Errores y aciertos de Uribe

Errores y aciertos de Uribe

Cuando uno habla con seguidores furibundos del presidente Uribe, es imposible hacerle críticas porque enseguida empiezan a vociferar todos sus logros y sus virtudes. Y cuando uno está entre detractores acérrimos del mandatario, no hay ningún espacio para subrayar sus méritos y sus aciertos. Lo que siempre me ha parecido curioso es que, en este caso, esos grandes aciertos han sido al mismo tiempo errores estruendosos.

28 de diciembre de 2008, 05:00 am

Nadie puede negarle a Uribe que impuso una nueva forma de gobierno, recorriendo el país, abriendo los consejos comunitarios desde muy temprano en las regiones para enterarse de todos los problemas de la gente. Estábamos acostumbrados a un tipo de gobernante que no se comprometía a fondo, con vaso de whisky en la mano, al que le encantaban las relaciones diplomáticas, la vida fácil, perezoso, negligente, clasista, que usaba su cargo por lo general para diseñar un fortín político que le garantizara cierta permanencia en el poder cuando tuviera que dejar la Casa de Nariño. Seguir de cerca los consejos comunitarios es una experiencia aleccionadora porque Uribe se conecta con los problemas de la gente directamente, pregunta por las carreteras, por los puentes, por las heladas, por el precio del transporte desde las fincas hasta los pueblos, por los insecticidas, por las vacunas para el ganado, por el estado de los abrevaderos.

Nunca habíamos visto a un Presidente trabajando los fines de semana (ni entre semana tampoco) desde las cuatro de la mañana, madrugando para encontrarse con los campesinos y tomar notas de todos sus problemas.

Increíble. Además, se nota que a Uribe le gusta, que se siente cómodo entre la gente del campo. La indumentaria que usa, con el sombrero ligeramente inclinado hacia la izquierda, refuerza esa imagen de hombre popular, de político alejado de las poses seudo-aristocráticas de las grandes ciudades.

Algo verdaderamente inusual, que no habíamos visto antes en los anteriores mandatarios y que, sin duda, hacía mucha falta.

Y aquí es donde, misteriosamente, cruzamos una línea y los logros se vuelven errores catastróficos. De un trabajador incansable que recorre las veredas del país informándose y solucionando los problemas de la gente de su pueblo, Uribe empieza a asumir el rol de un individuo campechano, provinciano, acostumbrado a ser un capataz de finca que da órdenes a unos trabajadores que no pueden rechistar. Su apología de la vida ruda del campo lo hace olvidarse por lo general de una cierta sofisticación que trae la cultura y que es indispensable en el ejercicio del poder, lo hace asumir roles intolerantes y déspotas, cuando la democracia es precisamente todo lo contrario, el respeto por las posiciones de los otros, y la defensa incluso de esas posiciones aunque no sean las propias.

El año pasado, en el Congreso de la Lengua, con los Reyes de España en el auditorio, Uribe leyó un discurso desordenado (parecía que se le hubieran trastocado las páginas), localista, salpicado de lugares comunes y de citas ininteligibles. Saludó como un plebeyo feliz a sus Reyes y afirmó que los recibía en nombre de la Cruz (haciendo alusión, por supuesto, a su catolicismo radical), un despropósito inverosímil en un gobernante que representa los distintos credos y prácticas religiosas de una ciudadanía diversa y múltiple. Dos escritores argentinos que estaban allí, judíos, preguntaron qué diablos era eso y dijeron que se salían de la sala a manera de protesta.

Las palabras del Rey, en cambio, fueron toda una lección de erudición y de placer literarios. La mayoría de sus citas, hechas de autores latinoamericanos que han sido y siguen siendo sus amigos personales, demostraba un gran conocimiento de los escritores del boom, un conocimiento de verdad, de él y no de la persona que le había escrito el discurso. Al final, la sensación era la de un Presidente latinoamericano que era más monárquico que el Rey y que parecía desconocer por completo a los grandes escritores de su propio continente. Una situación embarazosa y triste.

