CARGA DE CONFLICTOS

CARGA DE CONFLICTOS

En medio de sus labores rutinarias, parece de algún valor que quien se ocupa de la historia deje de lado los archivos, las bibliotecas y el computador, para reflexionar sobre temas que algunos podrían considerar demasiado especulativos y aun superfluos, pero que otros consideramos como parte natural de nuestras labores, y esto, entre otras razonas, porque quizá solo la historia nos coloca en posibilidad de hacerlo con cierto fundamento. Uno de estos temas corresponde a una vieja y siempre renovada pregunta: tiene la historia un sentido, un fin, un propósito? El tema, como es bien sabido, ha ocupado un puesto central en el pensamiento occidental, sobre todo después de la aparición del cristianismo. Para San Agustín, el paso del hombre por la tierra era apenas una etapa de tránsito hacia la vida eterna. Desde sus orígenes, el cristianismo estuvo obsesionado con la idea del fin del mundo y del juicio final, introduciendo así en el pensamiento occidental la idea del tiempo, de su direcció

24 de marzo de 1996, 05:00 am

Sin embargo, fueron los pensadores ilustrados del siglo XVIII, con sus ideas de evolución y progreso, los que hicieron de la pregunta sobre la marcha y las metas de la historia no una pregunta que solo podría responderse por el pensamiento mítico y religioso, sino por la razón y la ciencia. Para los pensadores de la ilustración, estas podrían demostrar que la marcha de la historia del hombre desde sus orígenes ponía en evidencia sus progresos continuos de la barbarie a la civilización, de la opresión, tanto de las fuerzas de la naturaleza como de los poderes sociales, hacia la libertad y la emancipación. Esa marcha ascendente del hombre a través de la historia culminaría con el triunfo de la razón, tal como esta se expresaría en los ideales de la Revolución Francesa. Los derechos del hombre fueron la expresión jurídica y política de esos ideales, la igualdad ante la ley, los derechos y las libertades individuales de expresión, reunión, propiedad, tolerancia religiosa, en fin, la justicia y la dignidad serían garantizados a todos los seres humanos. Todos esos derechos se sintetizaban en el concepto de la democracia, que Rousseau, por primera vez, interpretaba como la capacidad del hombre de someterse a la ley y el derecho, pero no a una ley y un derecho impuestos desde fuera, sino a una ley y un derecho dictados por su propia y libre voluntad.

Pero la liberación del hombre no terminaría únicamente en la libertad política, en la eliminación de toda forma de tiranía, sino también en la emancipación de toda dependencia de las fuerzas de la naturaleza, en su liberación del sufrimiento físico y la inseguridad social y económica. Todo eso se sintetizaba en lo que Marx llamaría más tarde el paso del reino de la necesidad al reino de la libertad.

Acontecimiento trágico Tiene esto algo que ver con nuestra historia, con la historia de este pueblo desarrollado en un rincón del nuevo mundo, que comenzó a entrar en la historia con paso lento hace apenas el corto período de 500 años? Yo creo que sí. Y para observarlo con mayor claridad, registremos nuevamente la experiencia colombiana de estos siglos formativos.

La conquista y la colonización que llevó a cabo España a partir del año 1500 representó para los pueblos y culturas americanos una catástrofe, un acontecimiento trágico que culminó con la práctica desaparición de las culturas originales y su sustitución por la cultura de los vencedores. Sobre las ruinas del mundo prehispánico se empezó a formar una cultura y una sociedad que teniendo modalidades especiales, según el estilo español de vida, era un brote de la cultura europea occidental que contenía sus valores morales y religiosos, sus técnicas, en fin, su carácter. Un brote de la cultura que en su decurso crearía la ciencia y las artes, y las nociones modernas de derecho, libertad política, dignidad de la persona humana y emancipación del hombre del reino de la necesidad.

