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El jefe de las Farc cuando era Guillermo León

El grito desde una ventana en medio del amanecer tuvo que parecerle delator. Apenas supo de dónde lo llamaban, Guillermo León Sáenz Vargas se puso el dedo índice en los labios como suplicando silencio a su vieja amiga.

Hacía tal vez años que no se veían, pero no se detuvo. Avanzó por la calle del barrio Teusaquillo (centro de Bogotá), y ella, que lo descubrió con la primera luz del día porque acostumbraba abrir la ventana apenas se levantaba, intuyó entonces que para ese comienzos de los 80 el antropólogo de la Universidad Nacional se había convertido en un hombre clandestino.

La siguiente vez que lo vio fue por televisión, vestía camuflado y se llamaba ‘Alfonso Cano’.

Pocos, casi ninguno de sus amigos en las Juventudes Comunistas (Juco), supieron el momento en el que Guillermo León renunció a su mujer y a su hijo para enmontarse con las Farc.

Por ella, “una trigueña alta y bella, deseada hasta por sus amigos”, había entrado vestido de novio a mediados de los 70 a una Iglesia del barrio Palermo, entre una fila de compañeros ateos que desentonaban con la ceremonia religiosa. “Era una situación hasta cómica”, recuerda uno de esos descreídos.

Faltaban solo dos meses para que naciera el único hijo conocido del hoy máximo jefe de las Farc.

El nuevo rumbo del universitario fiestero que dejaba ver nostalgias cuando sonaban Los Chalchaleros con su Zamba de la esperanza, había sido ya presentido por el cineasta Lisandro Duque. Fue un día que se lo encontró, después de siete años sin saber de él, en una cafetería de los juzgados de Paloquemao.

Hablaron de sus mujeres, los hijos y la película El Escarabajo, que por esos días rondaba a Lisandro. No más. En una especie de pacto tácito el uno no preguntó y el otro seguramente agradeció.

El cineasta -que entre el 69 y el 70 compartió con Guillermo León la dirección regional de la Juco- lo sabía convencido de que “la forma superior de lucha era la armada”. Una convicción, que cree, se le convirtió en reto grande porque “Guillermo, distinto a Carlos Pizarro, que compraba peleas, era un conciliador”.

Imponente con las mujeres .

Cuando tenía tragos sí era peleador, cuenta una de sus amigas de andanzas, que para más señas trae a la memoria el día en que Guillermo León se fue a los puños con el propio Lisandro en una fiesta, por diferencias políticas.

Era en las fiestas universitarias en las que el hoy jefe guerrillero se convertía en el centro de atención. Y si ser buen bailador le daba puntos con las mujeres, se las ganaba era cuando les conversaba. “No era el más guapo, pero se volvía atractivo cuando hablaba. Sabía de política, literatura, historia... de todo. Muchas de mis amigas quedaban enamoradas”.

Probablemente abusaba de ese imán que tenía en la palabra. Era imponente con ellas. “Si intimaba con alguna, a la hora que él salía de la fiesta ella tenía que irse con él”, se atreve a contar uno de esos amigos de debate y parranda.

A él no le bajó la fiebre.

Todos sentían esa fiebre revolucionaria que alcanzó máximas temperaturas tras el triunfo de Fidel Castro en Cuba o el agitado mayo del 68, pero a Guillermo la calentura revolucionaria no le pasó.

Cuando terminaron los semestres de antropología en la Nacional y cada uno cogió su camino, él se hizo “funcionario del partido”. Quería decir, en lenguaje comunista, que trabajaba para la Juco y ella lo sostenía.

No fue el más revoltoso de todos en la Facultad. Complicaba la vida sí, porque hacía parte de los que citaban a asamblea hasta seis veces a la semana, reconoce la directora del Departamento de Antropología entre el 69 y el 71, Ligia Echeverry.

“Pero era una época en la que el diálogo entre estudiantes y directivos se daba abiertamente. Él era claro en las ideas, no se quedaba callado, debatía. Era buen expositor, brillante”, dice. En conocimiento, y todos lo recuerdan así, Guillermo León siempre tenía ganas de más.

Con el ex gobernador de Nariño Eduardo Zúñiga y otros tres estudiantes le pagaban clases extras al profesor Hernando Llanos. “Para que nos explicara cosas que no aprendíamos satisfactoriamente en la universidad, sobre todo las teorías de Hegel y Marx”, cuenta el ex mandatario. Al lado de él se enroló en la Juco, pero pronto se decepcionó.

A Guillermo León, en cambio, no le bajaron la caña ni los carcelazos que se ganó como parte del movimiento estudiantil. Llegó a pasar seis meses en la Cárcel Distrital, a comienzos de los 70, al lado de otros líderes universitarios como el hoy empresario Moris Ákerman. Allá los mandó el alcalde de Bogotá Aníbal Fernández de Soto.

“A Guillermo no lo descomponía el encierro. Aprovechaba para estudiar.

Estudiamos como locos, leímos bibliotecas enteras”, recuerda el empresario.

¿Un amigo para olvidar?.

De los que anduvieron con el hoy guerrillero cuando él era Guillermo León, iba con ellos a cine al teatro ópera o los acompañaba en las rumbas en la sede de la Juco o en cualquier apartamento, pocos quieren hablar. Y más pocos lo hacen dando la cara.