Uribe también impuso un discurso a favor del país, de sus costumbres, de su gente, de las ventajas de vivir y de trabajar aquí, en Colombia. Lo que siempre ha primado en el país son las poses extranjerizantes, la sensación de que estudiar y residir por fuera, en Estados Unidos o en Europa, es muy superior a quedarse en Bogotá, en Cali o en Medellín. Un cierto complejo de inferioridad muy generalizado generó un comportamiento que nos ha hecho mucho daño: viajar a otros países con la creencia de que estamos saliendo de la barbarie para, por fin, conquistar la civilización. Durante los mandatos de Uribe ese complejo viene desapareciendo y empieza un nuevo discurso a favor del país, de sus instituciones, de sus profesionales, de los beneficios de trabajar aquí, de tributar aquí, de invertir aquí. Una apología de Colombia que nos hacía falta, una demostración de afecto por el país que es sana y conveniente.

Sin embargo, un paso más allá de lo debido, el amor por el país se ha vuelto poco a poco un discurso nacionalista muy peligroso porque descalifica en seguida y de manera irracional todo deseo por nutrirse de las tendencias y de las culturas de otras latitudes. Estos nuevos fanáticos de la colombianidad son los que ven en cualquier crítica una amenaza, son los que tachan de traidores de la patria a los que viven fuera del país, son los que insultan y escupen en el aeropuerto Eldorado a Piedad Córdoba, son los que amenazan por Internet a cualquier columnista que se tome el trabajo de subrayar los grandes errores de esta administración, son los que apoyan de manera ciega todas las acciones de las Fuerzas Militares, incluso aquéllas que están por fuera de la ley. Son, en suma, huestes iracundas que bordean la criminalidad o que ya están en ella. Nada más peligroso para el país que este amor mal entendido.

Con los paramilitares pasó exactamente lo mismo. Como gobernador de Antioquia, Uribe patrocinó unas Convivir ajustadas a la ley que sirvieran como apoyo para desmantelar el poder guerrillero (aunque ya en esos inicios aparecen nombres inquietantes como el de Salvatore Mancuso), y esas cooperativas de seguridad, aliadas con hacendados, multinacionales y narcotraficantes, terminaron convertidas en unos ejércitos asesinos que masacraron a su antojo y que ubicaron a nuestro país en la lista negra de las naciones con mayor desplazamiento forzado en el planeta. Un descalabro completo.

Igual sucede en el terreno de la lucha contra la guerrilla. Nadie puede negarle a Uribe sus grandes logros en esta materia. Ha enfrentado a una guerrilla que usa todavía el secuestro como método de financiación y de presión política, una guerrilla con crímenes de lesa humanidad, una guerrilla multimillonaria cuyos dineros del narcotráfico la corrompieron hasta la médula. También ha desenmascarado esas posiciones intelectuales peligrosas de apoyo a unos combatientes idealizados, cuando la realidad es que se trata de mafias que se han aprovechado de la pobreza del campesinado colombiano para nutrir sus arcas repletas de dineros provenientes del tráfico de drogas. Incluso la izquierda ha tenido que distanciarse de la guerrilla para poder legitimar su discurso, algo que en Colombia era desde hace tiempo necesario, pues esa izquierda, durante décadas, se hundió de mala manera apoyando las acciones guerrilleras.

Y de nuevo los aciertos son grandes errores. La lucha contra la subversión derivó en una obsesión que ha llevado a agentes estatales a violar una y otra vez los derechos humanos, a segregar y a amenazar a los líderes indígenas, a los sindicalistas, a los políticos de izquierda democrática, a perseguir a profesores y a estudiantes universitarios con ideas socialistas o comunistas, a presionar a las Fuerzas Militares hasta el punto de llevarlas a reclutar a jóvenes humildes para hacerlos pasar como falsos positivos. Un desastre total.

Esas posiciones exageradas han llevado a Uribe a descalificar a ciertas ONG y a decir que los informes internacionales de violación de derechos humanos en Colombia son tendenciosos y mentirosos. Y es lo que lo ha llevado a enemistarse con sus vecinos (Venezuela, Ecuador) y a no entender que hay una línea en donde sus ideas positivas se transforman en bestias indómitas con vida propia.

No le quedará fácil a Uribe meter en cintura a los monstruos que han nacido durante su administración para volver a fundar líneas intermedias, tolerantes, democráticas, reposadas. Una actitud fundamental en un mundo que acaba de votar en Estados Unidos, justamente, en contra de esas posiciones extremas y radicales