Es verdad que España, en la época en que se hizo la colonización de América, se marginó del curso que seguía la marcha ascendente de la civilización europea en el campo político, económico y científico. Que incluso manifestó cierta hostilidad hacia las orientaciones más dinámicas y progresistas del pensamiento moderno. No asimiló el proceso de secularización, sino tardíamente, quizá solo después de haber perdido sus dominios americanos, ni se abrió debidamente al empleo del pensamiento crítico, ni mostró la confianza y el entusiasmo que la Europa moderna mostraría por las virtudes liberadoras de la ciencia y la técnica. Pero tampoco fue completamente ajena al espíritu y al rumbo que tomaba el mundo moderno. Al fin y al cabo España había hecho parte, y parte muy importante, de la cristiandad europea de la Edad Media y todavía lo era en los inicios del Renacimiento. Ahí está para atestiguarlo su siglo de oro con sus grandes contribuciones a la cultura europea, no solo en la literatura sino también en otras formas del pensamiento. Ahí están además los esfuerzos de los españoles ilustrados del siglo XVIII para incorporarse al espíritu de la modernidad, esfuerzos que tuvieron sus expresiones en América y en nuestro propio territorio con la generación que preparó y luego llevó a cabo nuestra independencia. Si la cultura española hubiera sido totalmente ajena a las modernas tendencias de la civilización occidental, no habría podido surgir en estos territorios una sociedad ni una elite dirigente capaces de realizar el movimiento de independencia y de orientarse hacia las metas de una sociedad basada en los valores de la modernidad.

Y aquí vale la pena detenerse a reflexionar sobre esas metas, es decir, a examinar los proyectos que tuvieron la generación que hizo la independencia y las que le sucedieron en la conducción del país durante el siglo XIX y en la presente centuria. En el campo político, el proyecto fue organizar el Estado como un Estado republicano de derecho, como una democracia en el sentido moderno. Un Estado sin privilegios legales para ningún grupo social, basado en las decisiones de la opinión ciudadana que diera seguridad, justicia y protección a todos sus miembros. Un Estado en el cual los derechos del hombre proclamados por la civilización occidental fueran efectivos para todos sus miembros sin discriminación de raza, opiniones religiosas, sexos o categorías económicas.

En el plano económico y del desarrollo material, el proyecto era salir de la pobreza, de la gran pobreza que se tenía como herencia del coloniaje. Era necesario mejorar y modernizar la minería y la agricultura que, como lo anotaba en 1790 Pedro Fermín de Vargas, trabajaban todavía con las técnicas indígenas que el conquistador había encontrado en nuestro territorio, ligeramente mejoradas por las innovaciones aportadas por los españoles. En las manufacturas debían superarse las primitivas técnicas de nuestros talleres artesanales y dar el paso a la fábrica moderna. Para superar los bajísimos niveles de nuestra capacidad exportadora y nuestra bajísima participación en el mercado internacional, deberíamos encontrar nuevos géneros de exportación y mejorar la productividad de los tradicionales.

En el campo de la cultura, el desafío era también abrumador. El régimen colonial español no había creado un sistema de escuelas elementales y los estudios medios y superiores solo suministraban una anticuada formación escolástica, que excluía las ciencias y los métodos del pensamiento moderno y solo era accesible a una minoría social, a los criollos hijos de españoles, una educación que solo por excepción estaba al alcance de la población mestiza y desde luego excluía a los indígenas y a la población negra esclava. El nuevo Estado debía asumir sus deberes creando un sistema de escuelas elementales, colegios secundarios y universidades orientados por nuevos métodos de enseñanza y capaces de ir incorporando a la cultura nacional las modernas ciencias de la naturaleza y de la sociedad.

Desarrollo incipiente Para convertir en realidad estos proyectos, nuestros abuelos del siglo XIX y comienzos del presente hicieron significativos esfuerzos. Dentro del proyecto político consagraron en todas nuestras constituciones los principios básicos de l a democracia y los derechos del hombre. Prometieron terminar con las discriminaciones, desigualdades e injusticias consagradas por la sociedad colonial en detrimento de las poblaciones indígenas mestizas y negras y aun de los blancos pobres. Para una economía nacional que pudiera superar los altos niveles de pobreza, nuestras clases dirigentes hicieron algunos esfuerzos y demostraron cierta imaginación. Duplicamos y hasta triplicamos nuestras exportaciones, se inició el desarrollo de nuestro primitivo sistema de transporte, mejoramos nuestras técnicas mineras e iniciamos la formación de una ganadería nacional. Pero al mismo tiempo continuamos con la inequitativa política española de distribución de la tierra y aun la extremamos negando este recurso a las grandes masas de población campesina con una política irracional de distribución de baldíos y con la liquidación progresiva de los resguardos de indígenas, prolongando la inequitativa distribución social de la propiedad.

