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SIN PENA NI GLORIA
Hace algunos dÃas hablaba con dirigentes cÃvicos de la ciudad referente a dos importantes entidades de carácter cÃvico-cultural inexplicablemente desaparecidas y ellos me inquirieron afanosamente las razones por las que esos organismos no contaron en su momento con el debido respaldo del Gobierno, ni tampoco con el apoyo decidido de la ciudadanÃa. La una era del orden departamental, la Escuela de Música; y la otra del municipal, la Sociedad de Mejoras Públicas. La primera de ellas creada por la gobernación, adscrita a la SecretarÃa de Educación y a Extensión Cultural, tuvo vida efÃmera y alcanzó a funcionar en algunos locales de la ciudad. La pésima dotación y la mala dirección de la misma, obligaron al gobierno seccional a cerrarla definitivamente. Porque como carecÃa de todo, incluso de buenos orientadores en la docencia musical, muy pronto representó otros dos o tres cargos más en la burocracia parroquial.
Lo que en principio se hizo, a satisfacción y con optimismo, tomando como modelo la Escuela de Música de Ibagué, una de las mejores del paÃs, terminó por convertirse en un lamentable remedo de aquella, en un local inadecuado con dos o tres instrumentos dañados y con un presupuesto que no alcanzaba para que la entidad funcionara con las pretensiones para las cuales fue creada. Y un dÃa cualquiera su director, Adolfo Acuña Porras (el legendario Maral , ya fallecido), sin renunciar a su cargo, cerró sus puertas y le entregó las llaves de la Escuela a un amigo para que este las devolviera a la SecretarÃa de Educación. AsÃ, de esta manera tajante, sin pena ni gloria, se decretó la muerte de una corporación llamada a desempeñar una labor inapreciable en lo artÃstico-musical.
El gobierno, por su parte, olvidó el súbito cierre de la Escuela, quitándose de encima un dolor de cabeza y no volvió a emitir concepto alguno sobre la necesidad del funcionamiento de un Conservatorio en el Departamento. Aquellos planes y programas iniciales fueron archivados o aplazados para una mejor oportunidad. Se necesitaron varios años para que funcionarios como Alfonso De la Espriella Espinosa, en su calidad de gobernador, y Augusto Cabrales Gómez, en la de alcalde de MonterÃa, se interesaran vivamente en la creación de la Casa de la Cultura. Fue entonces cuando se volvió a hablar de revivir la Escuela de Música y vincularla a aquella entidad, aduciendo que siendo Córdoba un departamento con tradición musical y contando con una música autóctona, como el porro pelayero, bien valdrÃa la pena reactivar la Escuela, la que podrÃa funcionar en San Pelayo, sede principal del Festival Nacional del Porro.
Hasta el momento nada se ha hecho y ningún gobernador, amigo o no de la cultura y del arte, se ha atrevido a tocar este punto por no contar con los recursos económicos necesarios para hacerlo. Al decir de algunos intelectuales, melómanos insatisfechos, es mucha gracia que se sostenga, a trancas y barrancas, la Casa de la Cultura para pensar en la reapertura de la Escuela de Música. Sin embargo, serÃa muy interesante que la junta del Festival de Porro pensara en revivirla poniéndola a funcionar en la llamada Casa del Porro, con aportes del municipio (San Pelayo), del departamento y de la nación (Colcultura). Pero las cosas por el lado de San Pelayo no marchan del todo bien. Porque el porro, herido de muerte, ante la indiferencia popular, se debate entre subsistir o desaparecer y cada dÃa que pasa, son más los motivos de desaparición que de subsistencia. Mientras tanto --digámoslo de una vez-- se aplaza la Escuela de Música, hasta tanto un gobernador, con vena musical y presupuesto suficiente, se le de la locura de abrirla nuevamente.
Y en cuanto a la Sociedad de Mejoras Públicas qué podemos decir? A sus fundadores, inspirados en el modelo de MedellÃn, les entusiasmó desde un principio la creación de una similar. Ese arranque inicial vino a chocar con la pobreza del municipio y la negligencia de una ciudadanÃa que aún no estaba preparada para esa clase de experimentos. A pesar de los esfuerzos de sus fundadores (ElÃas Bechara Zainum, como presidente) la sociedad tuvo también una corta existencia. El Alcalde de aquella época la cerró sin decir una sola palabra, dándole muerte asà a una pretensión más de la ciudadanÃa monteriana. Incuestionablemente el motor del desarrollo, además del esfuerzo y de la lucha, lo constituye el factor económico, sin el cual no podrÃamos adelantar ninguna obra de progreso.
Hoy, nuevamente, vuelve a agitarse el tema de la Sociedad de Mejoras Públicas. En esta oportunidad ha sido Fenalco, bajo la buena dirección de la doctora Liliam Kerguelén, que ha tratado de estudiar las posibilidades para reabrirla. Y en verdad que vale la pena darle vida a la idea para lograr verdaderas realizaciones en el campo del civismo y del beneficio ciudadano.
- Publicación
- eltiempo.com
- Sección
- Editorial - opinión
- Fecha de publicación
- 27 de marzo de 1996
- Autor
- JORGE VALENCIA MOLINA
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