El tiempo no ha pasado para los dos. ‘Bebo’ y ‘Chucho’ Valdés en un concierto más de su gira ‘Juntos para Siempre’, en España. La música eternizó el encuentro maestro-alumno de hace tantos años.
‘Bebo’ salía como siempre, muy de mañana, con sus arreglos musicales bajo el brazo. Un día, un olvido suyo lo obligó a volver al hogar. El sonido de un piano se filtraba a través de los vidrios. Era el niño, que no pasaba de 4 años.
“¡Coño! –le grita ‘Bebo’ a su madre–, ¿como tú no me dices que Chucho tocaba el piano?”.
“Cuando tú te vas –le contesta doña Caridad Amaro– lo hace”.
Un día “‘Bebo’ vino por atrás y me dijo: ‘Oye, ¿tú vas a ser músico, sí o no?’. ‘Bueno, claro’, le dije –recuerda Chucho–. Yo era un niño y sentí que me estaba hablando como si fuera un hombre”.
Entonces ‘Bebo’ soltó: “Si de verdad vas a estudiar música, quiero sentirme orgulloso de ti, que hagas las cosas bien, que respetes el arte, que seas disciplinado”.
Esa arenga linda, dice ‘Chucho’ que ha sido su guía. ‘Bebo’ lo metió al conservatorio y estimuló su vocación. Y otro día, cuando tampoco lo esperaba, le dijo: “Vístete que vas a tocar esta noche”; su primera vez ante un público acostumbrado a escuchar la maestría de su padre. El susto le pasó pronto y ‘Chucho’ salió adelante, lo mismo que otras noches y muchas más.
El niño creció y el padre comprendió que era el momento de cederle su butaco de pianista de la orquesta Sabor de Cuba que él mismo dirigía. Apenas tenía 15 años cuando ya era uno más del grupo.
‘El Caballito’ Valdés (a Bebo le decían ‘El caballo') andaba desbocado en sus primeros ensayos. La trompeta de ‘Chocolate’ Armenteros ya había dado el toque final a la canción pero él, como abstraído en su propio concierto, tocaba, tocaba y tocaba.
El tiempo pasó. La revolución se tomó la isla. Inquieto, sintió que había llegado el momento de su partida. Un contrato de trabajo falso en México le sirvió para salir de Cuba, en compañía del cantante Rolando Laserie y de su mujer, sin despertar sospechas. Un viaje que no ha tenido retorno: “Nunca, mientras ese sistema exista en el país”, afirma.
‘Chucho’, nacido en Quivicán, provincia de La Habana, como su padre, tenía 19 años y no tuvo fuerzas para despedirlo en el aeropuerto. Era el hijo mayor y el hombre de la casa, el que ante la ausencia de ‘Bebo’ juró a su madre no abandonarla nunca.
Tiempos europeos ‘Bebo’ empezó su trasegar. Tres años después, con los Lecuona Cuban Boys, llegó a Suecia a rebuscarse la vida, a enamorase de Rose Marie; él, con 44 años, y ella, con 18, a casarse y sembrar una nueva familia. Por 30 años tocó en bares de los hoteles.
Lejos de allí, su hijo hacía en Cuba sus experimentos, con su novedoso ritmo, el Batanga, que en 1952 revolucionó en un primer momento la música de la isla.
‘Bebo’ fue el primero que utilizó los tambores batá en una orquesta y ‘Chucho’ lo volvió a experimentar en la fusión del rock y los ritmos africanos, con su grupo Irakere, que en 1978 llegaría a ser invitado al Festival de jazz de Newport (E.U.), el más prestigioso del momento.
‘Chucho’ tenía allí dos citas: una, musical, en la que presentó airoso su mejor repertorio, en la otra se quedó sin palabras. En una cafetería de la Séptima Avenida de New York se encontró, después de 18 años, con su padre, frente a frente.
‘Bebo’, con sus 1,84 metros, y su hijo, 10 centímetros más alto, con ese espíritu alegre que heredó de su padre. El abrazo pagó la larga espera. Las horas pasaron y llegó el momento de volver a partir por caminos diferentes.
Aunque tardó en darse cuenta, ‘Chucho’ sintió que no estaba haciendo lo que quería, para lo que se preparó desde niño: “Después de 25 años me di cuenta que yo no estaba tocando piano, estaba escribiendo música y dirigiendo, y el piano lo tenía en un segundo plano”.
Por eso decidió formar un cuarteto: Chucho Valdés Band. “Es un formato parecido a Irakere, pero conceptualmente es otra historia, armónicamente, rítmicamente, en todos los sentidos es un nuevo proyecto”.
‘Bebo’ completó sin prisas sus 30 años de pianista de hoteles. En 1994, recién jubilado, recibió una llamada del clarinetista Paquito de Rivera, que necesitaba con urgencia unos arreglos. El disco se tituló Bebo rides again.
En 1996, padre e hijo compartieron escenario, después de más de 30 años de no tocar juntos, para el disco Cuban Jazz con Paquito de Rivera. Cuatro años después, padre e hijo se sentaron ante dos pianos Steinways en los estudios Sony de New York para la película Calle 54 de Fernando Trueba.
Con sus carreras en ascenso, ‘Bebo’ rompió récords con el álbum Lágrimas negras (2003), del cantaor flamenco Diego ‘El cigala’.
‘Chucho’ acumuló premios Grammy. El 26 de junio del 2007, grabaron por primera vez un disco a cuatro manos, Juntos para siempre, un homenaje a la música cubana y la de sus ancestros.
“Si a mí me dicen hace 20 años que podía hacer un disco a dúo con ‘Bebo’ me hubiera reído. Y que, además, estemos haciendo una gira juntos, yo creo que esto es un premio de Dios”, dice ‘Chucho’, al lado de su padre, en una pausa de la gira de este disco que presentan por estos días en España.
‘Bebo’ sonríe, sus 90 años no le han quitado el ánimo, habla en voz baja, “’Chucho’ es el mejor pianista del mundo, el más completo”, repite, ante el rubor de su hijo
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