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AVE MARÍA, LUCIANO!

Un Ave María que terminó de subir el ánimo del público y que Pavarotti escribió como una luz de esperanza a un 94 que no fue tan bueno para el tenor, se convirtió en el comienzo del final de un espectáculo que puso a palpitar hasta el más apático de los espectadores.

Con un juego de luces multicolores que más parecía una peregrinación hacia lo sublime, Luciano Pavarotti calentó la fría noche bogotana en medio de una gigantesca tarima donde su imponente figura solo era opacada por su gloriosa voz.

Pero esa gloriosa voz tuvo que luchar contra ese enemigo de 2.600 metros que es la altura de Bogotá. Hubo momentos, escasos, en que a esa descomunal caja toráxica no quería entrar el oxígeno.

Pavarotti fue capaz de hacer vibrar a un público silencioso que, seguramente en muchos casos, nunca había asistido a este escenario deportivo y que por unas cuantas horas se convirtió en el mejor de los teatros para el mejor de los tenores del mundo.

Con su tierna sonrisa y sus manos alzadas, el cantante conmovió a los cincuenta mil espectadores que llenaron El Campín solo para escucharlo. Aunque con algunos problemas para entrar y salir, la gente acudió en masa al concierto del siglo y aplaudió a reventar a un hombre que con su voz ha conquistado los corazones de quienes aún no se han decidido por este tipo de música.

Y el tenor supo recompensar esa fidelidad regalando cinco canciones más por fuera de su repertorio inicial. Las ñapas resultaron ser las más aplaudidas porque al fin de cuentas eran las más conocidas por el auditorio que pedía canciones como O Sole Mío y Granada.

A la voz de Pavarotti, al magistral sonido que escapaba de la flauta de Andrea Griminelli, a las cuerdas y a los vientos de la Filarmónica, se sumó, anoche en El Campín, el palpitante sonido de las palmas de un público, más que emocionado, entregado a una noche inolvidable.

Por eso, lo que en principio comenzó frío y ceremonioso pasó a un cálido y fervoroso amor por la lírica.

El público logró el milagro de prolongar la noche tan esperada de il secondo di febrero . La fuerza de las palmas le fue transmitiendo una milagrosa energía al tenor italiano, que al comienzo pareció un poco afectado por la altura bogotana, pero que al final logró superar.

De Sindici a Puccini A las ocho en punto de la noche, tal y como estaba planeado, salió al escenario la orquesta filarmónica de Bogotá. Sin embargo, parte del público aún no lograba ingresar a las graderías y la gramilla, lo que demoró el inicio del recital.

Entonces, la melodía que no estaba en el programa, pero que no podía faltar, el Himno Nacional, abrió el esperado concierto.

Verdi, con la cálida obertura de Luisa Miller, puso la nota en serio. Y sin dar respiro al tiempo, con la inmensa sonrisa que mostró desde que llegó al país, Luciano Pavarotti entró en materia. Y lo hizo bajo la misma línea de la ópera Luisa Miller con el aria Quando le seré al placido que trajo los primeros Re y un Do.

Largo y tendido fue el aplauso de bienvenida por parte del público para dar paso al Andante en C para flauta y orquesta K. 315 que dejó ver el virtuosismo del flautista italiano Andrea Griminelli, quien también vino a robarse un cálido aplauso.

Il primo tenore , otra vez sin musitar palabra, tal y como se usa en este tipo de recitales, enfrentó al público para interpretar el aria O Paradiso de la ópera La Africana de Meyerbeer.

Técnica, potencia y lirismo inundaron El Campín. Era la voz del monstruo en su máxima expresión que estaba allí, en El Campín. Otro aplauso, aún más apretado.

El director invitado, el italiano Leone Maguiera, tomó la batuta para conducir el famoso inicio de la ópera verdiana Las vísperas sicilianas que a punta de fuerza y buena energía en la conducción, supo llevar con acierto.

Y otra vez Luciano, lento, sonriente, pleno del frío clima bogotano pero lleno de calidez en su voz y rostro, regresó al escenario con la corta pero exigente aria La mía Letizia infodere también de Las vísperas... seguida del aún más exigente Pourquoi me reveiller de la ópera Werther de Massenet que remató con verdadera maestría.

Vino entonces el intermedio que a los quince minutos culminó con el manto mágico de Puccini, esa música apasionado que cubrió de encanto una noche que ya era lírica.