En el plano de la educación, los progresos fueron lentos y precarios. Las escuelas públicas que organizó el general Santander llegaron a tener poco más de 20 mil alumnos. Las de fines del siglo, gracias al impulso que dio a la educación primaria la reforma radical de 1870, llegaron a tener poco más de 100 mil. Al finalizar nuestro siglo XIX, el analfabetismo llegaba al 90 por ciento de la población. Hoy lo tenemos casi derrotado, pero si pensamos en la calidad no podemos sacar conclusiones muy optimistas pues, como lo decía el señor Caro cuando en la Asamblea Constituyente de 1886 defendía el derecho al voto de los ciudadanos que no sabían leer y escribir, del votante que solo sabe leer y escribir en forma rudimentaria, poco puede esperarse cuando se trata de decidir y juzgar sobre complejas cuestiones políticas y sobre los graves problemas del Estado.

Cuando echamos una mirada a la marcha de nuestra historia, al finalizar la presente centuria, podemos concluir sin demasiado optimismo que a pesar del ritmo lento de nuestros procesos de cambio social, la nación ha dado grandes pasos en el logro de aquellas metas que se dieron las generaciones que nos han precedido. Nuestra economía se ha fortificado. De una nación predominantemente agrícola y minera, hemos pasado a una economía con un vigoroso y prometedor porvenir industrial. Hemos hecho significativos avances en el dominio de nuestra maravillosa pero difícil naturaleza. De una sociedad eminentemente rural hemos pasado a una en que predomina la población urbana. En el plano educativo, estamos próximos a eliminar el analfabetismo y hemos ampliado considerablemente la educación media y la universitaria.

Fin de la historia? Todo esto se ha logrado, como parece ser inevitable en la historia del hombre, a través de luchas, conflictos y violencias. Medidos en términos estadísticos y cuantitativos, nuestros progresos parecen ser impresionantes. Menos optimistas podemos ser cuando analizamos nuestra historia en términos cualitativos y reales. Hoy mismo podemos preguntarnos cuál ha sido la realidad en nuestras conquistas en materia de civilización política. Cuál la efectividad de los derechos que nuestras constituciones de la pasada y de la presente centuria han otorgado a nuestros ciudadanos. Hasta dónde los frutos del desarrollo económico han llegado a todos los sectores de nuestra sociedad. Qué tan real es, vista en términos sociales, nuestra enaltecida vocación democrática y nuestra no menos enaltecida vocación cultural.

Hace unos pocos años, un optimista y apresurado filósofo norteamericano anunció el fin de la historia. Suponía que las metas que formularon los pensadores de la modernidad se habían cumplido a escala ecuménica. Con la generalización de la democracia según el modelo occidental se ha realizado el reino de la libertad y con las conquistas de la técnica y la ciencia el hombre se habría emancipado del reino de la necesidad, de la inseguridad y de los grandes infortunios sociales. Pero con razón, muchos historiadores y sociólogos pusieron en duda la realidad de sus juicios aun con referencia a las naciones que están a la vanguardia de la civilización occidental. Porque para el resto de la humanidad, para los pueblos de Africa, de Asia y para los latinoamericanos, suponiendo que marchan hacia las mismas metas, el final de la historia, si es que la historia tiene un final, tardará muchas décadas, quizá centurias en llegar.

Nuestro país vive hoy una de las etapas más críticas de su historia, etapa cargada de conflictos, algunos de viejas raíces históricas. Volver nuestra mirada hacia sus orígenes, tomar conciencia de ellos y pulsar su sentido y profundidad quizá sea un principio de solución. Para comprender el presente debemos comprender el pasado. Esta ha sido la tarea que con sus medios y de acuerdo con sus concepciones de la historia han realizado nuestras sucesivas generaciones de historiadores. Como los cristianos del primer milenio de nuestra era y como los pensadores de la ilustración, no podemos resignarnos a creer que la historia sea un caos. Creemos que tiene un sentido, que el hombre a través de sus avatares puede darle una meta a su existencia. Nuestros antecesores se las dieron. Es deber nuestro recordarlas, llevarlas adelante y acercarlas a su plena realización.