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LA ESTIRPE DE LOS SAMPER

Quienes han calumniado al presidente de Colombia, Ernesto Samper, no se dieron cuenta que tratan de manchar al digno representante de una estirpe entrañablemente unida a las más puras glorias de la patria y que, al agredirlo, hieren una fibra especialmente sensible a los colombianos.

Por ello la reacción de cuanto tiene de noble y recto nuestro país y nuestra gente ante el intento apátrida de manchar ante el mundo la honra del Presidente de los colombianos.

Con la estirpe de los Samper la patria tiene una incancelable deuda de gratitud por su actividad descollante y muchas veces epónima que con cada generación se renueva, en diferentes campos de la ciencia, la política, la economía, la educación, la salud, la industria y las letras. Ello explica el rechazo unánime que tiene la infortunada campaña del periódico del hermano del candidato derrotado en las pasadas elecciones. Campaña en la que por circunstancias naturales, muy a pesar de quienes seguimos siendo sus amigos, fue envuelto el ex presidente Misael Pastrana, hacia quien siempre abrigaremos el debido respeto.

Para comprender quién es el presidente Samper, quisiéramos recordar las perspectivas que ante la historia tienen las raíces de donde proviene. Sin analizar su ancestro materno de los Pizano Pardo, suficientemente admirado y conocido, entre quienes bastaría con citar un solo nombre -don José Acevedo y Gómez- tribuno del pueblo y figura principal en nuestra independencia.

Hoy hablaremos de ese mosaico de figuras proceras que, descendiendo de robusto tronco aragonés, tiene como paradigma a don Miguel Samper Agudelo, el gran ciudadano . Estirpe que, como lo dijo Alberto Lleras hace más de medio siglo -y que citamos para honrar este escrito con tan ilustre fuente- constituye una familia de cristianos viejos que en los calores de Honda o en la paz de Guaduas, fincan su orgullo en la práctica de virtudes sencillas, que se machacan, como martillo, en cada nueva generación, por la precedente. Son veraces, son parcos, son estudiosos .

Alberto Lleras, ciertamente, puede decir, con mejor lenguaje y con mayor autoridad que nadie, lo que sentimos y queremos expresar. Así prosigue en su memoriosa página llena de afecto: Don José María Samper, el padre de don Miguel, ya ha extendido sus negocios de comercio y agricultura y tiene casa próspera, cuando sobreviene la revuelta de 1840, en la cual comienzan a definirse nuestros grandes odios históricos. Es liberal, y la represión lo arruina. Su hermano, en cambio, don Manuel está por el gobierno, es conservador, recibe revistas y libros de España, conoce el latín y es un espíritu sereno. Don José María tiene larga familia y muchas dificultades. Don Manuel no tiene hijos.

Don José María le ha permitido que se haga cargo de Miguel. Miguel será enviado a Bogotá, estudiará leyes y en 1846 recibirá el doctorado en ambos derechos. Ezequiel Rojas, su profesor, lo llevará a trabajar con él .

Don Miguel el gran ciudadano , recordémoslo, contrajo matrimonio con doña María Teresa Brush, hija de un súbdito inglés establecido en Bogotá, que le habla de la luchas de Gladstone por imponer las generosas ideas del liberalismo en su patria, entre ellas la abolición de la esclavitud, de la que don Miguel fue abanderado durante los debates que llevaron a establecer la libertad de los esclavos durante el gobierno inolvidable del general José Hilario López.

La convicción moral de don Miguel de que la ley ética, por excelencia, es el trabajo , fue inculcada a sus descendientes en forma austera y ejemplar.

Se ha dicho de los Samper -agrega el ex presidente Lleras Camargo en otro aparte del trabajo que estamos citando- que fueron una casta, un clan, una oligarquía, una aristocracia. En país donde todo se hunde, desaparece, nada perdura ni resiste prolongación de un carácter al través de tres generaciones llega a hacerse intolerable, como si se tratara de un odioso privilegio hereditario... .

Una aristocracia, sí, se podría agregar (como es la de los Lleras), del talento, del trabajo, de la perseverancia. Que comprendió la importancia de la aplicación de la tecnología a la producción de la riqueza y supo orientarla, mediante esfuerzo y superación, para fomentar el bienestar y el desarrollo del país.

Así como en 1870, con su experiencia comercial y su capital honestamente adquirido don Miguel Samper -años después candidato con mala fortuna a la presidencia de la república- fue de los iniciadores de la casa bancaria más antigua del país, el Banco de Bogotá, sus hijos fundaron la Empresa de Energía Eléctrica de Bogotá, inaugurada el 7 de agosto de 1890. La primera fábrica de cementos, que tanto ha contribuido al desarrollo de la construcción y el mejoramiento de la vivienda, fue creada por ellos con esfuerzo titánico a comienzos de este siglo. Y el Gimnasio Moderno, obra espiritual de don Agustín Nieto Caballero, arquetipo y honra de la educación en Colombia, recibió decisivo apoyo de don José María Samper Brush, quien donó los terrenos donde hoy se levanta ese centro del saber.

Los nombres de don Daniel Samper Ortega, inolvidable director de la Biblioteca Nacional, artífice de la Biblioteca Aldeana de Colombia y de su hijo, Andrés Samper Gnecco, periodista y profesor universitario, en recuerdo de cuya amistad escribimos estas páginas -abuelo y padre del actual Presidente de la República- servirán para cerrar dignamente las presentes notas, innecesarias como defensa política pero que quizá sirvan para explicar a los autores del injusto agravio la magnitud del rechazo que en los colombianos ha producido su poco noble proceder.

Publicación
eltiempo.com
Sección
Opinión
Fecha de publicación
2 de mayo de 1995
Autor
Por FERNANDO SERPA FLOREZ

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