hacia las tierras con altitudes mayores de 1.000 mts. sobre el nivel del mar, donde dejaban de proliferar los mosquitos y las fiebres maláricas que portaban. El territorio alto, cortado por sus tres cadenas montañosas, aisló a unas comunidades de otras e indujo unos altísimos costos de transporte que fueron otro importante obstáculo para la conquista y para la extracción de excedentes por parte de los españoles. La imbricada topografía aislaría el centro y el occidente del país del mercado mundial y frenaría la formación de un mercado interior obstaculizando un crecimiento económico sostenido durante el siglo XIX. Sin embargo, las áreas de la costa norte no tenían problemas de transporte y tampoco desarrollaron vínculos importantes con el mercado mundial, incidiendo más su ineficiente organización económica y la tenencia de la tierras que otros factores. El desarrollo económico durante la fase colonial fue entonces la mayor prosperidad de estas economías regionales aisladas las unas de las otras, donde predominarían las dotadas de recursos mineros como el Cauca que controlaba el Chocó, por una parte, y Antioquia, por otra.

LA ECONOMÍA DEL ORO Mientras España decaía económica y militarmente en el siglo XVII -se recuperaría un tanto en el XVIII y con ello aumentaría su presión sobre las colonias- América y el Reino Nuevo de Granada prosperaron sobre la base de una agricultura criolla de haciendas en expansión y una minería del oro que se reanimaba por la oferta renovada de esclavos y de mineros independientes.

En las postrimerías de la colonia, sólo una parte del oro producido en América terminaba en las arcas españolas, pues el resto financiaba la defensa del imperio contra piratas y contra Inglaterra y Holanda, mientras que otra parte era apropiada por mineros, comerciantes y funcionarios procaces, lo que financió el contrabando con las colonias de Inglaterra y Holanda en el Caribe. El Nuevo Mundo trabajaba para cumplir las exigencias de la metrópoli, pero los criollos y los funcionarios peninsulares apropiaban para sí lo que la administración colonial no podía controlar, situación que se tornó crítica durante las sucesivas guerras que sostuvo España con Inglaterra y con Francia en el preámbulo de la Independencia. Aún si el tesoro americano llegaba a España, se filtraba en buena parte hacia Francia y Holanda, los que suministraban los bienes con los que la madre patria no podía competir ni por calidad ni por precios, ellos mismos inflados por el tesoro americano.

Tres siglos de economía del oro en la Nueva Granada, que nunca alcanzó una magnitud importante que fuera comparable al tesoro extraído del Perú y México, “construida fugazmente en yacimientos dispersos que obligaban a desplazamientos permanentes, sumada a una agricultura y ganadería extensivas, basadas en la servidumbre de agregados y vivientes, dejaron una huella profunda en la formación económica y social de estas regiones. Por un lado, su aislamiento impuso un esfuerzo enorme para mantener algún nexo con sectores complementarios, especialmente con zonas de abastecimiento agrícola” (Colmenares, 1989. 127).

Con todo, el tesoro que fue acuñado en la Nueva Granada muestra sumas considerables sobre todo en el último lustro del siglo XVI que colapsan casi por completo entre 1645 y 1720 - reflejo de la catástrofe demográfica - para ascender firmemente a fines del siglo XVIII. Posiblemente la producción de oro fue entre la mitad y un tercio mayor de la acuñada, según Sharp, ya que así se evadía el impuesto del quinto (20 por ciento del producto), que por esa misma razón sería reducido progresivamente hasta alcanzar un 3 por ciento en 1777. La evasión de parte del oro extraído financiaba el contrabando que pudo alcanzar un 15 por ciento del comercio de la Nueva Granada, unos 300.000 pesos plata anuales al final de la colonia (Meisel, 2003).

Los mineros y comerciantes antioqueños obtenían una buena tasa de cambio cuando utilizaban oro en polvo y eso incentivó su utilización como moneda.

