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GRAJALES: UNA HISTORIA UVA

Alberto Alejandrino Grajales Hernández no se acuerda el día que pinchó por última vez el glúteo de Ceferino González, un español que se refugió en La Unión (Valle) luego de huir del régimen del general Francisco Franco. Eso fue a finales de la década del 30, cuando el único enfermero del pueblo, capaz de colocar una inyección intravenosa, era Alberto Grajales, un muchacho de 22 años amante del campo y de la cirugía vegetal. Es decir de los injertos.

El español siguió enfermo, y un día amenazó con devolverse para su tierra así el general Franco le cortara la cabeza. Empacó maletas, llamó por última vez al enfermero para que le aplicara la mortificante inyección y le dijo: Alberto, yo estoy muy viejo y usted está joven. Cultiva las uvas, y las semillas que produzcan regálalas sin egoísmo para que todo el mundo las siembre y de ese modo consigan su billete .

Don Ceferino nunca se fue para España, sino para Picaleña (Tolima), y luego para Flandes, donde meses después lo mató una deficiencia sanguínea.

El joven Grajales aceptó el consejo, se amarró un machete a la cintura y partió para la cordillera con el fin de conseguir semillas silvestres y combinarlas luego con las producidas por 12 matas tipo uva blanca malagueña que tenía su abuela, María de los Angeles Grajales, en el solar de la casa.

De la región de El Tigre, donde se padre Alberto Alejandrino Grajales, tenía El Caney, una finca de cinco fanegadas, se trajo varias muestras y las cruzó de distintas formas. Complementó el experimento con otras especies autóctonas importadas de las montañas del Tolima.

Las cosas le funcionaban y amplió el cultivo a 180 matas con un ensanche que le hizo al solar de la casa. Pero vino el primer problema para continuar con el ensanche: la falta de plata. Pensó en sus cuatro hermanos, dispersos por todo el país, empleados en actividades cualesquiera, pero con principios abundantes de unión familiar.

Eso fue entre 1947 y 1950. Empezó a llamarlos, uno por uno, a convencerlos de la bondad del proyecto y de la posibilidad de convertir el apellido Grajales en una gran casa.

Al primero en llamar fue a Gerardo, hoy gerente general de Grajales Hermanos. Era agente de tránsito en Bogotá, cargo al que había llegado luego de pagar servicio militar en los Llanos Orientales en la época de la violencia.

Luego convenció a León, un policía que había prestado sus servicios en Palmira y Sevilla (Valle) y que quería tanto su oficio como a la agricultura.

Posteriormente se unieron Eduardo, que alternaba la peluquería con el empleo de vigilante de combustibles en el ingenio azucarero de Riopaila, y Luis, propietario de una carnicería, en Villanueva (Cesar). A quien menos le gustó la idea fue a Eduardo, pero su hermano lo convenció.

Cada uno aportó sus escasos ahorros, que los hicieron crecer con la venta de una bicicleta, una mesa, un radio y una máquina de escribir. Con un capital que no sobrepasaba los 15.000 pesos adquirieron tres fanegadas adicionales al solar, fiaron los abonos y los alambres para la cerca, y plantaron 2.500 árboles.

Fue un comienzo duro porque los colombianos no estaban acostumbrados a consumir uvas, y menos si eran compradas. Las dificultades las fuimos superando y pensamos en la reinversión. El setenta por ciento de lo que nos entraba por uvas lo ahorrábamos para comprar tierras. La gente nos vendía los terrenos fiados y con la producción los pagábamos luego , comentó Alberto Alejandrino Grajales, el gestor del negocio.

Pero hubo necesidad de adaptar plantas más resistentes porque las plagas rondaban y la filoxena, un hongo que atacaba los viñedos de Europa, se aproximaba. Don Alberto se fue para Montpellier (Francia) a averiguar de injertos resistentes e importó varias especies.

En 1969 hubo una sobreproducción alarmante y toneladas enteras de uva fueron a parar al río Cauca. Entonces se pensó en los mercados externos y se aprovechó una invitación del Fondo de Promoción de Exportaciones (Proexpo), para participar en una feria internacional.

Se hicieron contactos con compradores de Canadá, y en 1971 se hizo el primer despacho. Hubo mala suerte: el embalaje (empaque) era deficiente y el sistema de enfriamiento malo. Las uvas se devolvieron.

Fue necesario aprender a exportar, mejorar la selección de las frutas y la presentación del empacado.

Hoy en día las uvas Grajales son conocidas en Alemania, Holanda, Suiza, Francia, Inglaterra, Bélgica, Estados Unidos, Brasil, Ecuador y las islas del Caribe. Desde luego, las importaciones se cierran en épocas de producción en los países con estaciones.

La sobreoferta trajo dolores de cabeza, pero fue a la vez una experiencia provechosa. Primero porque se ingresó a los mercados internacionales y segundo porque los obligó a pensar en la producción de vinos. Fue en 1974 cuando se fermentaron en la piscina de la finca miles de uvas que se desgajaban de las plantaciones y que no encontraban mercado.

El vino casero de la piscina no sirvió, porque se pudrió y tuvieron que botarlo. La alternativa fue ir al exterior a mirar experiencias y copiar modelos. Finalmente en 1978 se salió al mercado nacional con este tipo de bebidas, y hoy producen mensualmente un millón doscientas mil botellas entre vinos blancos, secos y semisecos; brandy y champañas.

Los Grajales tienen más de 1.200 fanegadas de tierra cultivadas de uva, maracuyá, granadillas, melones, mangos, manzanas, hortalizas y pitahayas. Hay 900 mil árboles de uva, paradores, red propia de transporte, almacenes y una fundación que alberga a 800 estudiantes. Buscando más pepas Las uvas no son la única inspiración agroindustrial de la familia Grajales. En sus 1.200 fanegadas de tierra que han incorporado a su propiedad, y que fueron en su mayoría adquiridas a crédito, tienen extensos cultivos de maracuyá, granadillas, melones, mangos, manzanas, hortalizas y pitahaya.

En solo maracuyá hay 300 hectáreas plantadas, que producen 25.000 toneladas métricas de fruta y que van a parar a los mercados internacionales. Estados Unidos, Canadá, Holanda, Alemania y Suiza son los principales compradores.

La organización está asesorando a pequeños y medianos agricultores de todo el país con el fin de avanzar en tecnología y aumentar las ventas de frutas al exterior.

Además existe en mente otro proyecto: la piña. La organización estudia la posibilidad de iniciar la producción a gran escala de esta fruta aprovechando la creciente demanda en el exterior. Es un propósito que está cuajndo .

No sucede lo mismo con el vino. La producción está estandarizada y por ahora no se piensa aumentar el nivel actual. Son 1.200.000 botellas que salen al mercado nacional y que entran a competir con las bebidas de comedor importadas.

La causa: no hay uva suficiente para incrementar el volumen. Con gran esfuerzo en el último trimestre cuando sube el consumo, por la aproximación de la época navideña, la producción aumenta a tres millones de botellas por mes. La exportación de vino tampoco está en la mente de los Grajales.

Publicación
eltiempo.com
Sección
Economía
Fecha de publicación
4 de noviembre de 1990
Autor
HERMOGENES ARDILA Redactor de EL TIEMPO

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