Hace cinco años, a Rosita y su greca las cambiaron por una máquina electrónica de hacer café.
Se acabaron entonces sus tres rondas diarias por la redacción de cierto periódico capitalino, en las que llenaba las tazas de decenas de periodistas ávidos por el líquido negro, casi vital, sin el que a veces resulta difícil funcionar.
Desde entonces, el café o el té salen de las entrañas de una máquina cuadrada, bullosa e interesada, que da órdenes como ‘retire’ o ‘elija’, y que no por pocas monedas permite escoger otras bebidas como capuchino o chocolate.
Sí, en las oficinas la tecnología está acabando poco a poco con ‘las de los tintos’ y sus grandes grecas brillantes, que antes del microondas mantenían calientes las cocas de los almuerzos y que llenaban todo con el aroma del grano.
Las empresas hoy prefieren las máquinas porque son higiénicas, autosuficientes y versátiles. Así lo cree Juan Felipe Borrero, gerente comercial de Autosnack, que opera estas dispensadoras desde hace tres años y que sólo en Bogotá tiene 400 en diferentes empresas, hospitales y universidades, sirviendo 800 mil bebidas calientes al mes.
No se rinden.
Sin embargo , Oswaldo Pérez, administrador de Grecas y Repuestos, dice que la llegada de las automáticas no ha afectado mucho su negocio. Cuenta que vende 10 aparatos al mes, mientras su figura se refleja distorsionada en decenas de grecas de todos los tamaños, que comercializa desde hace 30 años en su empresa familiar en un local de la avenida Caracas.
Pérez explica que la más popular es la de 20 tintos, que vale 185 mil pesos, y la más grande es un monstruo del que, con dos libras del grano, se pueden sacar 240 tazas. Cuesta 928 mil pesos. Insiste que su ventaja competitiva es el precio, que se ve ridículo comparado con los 10 millones que cuesta una máquina automática.
Manuel Quijano, que arregla estos tradicionales aparatos en ‘El mundo de las grecas’ y asegura no tomar café, cuenta que estas “son como los carros”, y que con un mantenimiento regular pueden durar mucho tiempo.
Sin embargo , también confiesa que poco a poco las máquinas exprés, que también venden allí, son cada vez más populares entre las cafeterías, el mercado objetivo de las grecas.
Borrero cree que las empresas le apuestan más a las máquinas porque le ofrecen variedad al público. Además, una vez se ‘libra’ la máquina, los costos operacionales de una greca y de una automática son similares, aunque los de la tradicional siguen siendo inferiores.
Explica que la mayor ventaja está en la satisfacción del cliente, que recibe un café de grano, molido en el mismo instante en el que ingresa la moneda.
La calidad varía, sin embargo, de acuerdo al café con el que se alimente la máquina.
Otro aspecto trascendental para el cambio -asegura- es esa nueva cultura de tomar buen café que se está generando entre los colombianos que, según él, están cansados del tinto “recalentado, maluco, con sácaros –hongos–” y con sabor a suela de zapato.
Pérez defiende la bebida que sale de sus máquinas, y le atribuye el mal sabor a las cafeterías “descuidadas” que dejan que el cuncho se cocine con el mismo café. También cuenta que en muchas ocasiones, al limpiar algunas grecas, encuentra cucarachas o arañas. Y estos incidentes se transforman con la tecnología: Borrero recuerda un reclamo de un cliente, al que el tinto le llegó premiado con un tornillo.
Esa costumbre del tinto.
Maluco o no, a la hora del cigarrillo o después del almuerzo, sin importar de donde salga, todos buscan el cafecito: “Por un asunto cultural, todas las compañías colombianas se lo subsidian a sus empleados, cosa que no ocurre en otras partes del mundo”, cuenta Borrero. Esto ha hecho que multinacionales como Oracle o Microsoft tengan que seguir la costumbre. Otras incluso tasan el consumo con una tarjeta, con la que el empleado tiene derecho a cierto número de tintos. La bebida dinamiza la economía y despierta a los trabajadores somnolientos.
“El tinto es el que me mueve el negocio”, dice José, un cliente de Grecas y Repuestos, al que se le dañó una de 240 tintos, con la que abastece su tienda cercana al Cantón Norte. “Se murió un coronel de la caballería y hasta los caballos están allá y a punta de la greca chiquita, no me va a dar”.
cambaq@eltiempo.com.co
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