(Twinam, 1985) Para tener una idea aproximada de magnitudes, un peso de plata equivaldría a 11.25 dólares de 1985 y la producción en los picos alcanzaría la cifra de unos US$23 millones por año. Si los supuestos de Sharp de que la mitad de la producción no era registrada son ciertos, la producción máxima anual durante la colonia sería US$46 millones, aunque viéndolo desde los incentivos ofrecidos por la Corona, Sharp puede estar exagerando. Posiblemente la producción no decayó tanto ni aumentó mucho después de 1670, como sugiere el gráfico, sino que se formalizó con la reducción de impuestos que pudo inducir el aumento de la producción de oro.

La minería estuvo caracterizada por un sistema primitivo de trabajo y una técnica inferior a la que se utilizaba en otros países más avanzados que España, como la utilizada por los colonos de Norteamérica (West, 1972). Los indígenas, que soportaban largas jornadas en las minas y debían garantizar a la vez los cultivos de su sustento, se fueron extinguiendo. La producción de oro subió considerablemente entre 1545 y 1595 pero se redujo y estancó desde esa fecha hasta 1710, cuando se torna dinámica de nuevo, basado ahora en la mano de obra esclava importada de África y, sobre todo, en la de los mineros independientes de Antioquia. Un crecimiento anual del 2.5 por ciento como el que se obtuvo para el siglo XVIII es muy alto para una economía premoderna e insinúa una importante fase de prosperidad.

En los diferentes ciclos que repite la explotación del oro unas regiones entran y otras salen en la medida en que se agotan los veneros o filones más expuestos y fáciles de explotar. De esta manera, hasta 1640, las regiones que aportan son Santa Fe de Antioquia, Cartago y Popayán. Es particularmente en Antioquia en las localidades de Cáceres y Zaragoza, con la explotación de esclavos, que la producción alcanza su cenit del 1600. Después viene la larga depresión anotada, de la que se comienza a salir de 1680 en adelante, con base en las minas del Cauca. Chocó se suma en 1715 y Antioquia se expande mucho más de 1735 en adelante, con un sistema individual de mazamorreo que permite que muchos agentes participen, que el comercio se incremente jalonado por modalidad de la llamada ‘arriería’, y que se requiera una expansión agrícola para surtir esta lucrativa actividad.

Frente al resto de las colonias, la minería de la Nueva Granada fue mediana.

En su punto máximo, a finales del siglo XVIII, obtenía cerca de dos millones de pesos plata al año, según fuentes oficiales mientras que México produjo entre 15 y 20 millones y Perú-Bolivia llegó a un máximo de 8 millones, también a finales de la colonia. En términos per cápita, en Colombia la producción minera era de 2.5 pesos, mientras que en México alcanzaba entre unos 3.6 pesos por persona y en Perú más Bolivia 6.2 pesos. Una de las diferencias fundamentales es que la Nueva Granada produjo fundamentalmente oro, al tiempo que México y Perú inundaron de plata al mundo, que llegó hasta lubricar el comercio de China y Asia, a partir de la colonización de las Filipinas por España. (Pomeranz, 2000) La Nueva Granada fue entonces una colonia pobre pero cuya economía creció con fuerza durante el siglo XVIII, bastante aislada de las corrientes internacionales, a excepción de Cartagena que era uno de los tres puertos fortificados con que contaba España en América.

B. LAS CUENTAS FISCALES Y EL CRECIMIENTO ECONÓMICO DEL NUEVO REINO DE GRANADA Contra la convención sostenida por los criollos y aceptada por la historiografía tradicional, de que la Colonia fue un largo periodo de estancamiento económico, las evidencias sugieren que, al menos durante el siglo XVIII, la Nueva Granada fue relativamente próspera. Se trataba de una economía en gran medida ‘natural’, en la cual cada productor atendía penosamente su propia subsistencia, con un sector minero que proveía parte importante de la riqueza y excedente del virreinato. En el resto de actividades económicas los arrendatarios y aparceros de las haciendas producían pequeños excedentes, al igual que los indígenas tributarios y los esclavos, los artesanos y los transportistas que guiaban recuas de mulas o llevaban la carga en su propio lomo. Los esclavos laboraban las minas y debían asignar parte de sus efectivos a obtener los alimentos del resto y si estaban en las haciendas se les concedía un lote de pan coger, de manera similar a los arrendatarios, agregados o concertados. Existían núcleos de campesinos independientes, artesanos y mineros que descendían de españoles pobres que pudieron asentarse en las regiones de Guanentá (hoy Santander) y de Antioquia que seguramente laboraban con una productividad mucho mayor que la del resto del virreinato.

