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INTENTONA EN VENEZUELA

Con intenso regocijo han visto el mundo democrático y en particular América Latina el fracaso de la intentona de deponer al presidente constitucional de la hermana República de Venezuela, Carlos Andrés Pérez, y, eventualmente, de acabar con su vida. El atroz magnicidio habría sembrado tormentosas semillas de violencia y frustrado aun aquella estabilidad política que se impone por la fuerza. El derrocamiento habría regresado a Venezuela a los oscuros tiempos en que se la convirtió en cárcel, al arbitrio de una voluntad omnímoda, con el régimen jurídico reducido a pavesas.

No es de extrañar que todos los sectores políticos, incluso los hostiles al asediado mandatario, hubieran querido montar guardia en torno suyo. Respaldarlo ante la audaz insurrección de algunas de las tropas, en defensa de la continuidad democrática de Venezuela. Están todavía muy frescos los horrores de la dictadura para tratar de establecerla con cualquier pretexto. Es con votos y no con balas, según lo observaran sus dirigentes, en ejercicio de las libertades públicas, como pueden enmendarse derroteros y conductas presumiblemente equivocados.

En Venezuela los golpes de cuartel se anuncian con cierta anticipación. Flotan en el ambiente. Al parecer, esta vez no fue la excepción, porque la atmósfera era tensa, públicos los rumores y desembozado el propósito de valerse de las circunstancias para ensayar un peligroso cuartelazo. No obstante, con ser tantos los presagios, nunca se pensó en la posibilidad de escoger de blanco la propia residencia del Jefe del Estado, acaso por no habérsele pasado a nadie por la mente el riesgo de su asesinato. Era demasiada la hipótesis de querer tumbar un régimen cortándole literalmente la cabeza.

No eran de ignorar los antecedentes del caracazo de 1989, en protesta por las medidas de austeridad convenidas con el Fondo Monetario Internacional. Ni la inconformidad con las políticas de corte neo-liberal que impusieron a Venezuela severa penitencia, aunque se hallara ya en trance de recuperación. La oposición había arreciado y las mayorías del propio partido daban trazas de dejar solo al mandatario. El debilitamiento de su posición política se prestaba para alimentar las ansias de derribarlo y de sustituirlo por una dictadura del bárbaro estilo de la del General Pérez Jiménez.

Ciertamente su popularidad se había eclipsado. Pero representaba con alto decoro la democracia venezolana y permitía debatir sin trabas todos los asuntos. En el Congreso, en la prensa, en todas partes, existía la posibilidad de discutir y criticar las orientaciones y las actuaciones del recio gobernante. Sagaz como es, y de fino instinto político, no podía descartarse que accediese a modificar los rumbos en cuestión, si se le demostraba estar equivocado. Hombre de plaza pública, en contacto con las inquietudes populares, no habría de poner oídos sordos y de negarse a flexibilizar actitudes demasiado rígidas o inconvenientes. Toque de alerta y salida airosa Habrá que abonar a Carlos Andrés Pérez la heroica dignidad con que debeló el golpe, asistido por la diáfana y combativa lealtad de las Fuerzas Armadas, no menos que por la solidaridad de sus compatriotas y de los partidos políticos. Como caudillo que es, estuvo a la altura de sus responsabilidades, ejerciendo el mando, cumpliendo con sus deberes, liderando la legitimidad amenazada. Tampoco cabría callar sobre el apoyo que a su causa democrática dieron los gobernantes de la América Latina, ni sobre la diligencia con que el presidente de Colombia se consagró a convocarlos.

Todos entendemos que éste ha sido un toque de alerta para Venezuela, pero también para los demás países latinoamericanos en condiciones similares. La inconformidad con una política económica y social puede tomar caminos insospechados, aquí y allá. Recurrir a la fuerza para expresarse. De ahí la importancia de detectar a tiempo el malestar por cuanto lesione los intereses populares y de hallar soluciones operantes, equilibradas y ecuánimes. La piedra de la protesta no cae sobre el remoto tejado de cristal de quienes exigen o recomiendan determinadas medidas sino sobre quienes las adoptan y aplican. Así, por ejemplo, el caracazo .

Ahora bien. Sale debilitado el presidente Carlos Andrés Pérez de la dura prueba? No. Sale fortalecido. Por su enhiesta y segura presencia de ánimo como gobernante de los venezolanos. Por la solidaridad de los partidos políticos y del mundo democrático. Por la lealtad de las Fuerzas Armadas y por el apoyo vigilante de la opinión pública que no quiere tiranía sino democracia. Algo parecido le ocurrió a Rómulo Betancourt por el año de 196O. Debeló un golpe militar, dado en la ciudad de San Cristóbal, con aparente auspicio del sanguinario déspota de la República Dominicana, y, lejos de resultar políticamente disminuido, reunió en torno suyo todas las fuerzas políticas y, a la vez, la democracia del Continente.

Se le presenta a Carlos Andrés Pérez la preciosa oportunidad de reaglutinar a su partido y de aproximarse a los de oposición. Naturalmente, con planteamientos de fondo, que no serían lesivos sino confirmatorios de su credo socialdemócrata. En este proceso, no se advierte por qué estarían expuestas las relaciones de Colombia, habiendo sido tan grande la solidaridad con su suerte y con la de la democracia venezolana. Antecedente Al recuerdo viene la insurrección que protagonizó el General Castro León, en San Cristóbal, por el mencionado año de 196O. Habíamos viajado a Caracas, a asistir al Congreso Pro-Democracia y Libertad, un grupo de compatriotas, atendiendo la invitación que nos formulara el presidente Rómulo Betancourt.

A nuestra llegada, aquello era un hormiguero de rumores sobre un inminente golpe de Estado. No les dimos importancia. Pero a la madrugada siguiente nos despertaba el Embajador de Colombia, Francisco José Chaux, para comunicarnos que, según notificación del Canciller de Venezuela, tropas insurgentes habían penetrado desde Cúcuta a territorio venezolano. Así empezaron a pregonarlo las radiodifusoras. El Gobierno de ese país nos ponía un avión para regresar de inmediato a Colombia. Nos negamos. Correríamos la suerte de la democracia venezolana.

A mediodía quedó desvirtuada la temeraria versión de la invasión por la frontera colombiana. Pero subsistió la sospecha de la intervención del dictador dominicano. Fueron en todo caso momentos de extremo peligro. Los partidos y las fuerzas vivas, al igual que las Fuerzas Armadas, rodearon al presidente Rómulo Betancourt. En cuanto a Colombia, las cosas quedaron claras. Tan solo se pidió la ruptura con el régimen domninicano de Trujillo. Fue lo que se hizo. A pleno contentamiento de las autoridades venezolanas.

Por haber redundado en beneficio del presidente Rómulo Betancourt y de la democracia de su patria, no se asemejará este golpe al de Castro León?

Publicación
eltiempo.com
Sección
Editorial - opinión
Fecha de publicación
6 de febrero de 1992
Autor
ABDON ESPINOSA VALDERRAMA

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