Alguien negó conocerlo y otra llegó a mencionar la palabra “miedo”.

No dicen si temen a que alguien los persiga por haber sido cercanos al nuevo comandante en jefe de las Farc, o si le temen a él. A que se haya esfumado el hombre cálido que conocieron al lado de sus papás y cuatro hermanos en el exclusivo barrio Santa Bárbara, que se ponía feliz cuando su mamá lo consentía con el jugo de curaba y leche condensada que le encantaba.

“No podemos engañarnos, el se volvió un guerrero”, afirma alguno.

Hubo quienes tuvieron noticias del viejo amigo, y hasta invitaciones de él para hablar del país. Incluso para ir al Caguán cuando era zona de distensión, a que lo acompañaran en la celebración de sus 50 años. Fue a finales del 98. Dos de los invitados, por lo menos eso le dijeron a este diario, no fueron.

Pero fue en esa zona despejada por el presidente Andrés Pastrana para buscar la paz con las Farc, donde se dieron varios reencuentros con el lejano Guillermo León y el descubrimiento del guerrillero barbado que decía sentir fervor por Jacobo Arenas, el jefe fariano muerto en 1990 que fue su guía en esa guerrilla.

‘Alfonso Cano’, como lo asumían ya sus ex compañeros de la Nacional, no encabezaba la comisión negociadora de las Farc como en Caracas y Tlaxcala (México), en 1991 y en 1992, cuando el chance para la paz fue con el gobierno de César Gaviria.

En esa época tuvo hasta intercambios con empresarios del Sindicato Antioqueño y de los grupos Ardila Lulle y Santo Domingo a través de Ákerman.

“Alfonso Cano aceptó en esos intercambios que el país era posible sin eliminar la propiedad privada”, destaca el empresario.

En el Caguán, solo dos momentos notorios tuvo el jefe guerrillero. Cuando dio la cara para lanzar el Movimiento Bolivariano por la Nueva Colombia y cuando presentó ante una veintena de embajadores un plan para sustituir cultivos de hoja de coca, comenzando por Cartagena del Chairá, la población caqueteña donde las Farc se emparentaron con la droga.

‘Cano’ habló de legalizarla y de invertir en prevención de consumo lo que se gastaba en perseguirla. De nuevo su papel, aunque no tan protagónico como en Caracas y Tlaxcala, se centró en lo que sabía hacer desde la Nacional: organizar grupos y poner ideas.

La hora de dar la cara .

Por razones que todavía son un misterio, la muerte del fundador de las Farc, ‘Manuel Marulanda’, ‘Tirofijo’, el 26 de marzo pasado, puso al citadino del barrio Santa Bárbara al frente de una guerrilla campesina que llegó a menospreciarlo por su escasa capacidad militar.

Cierto es que lo puso a prueba cuando lo mandó a comandar el Bloque Occidental, pero fuentes de inteligencia no consideran superado su pulso con el ‘Mono Jojoy’ y dudan de la legitimidad de su cargo como comandante en jefe.

Habría tenido que ser ratificado por una conferencia guerrillera, impensable en medio de la presión militar que resisten las Farc. Además, fue otro de la línea de ‘Cano’, ‘Timochenco’, el que hizo el anuncio. No se sintieron los jefes de bloques que llevan el peso armado: el oriental y el sur, con ‘Jojoy’, ‘Joaquín Gómez’ y ‘Fabián Ramírez’ a la cabeza. ¿Cedió ‘Jojoy’ o está en vilo la cohesión de las Farc? Un mando medio desmovilizado aventura esta respuesta: “Cano y Jojoy no son contendores fuertes. Cada uno entiende la debilidad del otro. El verdadero contrapeso para ‘Jojoy’ sería ‘Márquez’, fuerte en lo militar y lo político”.

Resueltos o no los pesos y contrapesos en el grupo guerrillero, al antropólogo que se escondía en las sombras de los amaneceres bogotanos le toca ahora dar la cara por el futuro de las Farc.

Lleva casi 30 años en la selva sin que pase nada de lo que soñó como revolucionario. Pero ni el amigo que ha hecho varias películas, ni el ex compañero de celda que se convirtió en empresario, ni el que ya gobernó un departamento se atreverían a decir que entre todos Guillermo León perdió.

Todavía queda la esperanza de que logre embarcar a las Farc en la nave del regreso.

margir@eltiempo.com.co.

SUS DELITOS .

A ‘Alfonso Cano’ lo acusan de secuestro extorsivo, terrorismo, homicidio simple y en persona protegida, rebelión, reclutamiento ilícito, daño en bien ajeno y hurto calificado.

142 Órdenes de captura.

ULTIMA SENTENCIA: El pasado 27 de mayo. El Tribunal Superior de Antioquia confirmó una condena de 40 años de cárcel por la muerte del ex gobernador Guillermo Gaviria, del ex ministro Gilberto Echeverriy de ocho militares, el 5 de mayo del 2003 en Urrao (Antioquia). La sentencias también es para ‘Mono Jojoy’ .

CONDENAS: 12.

OTROS PROCESOS CONTRA ‘CANO’: Por toma de rehenes, apoderamiento de aeronaves, violación de inmunidad diplomática y destrucción y apropiación de bienes protegidos

Publicación
eltiempo.com
Sección
Nación
Fecha de publicación
1 de junio de 2008
Autor
MARISOL GÓMEZ GIRALDO

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