Desconectan algunos sus teléfonos por estos dÃas, y pueden leer sin interrupciones o, simplemente, pensar, disfrutar, contemplar, descansar. Demorarse en el tiempo del amor o estirar de silencios compartidos las conversaciones, para que se comprenda mejor lo que hemos dicho o escuchado.
Contra todo ello conspiran los aparatos que, habiendo sido inventados para conectarnos e informarnos, parecen haber contribuido más a un nuevo tipo de aislamiento que al propósito de un mejor entendimiento. CreÃamos que estar conectados nos harÃa mejores, y nos dedicamos a desarrollar un mundo hiperconectado, pero nada parece comprobar que las sociedades se han vuelto más apacibles, más tolerantes, más cultas, menos violentas.
Nuevas ansiedades nos acosan desde las múltiples terminales tecnológicas que nos rodean, y la principal de ellas consiste, paradójicamente, en la posibilidad de sentirnos desconectados. Nos gusta saber el momento exacto en que llega el último mensaje, y, aunque se trate de la promoción de nuestro operador de telefonÃa, no resistimos la tentación de verlo. Desconectarnos de Internet por unas horas podrÃa ser de psiquiatra.
Para dónde va una sociedad que no puede dormir en un hotel sin wifi, o cuyos miembros, sobre todo los más jóvenes, consideran inaceptable prescindir del nuevo modelo de teléfono, computador o wi, fue lo que les preguntaron a más de mil expertos el Pew Research Center y la Universidad de Elon.
El estudio se puede ver en la página Imagining The Internet, y fue planteado sobre la evolución de ocho escenarios, que abarcan asuntos como la evolución de la tolerancia de las sociedades en un mundo cada vez más interconectado por celulares, Internet y tecnologÃas de realidad virtual y realidad ampliada, el tema de los derechos de autor, la privacidad, la transparencia y la evolución de la propia arquitectura tecnológica de la red.
La profesora Janna Anderson, quien dirigió el estudio, anota que los resultados indican que en el 2020, las divisiones entre el tiempo de trabajo y el tiempo privado, asà como entre realidad fÃsica y realidad virtual, se habrán difuminado hasta el máximo posible. Cuál es el máximo posible de esta delgada lÃnea que separa el tiempo privado del tiempo de trabajo, no lo dice el estudio, pero uno podrÃa pensar que se trata del mismo lÃmite que demarca la libertad de unos seres humanos acorralados por la invasiva presencia de la tecnologÃa, y su natural necesidad de comunicarse con el mundo, de una manera racional, pero voluntaria
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