LA ISLA DE BOCAGRANDE EN TUMACO EL ROMANCE DEL MAR Y LA TIERRA

LA ISLA DE BOCAGRANDE EN TUMACO EL ROMANCE DEL MAR Y LA TIERRA

Allí donde la tierra se resiste a abandonar su dominio, la serenidad natural es alterada por el mar, al acariciarla con la frescura de su fuerza y cambiar a cada instante el orden de su playa. Queda a unas dos horas de donde nace el océano de Colombia en el sur. Donde el mar está salpicado de pedazos de tierra, poblados de manglares que simulan un rompecabezas en media luna hasta ser interrumpido por la ensenada de Tumaco.

6 de diciembre de 1990, 05:00 am

Y es desde allí donde se arranca para ir hasta una de las primeras islas que tocan el Océano Pacífico en Nariño. Una lugar que todos mientan por allí a cualquier visitante: Bocagrande.

La partida se hace más fácil cuando el día apenas inicia su arribo y las aguas acaban su tarea de ascender por los peldaños de cemento del embarcadero de la población, pues ello es garantía de esteros rápidos y descomplicados.

A ellos se llega después de veinte minutos de un mar guapachoso. Entonces, unos letreros de hoteles y cabañas, custodiados por los árboles, invitan a adentrarse en un túnel de vegetación de doble vía. Unos minutos más allá se olvida la playa, y los ojos parecen volverse locos al estar en un dilema: no saber qué apreciar primero o dónde recrearse más.

A cada palabra, el túnel se hace más zigzagueante a medida que las aguas descienden contra su voluntad y empiezan a mostrar tímidamente hasta dónde llegó su dominio la noche anterior. Simultáneamente, el olor a mar se ha ido para dar paso al de los verdes en todas sus gamas, que ofrecen, entre otros, las ranconchas y las encubillas que chispean la naturaleza de florecitas blancas.

Poco a poco, el techo de los árboles deja de entrelazarse, al tiempo que el estero va ampliando sus carriles, tres... cuatro... y, de pronto, al doblar una curva, los ojos duelen por tanta luz intempestiva que surge del fondo, desde el muelle que sirve de antesala a la isla. Detrás, unas construcciones de madera han sorteado su coloreado de azul, amarillo, verde, rojo y blanco, mientras de sus techos se asoman decenas de alegres palmeras.

La mayoría de ellas pertenecen a una nueva generación, alineadas casi rigurosamente y enfiladas a un océano que revienta a pocos pasos de ellas. La playa tiene por lo menos diez metros de ancho y casi media hora de largo, y en sus arenas se esconden las almejas y los caroles que a veces el mar deja a la luz en su jugueteo.

Llegan allí entre el hervor de las aguas que azotan de frente la arena oscura y limpia, respaldadas por un viento impregnado de ritmo, que hace mecer las palmeras como en un eterno currulao que, a lo mejor, estén bailando en algún claro de la isla.

Simultáneamente, no será extraño ver, bajo la sombra de un árbol, un hombre o una mujer rodeados de niños y adultos, ansiosos por escuchar las historias y poemas nacidos en esta región. Mientras el chillido de las gaviotas y pelícanos que pueblan el encuentro del mar y de la tierra les servirá de fondo.

Se paseará, además, una que otra niña descalza, que lleva en sus manos una bandeja con la dulzura del Pacífico, hecha con diversas figuras de cocadas y pan de coco, por ejemplo.

En tanto, en los restaurantes de las cabañas, los cocineros preparan los cangrejos, las jaivas, los caparachos y, en general, suficiente comida de mar para la hora del almuerzo o la cena, ya que más de uno suele repetir.

Cualquier hora será ideal para ir por el mar hasta Vaquería, una vereda de Tumaco, a diez minutos de allí, y comprar una artesanía como recuerdo de la visita privilegiada a un sitio ignorado aún por la mayoría de colombianos.

Allí funcionan ocho hoteles, con cabañas diseñadas para recibir desde una pareja hasta una familia de diez personas, en óptimas condiciones. El costo promedio es de ocho mil pesos diarios por persona, con todos los servicios, y las tres comidas.

Lo único que los pobladores de la isla piden es la colaboración del gobierno municipal y departamental para que desplace hasta allí una draga que mejore e impida que un día el mar se lleve la playa.

Por eso, desde ya, quienes han escuchado de la isla, han reservado sus cabañas porque saben que el mar les pertenece desde antes de levantarse el sol.