Cálido y melancólico Dos arias de Tosca: Recóndita armonía y E lucevan le stelle, fueron sin duda las más serias interpretaciones del tenor italiano. Cálido, profundo y cargado de una letal melancolía, Pavarotti entregó lo mejor de sí, el arte de su voz.

Ahí, en silencio total, el público sucumbió al encanto de una voz única y poderosa que con Puccini siempre hará pareja para la eternidad.

Y la pasión continuó, esta vez bajo las alegres notas del francés George Bizet y su obra Carmen de la que se escuchó la Fantasía para flauta, tras los soplos de ese delicado intérprete de apellido Grimanelli. Fue otro grande pero delgado.

A esas alturas la entrega de músicos y de público era total. La historia del arlequín de Payasos de Leoncavallo, más que cantarla, Pavarotti la vistió y la revivió como en escenario teatral. Pero lástima, en versión corta, como lo fueron la mayoría, debido tal vez a una bien manejada pero innegable afección en la garganta del tenor.

De nuevo la orquesta retornó el protagonismo y lo hizo con su mejor interpretación de la noche. Fue la popular obertura rossiniana de Guillermo Tell que bautizó en las tribunas y la gramilla a uno que otro director entre el público. Sin duda, el mejor momento de la Filarmónica.

Entonces llegó La matinatta, la canción que más reconoció el público y que dio inicio a un falso final.

Con ella vinieron esas canciones napolitanas, piezas del puro folclor popular italiano, La girometta y Non ti scordar di me, esta última que cerró acompañado del extraordinario flautista y del tan anhelado Do sostenido.

Y faltaban cinco Ese hasta el momento era el final previsto pero todos, por cosas del ambiente, sabían que no sería así.

Faltaba la fiesta que todos esperaban. La napolitana O sole mio con la que la gente se prendió y prendió luces que alumbraron las graderías y el alma de este hermoso tenor que se creció.

Entonces Pavarotti dijo: 1994 fue un año poco bueno que me dio la necesidad de escribir un Ave María . Y así, entre llamas y almas encendidas, el tenor presentó su hermosa composición que también cantó con la hermosura de un debut en un país lejano.

Pero no fue ese el final, tras un aplauso y los gritos de Otra, otra , aun faltaba el reencuentro de este grande con otro grande: Puccini.

Pavarotti escogió para su bis la obra Manon Lescaut de la que interpretó el Tra voi belle y el Donna non vidi mai, que dedicó muy especialmente a la primera dama, Jacquin Strouss de Samper.

Ya eso era apoteósico. El hecho de que después de lo que estaba presupuestado el primer tenor entregara cuatro temas más, ya nadie lo podía creer.

Pero no, Pavarotti fue inmenso hasta el final y sorprendió con otra más, Esta última, la última está dedicada a todos ustedes y a este bello país que es Colombia .

Y cantó Granada, de Agustín Lara. Ya no se podía pedir más. Todo estaba dicho, o muy bien cantado, mejor.

Trancones a 250.000 El anuncio era perentorio: a las 8 de la noche se cerrarían las puertas del estadio El Campín con quien estuviera adentro. Los que, con boleta en mano, estuvieran a fuera, tendrían que aguardar hasta la hora del intermedio para poder ingresar.

Cuando apenas faltaban 15 minutos para cumplir ese plazo, la fila, o mejor, el tumulto, para entrar a la gramilla, exactamente a los puestos de 250.000 y 180.000 pesos, puso a correr a los organizadores. Muchos ilustres asistentes corrían el riesgo de quedarse por fuera. El motivo: un desorden descomunal que se formó por varias razones. La principal fue que ocurrió lo mismo que pasa con las principales avenidas de Bogotá, que son de tres y cuatro carriles pero cuando se llega a un puente este sólo tiene dos o uno. Así era la entrada y todo por tener que pasar, de uno en uno, por un detector de metales que estaba apagado.

A esto hay que agregar que los colombianos, sin distingos de condición social y precio de boleta, no respetan la fila y quieren entrar de dos en dos.

Adicionalmente, no faltaron los que llegaron 20, 15 y hasta 10 minutos antes de la ocho. Muchos esperaban que por tener boletas de 250.000 pesos tendrían una entrada directa a la gramilla. Otros, que sí fueron precavidos, debieron esperar entre una hora y hora y media para ingresar.