El producto transado en los mercados internacionales y como circulante fue el de la producción de oro a cambio de bienes de lujo y otros más necesarios como molinos, trapiches, medios de transporte, armas, etc. Las cifras de las exportaciones de oro son del orden de los 2 millones de pesos plata anual al final de la colonia, con algunos envíos de algodón, añil y tagua de menor cuantía. Los productos transables dentro de la economía eran el aguardiente y el tabaco, el ganado, las mieles y la panela, la sal, alpargatas y las ropas de la tierra. Los estancos sobre el tabaco, el aguardiente y la sal eran monopolios que le permitían a la Corona extraer una parte importante del excedente local.

Los ingresos de la Corona en la última década de su dominación alcanzaron en promedio la suma de 2.4 millones pesos, de los cuales unos 770.000 (32 por ciento) surgían de los estancos de tabaco y de aguardiente. El impuesto a la minería había sido reducido sustancialmente para fomentar la actividad, del quinto inicial al 3 por ciento de la misma, lo cual debía conducir a una mayor prosperidad general y, por la vía de los estancos y las alcabalas, aumentar sustancialmente el recaudo tributario.

Los recolectores de diezmos participaban en subastas anuales para cada juzgado o localidad y debían estimar seriamente lo que recaudarían, bajo pena de tener que pagar una caución en caso de que sus cálculos fallaran. Un cálculo burdo del valor de la agricultura y ganadería que pagaban el diezmo sería entonces de 5.8 millones de pesos plata. De este cálculo quedarían por fuera los pequeños cultivos y la agricultura de los resguardos, ya sometida al tributo indígena, así como también la producción de la provincia de Pasto y de toda la Costa Atlántica. Como puede apreciarse en la evolución del tributo indígena, es relativamente pequeño en 1783, 2.8 por ciento del total de impuestos y se reduce al 1.9 por ciento de los mismos en 1810, lo que refleja la virtual extinción de la nación de indios. Los pequeños cultivos y sobre todo los de la Costa Atlántica, que generaban pocos excedentes, estaban exentos y lejos del poder de la Corona y sus diezmeros.

La Nueva Granada pasó de tener una carga de los impuestos en el PIB de 2.9 por ciento antes de comenzar a surtir efecto las reformas borbónicas, a verlas triplicadas hacia la entrada del siglo XIX. Comparativamente el Nuevo Reino de Granada tenía una de las cargas más pesadas de las colonias españolas, sólo por debajo de Nueva España (México) que según algunos analistas acusaba síntomas de estancamiento, precisamente por la alta tributación que era transferida a la madre patria. Argentina tenía escasa población pero ya contaba con un intenso comercio y soportaba pocos impuestos, mientras que Perú constituía un caso intermedio de explotación platífera con una carga tributaria menos oprobiosa. Falta por considerar otra carga que iba a financiar las actividades de la Iglesia Católica y que alcanzaba para la Nueva Granada la suma de 350.000 pesos, otro 1.4 por ciento del PIB. La carga tributaria total es entonces para la Nueva Granada de 11.4 por ciento del PIB, al sumar los impuestos para la Corona y los destinados a la Iglesia.

Una carga tributaria de esta magnitud era corriente para un país capitalista de la época, como era Inglaterra en tiempos de paz. Pero en un país precapitalista, constituía ciertamente un freno importante para el desarrollo económico, algo que entendieron bien los economistas criollos de la época.

LAS CUENTAS VIRREINALES El virreinato de Nueva España (México de hoy) tenía un PIB por habitante de 41 pesos (Coatsworth, 1998) y era de las más ricas colonias españolas, lo que hace ver como una economía más pobre el cálculo nuestro para la Nueva Granada de 27 pesos, pero que es coherente con la riqueza aparente de ambas colonias y con su comercio exterior.

