El primer año de la administración del alcalde mayor de Bogotá, Samuel Moreno, fue todo menos una luna de miel. Tras un dinámico inicio, caracterizado por la selección de un competente y experto equipo de colaboradores y por el compromiso de avanzar en el megaproyecto del metro, el burgomaestre terminó sin brújula, criticado por distintos frentes y perdiendo a raudales el apoyo de sus gobernados.
La última encuesta de Gallup refleja el serio problema de gestión y aprobación que enfrenta el Alcalde. El porcentaje de bogotanos que piensa que la capital va por mal camino saltó de 19 en marzo del 2008 a 40 en diciembre pasado. Y el rechazo a la gestión de Samuel Moreno saltó del 10 por ciento hace un año al 59.
Son varias las razones que los analistas identificaron durante el 2008: falta de avances concretos en el tema del metro, bandera electoral del Alcalde; deterioro de los indicadores de movilidad en la ciudad; crecimiento de la percepción de inseguridad y acusaciones de distintos sectores políticos de demoras en la conformación final del gabinete. Pero, tal vez, la mayor crítica al burgomaestre ha sido la supuesta “ausencia” de los grandes temas de la ciudad.
A primera vista, esta es una aseveración injusta. La agenda del Alcalde de Bogotá siempre está llena de contacto con los ciudadanos y con sectores sociales y económicos. El Plan de Desarrollo de la administración, ‘Bogotá positiva’, busca una “ciudad de derechos” y mantiene componentes de inversión en políticas sociales, de infraestructura y de desarrollo económico.
Sin embargo, a la administración Moreno le ha faltado una mejor comunicación y estructuración de ese proyecto de ciudad. Como se afirmó en varias ocasiones, el metro es una promesa de doble filo, fácil para vender en campaña electoral, pero difícil para el gobierno. Para un alcalde comprometido con la movilidad, los bandazos en esa materia –y escándalos como el contrato de mantenimiento de semáforos, que se solucionó pronto– hicieron un daño incalculable. Sin olvidar que despidió el año con un costoso censo de taxis –cinco mil millones de pesos–, que confirmó que en Bogotá hay 48.000 y que ojalá sea una eficaz herramienta para sacar a los piratas de las vías. El sólo costo lo amerita.
La Alcaldía no ha podido traducir su “ciudad de derechos” en un paquete tangible de programas e iniciativas que sea fácilmente asimilado por el habitante de la capital. Se encuentran avances en salud y educación, interesantes iniciativas en el área de desarrollo económico y necesarias decisiones en materia tributaria; no obstante, el hilo conductor de estas decisiones, que constituyen el sello personal del mandatario, brilla por su ausencia.
A esto se añaden alarmas que llevan prendidas desde la administración Garzón y que no parecen arrancar: la política de vivienda, y con ella el futuro del norte; la renovación urbana del centro y Nuevo Usme, y la reducción de la contaminación ambiental y manejo de basuras.
La ejecución presupuestal de ciertas entidades también ha despertado preocupación, así como la falta de voluntad política de continuar el alto perfil de algunos de los exitosos programas sociales que implementó Garzón.
En este año nuevo, el alcalde de Bogotá tiene la oportunidad de encontrar su sello y materializar su modelo urbano. El primer paso sería reconocer que un gabinete incluyente no es sinónimo de un equipo de gobierno, con cada uno jalando para su propio lado y moviendo sus prioridades.
Después de un accidentado 2008, este nuevo año es la oportunidad del alcalde Moreno para encontrar su sello
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