Sin embargo, a las 8:10 de la noche ya no había nadie por fuera, pero sí tratándose de ubicar.

Cuando la Orquesta Filarmónica de Bogotá dio su primer acorde a las 8:20 de la noche, todo el mundo estaba sentado en su sitio y las puestas del estadio estaban aún abiertas, aunque sólo ingresaron unas 10 personas atrasadas.

Una vez comenzó el concierto, el público guardó un respetuoso silencio que fue constantemente roto por los acomodadores seleccionados por la Organización Logística de Espectáculos, Ole, que estaban encargados de facilitar el acceso del público de gramilla. Ellos, junto con los agentes de policía, no dejaron de hablar y de moverse por los pasillos del estadio.

Pavarotadas Caderas amplias. Algunas de las exigencias de Pavarotti, como un carro amplio, un sofá con determinadas medidas y fotógrafos a distancia, se debe a que el tenor tiene un problema en la cadera, del cual no quiere se que den cuenta sus admiradores.

Regalo floral. Todas las flores que adornaban ayer el escenario fueron regaladas. Se utilizaron 43 docenas de ave del paraíso, 60 docenas de girasoles y otras tantas de gladiolos para hacer floreros de 2.5 metros de altura.

Pavarotti de turista. Hoy por la tarde, después de la asistir a la audición de jóvenes talentos colombianos en la que seleccionará a los mejores para que compitan en el Pavarotti Voice International, el tenor se va a conocer el Museo del Oro.

Banquete musical. Para alimentar a todas las personas que ayer tuvieron algo que ver directamente con la producción del concierto se pidieron 2.200 sánduches que constaron casi dos millones de pesos.

Uno para cada uno. A parte del camerino construido especialmente para Pavarotti, se tuvo que adecuar otro para el flautista Andrea Griminelli y para el director de orquesta Leone Magiera. Junto a ellos también quedó el camerino del manejador del artista.

Equipo completo. Cada vez que Pavarotti viaja, hay 27 personas que lo siguen. Entre los fijos va el médico, el manejador, el flautista y el director de orquesta.

Sólo cuatro sellos. Con tantos compromisos internacionales, el pasaporte de Pavarotti debería estar cargado de sellos. Sin embargo, a Colombia llegó casi que estrenando pasaporte y por eso sólo figuran sus tres últimos viajes: Perú, Miami, Sao Pablo, y ahora el de Colombia.

El descanso de otros. Cerca de 30 personas se encargaron, durante 48 horas seguidas, de poner todas la sillas de la gramilla.

Cargo reñido. Ser acomodador en el concierto de Pavarotti no era puesto para cualquiera. Los 400 muchachos que ayer se encargaron de ubicar a cada quien en su puesto pasaron por un lago proceso de selección: entrevista, paso por la sicóloga, ensayo...

Selección. Al parecer, todo el mundo quería ser acomodador. Sin embargo se pensó en gente de la Universidad de Los Andes, la Javeriana, el Externado, el Politécnico y la Sabana. Fueron más mujeres que hombres y todos debían hablar dos idiomas. La selección estuvo a cargo de Olé.

Primiparada. Santiago Bernal se ha vuelto un artista en organizar los escenarios para las obras de teatro del Teatro Nacional. Sin embargo, para el concierto del siglo le tocó encargarse de dejar los camerinos como un cuarto de hotel.

Cambios a la lata. A propósito de los camerinos, que son prefabricados, cuando ya estaban casi listos, tocó cambiarlos de lugar para adecuar mejor el sistema de temperaturas que deben mantener para proteger la voz del tenor.

Al sí y al no. Los organizadores del concierto, Big Show y Teatro Nacional, parecían todo el tiempo jugando al si y al no. Fanny Mickey, con una sonrisa de oreja a oreja, decía sí a todo lo que le pidieran amigos y periodistas. Pero por otro lado estaban los de Big Show diciendo que eso no se podía.

Peso completo. Par el concierto llegaron 12 toneladas de quipos técnicos para luz y sonido. Y el techo fue un nuevo sistema que estrenó Lanzoni en Colombia y que aquí quedará para futuros conciertos. Costó 80 millones de pesos.

Publicación
eltiempo.com
Sección
Otros
Fecha de publicación
3 de febrero de 1995
Autor
MAURICIO SILVA GUZMAN

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