En términos per cápita, mientras en Colombia la producción minera era de 2.1 pesos (sin desviaciones para financiar el contrabando o servir de medio de pago), en México alcanzaba 3.5 pesos por persona. Se podría afirmar que en ambos casos el crecimiento económico durante el siglo XVIII fue liderado por el sector minero. (Dobado, Marrero, 2007) En nuestro caso, la minería en 1800 contribuía con cerca 12 por ciento del PIB y durante el siglo anterior había presentado un crecimiento anual de 2.5 por ciento anual, que se torna más sistemático y acelerado para la segunda mitad del siglo.

El virreinato de la Nueva Granada obtuvo un buen crecimiento económico durante la segunda mitad del siglo XVIII, evidente en la producción de oro, en los resultados fiscales y en los diezmos para las regiones de Colombia central, como lo atestigua Brungdart, de Cauca y del Valle del Cauca en particular, pero igual Antioquia registra un auge del comercio. (Melo, 1980, Twinan, 1985) El Santander actual observa una vida económica activa basada en su artesanía, en su pequeña agricultura y en su intenso comercio con las regiones mineras del virreinato. La región de la costa y Cartagena en especial tienen también un buen comportamiento, gracias y al alto gasto comprometido en su defensa y a su muy escaso ordenamiento (Herrera, 2002, 116).

Aunque en la Nueva Granada también aumentan drásticamente los impuestos con las reformas borbónicas, éstos no parecen frenar demasiado la dinámica expansiva que llevaba la economía. Acá aumenta la minería del oro, metal que era utilizado también como medida de cambio interna, cuando era extraído ilegalmente y se intercambiaba en polvo por mercancías para las zonas mineras de Antioquia y Chocó. Los incentivos tributarios aplicados a la minería explican parte del crecimiento evidenciado en la última mitad del siglo XVIII, lo cual tuvo efectos multiplicadores en la agricultura.

La agricultura de la región central del virreinato debió crecer a una tasa similar a la de los diezmos, que lo hizo al 2.9 por ciento anual entre 1763 y 1813 según Brungdart, aunque, como se vio, aumentó la eficiencia de la recolección de todos los impuestos y además hubo un alza muy fuerte de los precios de la carne durante el mismo periodo que debió hacer la cifra real menor (3 veces según Safford entre 1720 y 1800), lo cual sugiere pocas mejoras en la productividad e incapacidad de respuesta del sector frente a una demanda creciente. Para la región del Cauca, la cifra de crecimiento de los diezmos fue menor, del 2 por ciento anual entre 1722 y 1800, lo cual aún con cambios de precios está bien para una economía premoderna. La agricultura de Antioquia también estaba en fuerte expansión como lo revelan sus diezmos, jalonados a su vez por un crecimiento sostenido de su minería y de su comercio. (Twinan, 1985) Otro incentivo al crecimiento, muy concentrado regionalmente, era el gasto en la defensa de Cartagena, unos 600.000 pesos al año más 100.000 tomados directamente de su caja real que recaudaba los impuestos al comercio exterior, lo que también se manifestó en una mayor demanda para surtir las tropas y a los trabajadores de las fortificaciones. (Meisel, 2005) El gasto en defensa de Cartagena pudo llegar a ser del orden del 2.8 por ciento del PIB del virreinato, de acuerdo con nuestras cifras. El aumento de impuestos pudo entonces afectar negativamente a la región del centro pero benefició a la Costa Atlántica. A diferencia de Nueva España, en la Nueva Granada no hubo al parecer contracción monetaria, mientras que el excedente que se exportaba obtenía un descuento importante al ser reinvertido en Cartagena.

La agricultura en la región del Magdalena y el levante de ganado en el hoy Bolívar dieron lugar a una división del trabajo y un comercio incrementado entre ellas, aunque hacia el oriente los ‘indios bravos’ no habían podido ser controlados por la Corona (Herrera, 2002) De esta manera, la recuperación demográfica del siglo XVIII estuvo detrás de una creciente división regional del trabajo entre los distritos mineros de Antioquia, Choco y Cauca con los centros artesanales de Santander, Nariño y Santa Fe, que concentraba la burocracia virreinal de altos ingresos, mientras que en el altiplano se producía el trigo, la cebada y la papa, y se engordaba el ganado que venía de los llanos orientales, del Tolima y del Huila.

EL IMPACTO FISCAL EN EL CRECIMIENTO DE LARGO PLAZO DEL PIB Uno de los temas que permite dilucidar la aproximación a las cuentas ‘virreinales’ es el peso del Estado en la economía y el de las remesas al exterior que debieron afectar el crecimiento económico. Como ya se vio, los impuestos en 1800 fueron una décima parte del PIB, figura muy alta para los patrones premodernos. Sin embargo, parte de estos recursos fueron gastados en la defensa de Cartagena y otra parte en los sueldos de la burocracia española y criolla. Las remesas que hizo el virreinato a España no parecen haber ocupado más del 1 por ciento del PIB colonial, que dentro de una economía preindustrial puede ser muy importante.

El Estado colonial tuvo su mayor impacto en apropiar para sí todas las áreas rentables de la economía que estancaba o con los impuestos que soportaba tanto el comercio internacional como el local, otorgando privilegios comerciales a los miembros del gremio, los llamados "consulados", frenando de esta manera el desarrollo comercial y el de la acumulación privada de capital; impedía también el surgimiento de bancos privados que ya eran fuertes en Holanda, Inglaterra y en las colonias del norte de América.

Existe un consenso extendido en el tiempo sobre el impacto negativo que sobre el crecimiento tuvo la opresión colonial y fue particularmente importante el monopolio de comercio para impedir su profundización. Las trabas monopolistas e impositivas justificaron la independencia en términos económicos.

Sin embargo, a pesar de los obstáculos impuestos por el imperio español, los resultados en la segunda parte del siglo XVIII indican que la economía novogranadina estaba creciendo bien, apoyada en la profundización de una división regional del trabajo, en la intensificación del comercio interno y externo, en las innovaciones en el transporte y en la minería, ésta última favorecida a su vez por menores impuestos.

Aún si el régimen español permitió cierto crecimiento, se puede insistir en que las instituciones coloniales produjeron un rígido sistema social de castas, crearon sistemas productivos basados en la servidumbre y la esclavitud, restringieron el comercio y la banca e impusieron pesados tributos que impidieron que la Nueva Granada, como también el resto de colonias españolas, creciera de acuerdo con su potencial. Faltaba la creación de mercados libres de trabajo, de tierra y de capital para poder tener un desarrollo económico sostenido, algo que el viejo régimen español absolutista no podía emprender. Al impedir todo autogobierno en las colonias, reflejo a su vez del aplastamiento de los parlamentos o cortes en España, no se construyeron en la América ibérica los escenarios para la negociación política entre intereses económicos y regionales. De esta manera, el crecimiento económico fue menor al que posibilitaban las condiciones objetivas y era además escasamente sostenible en el largo plazo.

El desarrollo económico sería ilusivo para los criollos después de la Independencia pues el conflicto político y social no tenía cauces institucionales propios del capitalismo y de la democracia liberal. Había que construirlos y eso fue difícil. Se produjo entonces una gran inestabilidad política y un desorden endémico que explican un crecimiento económico apenas vegetativo, similar al crecimiento de la población durante el siglo XIX.

'' Las poblaciones aborígenes no contaron inmunidad alguna frente a los virus que portaban los españoles.”.

'' El total de la población censa- da en 1778 fue de 793.000 y el resultado presenta numerosas inconsistencias.”.

'' La población correspondiente a la Nueva Granada pudo estar alrededor de 6 millones de personas en 1500.”.

'' Mientras España decaía económica y militarmente en el siglo XVII América y el Reino Nuevo de Granada prosperaron sobre la base de una agricultura criolla.”.

'' El desarrollo económico durante la fase colonial fue entonces la mayor prosperidad de estas economías regio- nales aisladas las unas de las otras.

'' A pesar de los obstáculos impuestos por el imperios español, los resultados en la segun- da parte del siglo XVIII indican que la econo- mía novo granadina estaba creciendo bien.”