LA CUCHARA DE LA SEÑORA HWANG

LA CUCHARA DE LA SEÑORA HWANG

Fue el fantasma de la señora Hwang quien me salvó del suplicio de los palillos chinos, cuando tuve que elegir mi destino temporal de negocios en algún lugar del Este asiático. Quienes se beneficiaron de mi desdén por las plazas vacantes en Japón y el país de la gran muralla, sufrieron el venenoso aguijón de la curiosidad y, claro, terminaron preguntándome: por qué teniendo el privilegio de elegir, dije Corea, en vez de apuntar a otro dragón mayor.

5 de marzo de 1995, 05:00 am

Es que no sé comer como los amarillos respondí lacónico, el resto forma parte de esta historia con matices, de costumbres culinarias.

Fue durante la primavera del noventa, tras ser seleccionado por el editor para vigilar la impresión de algunos libros en el extranjero, cuando comencé mi educación sobre la etiqueta del comer oriental, en diversas mesas representativas de gastronomías que iban desde el Imperio del Sol Naciente a los viejos dominios del Gran Khan, pasando por alrededores más o menos próximos.

Las mesas emblemáticas que deberían formarme estaban en restaurantes típicamente asiáticos, desperdigados por los cuatro puntos cardinales de mi ciudad, y, salvando distancias, puedo afirmar que no lo pasé mal con los condumios. El arroz me gusta, los mariscos me encantan, los pescados también, y nada tengo contra las raíces, cereales y verduras. Para no hacer larga la lista, concluiré que asimilaba los contenidos pero carecía de toda destreza con los utensilios y en especial con los palillos chinos para coger los alimentos.

El tiempo que transformó las flores de los almendros en almendras, hizo un huésped indeseable del aprendiz que fui, y me expulsaron de muchos comedores chinos y japoneses foráneos, luego de que mi arroz terminara indefectiblemente en el deslumbrante parqués de los salones con farolitos anaranjados. Hasta un día en que cambié la vergenza del mar comer con palillos por la de pedir un tenedor; total, nada perdía y era peor ser expulsado de mi último refugio mandarín.

No habían terminado de sonreír los rasgados ojos de la camarera entregándome el cubierto dentado, cuando el fantasma de Hwang se sentó en mi mesa. El tenedor, instrumento bárbaro y carnívoro como la garra de un oso, fue la causa de mi muerte, pronunció la señor Hwang, con un tono entre la nostalgia y el resentimiento, y continuó alentada por mi estupefacción: Mis enemigos me siguieron a este país, y en una fonda de esta ciudad, envenenaron las tajadas del buey con que fingieron honrarme. Tonta fui al dejarme seducir por manjares en los cuales no fuera menester mi cuchara coreana de plata para detectar la ponzoña manchando su argentino fulgor con los venenos remató Hwang, y viéndome confundido por su tono shakesperiano, trató de responder a mi desorientación: Vine de Corea, en donde se conserva el gluten del arroz al guisarlo sin cambiarle el agua, y se come de forma respetuosa y honorable con cuchara porque de otra forma los granos se caen. Y los palillos chinos? pregunté, dejando de lado venenos y conspiraciones. Los usan en China y en Japón, pero son más gruesos e incómodos que los coreanos dijo Hwang, y sacando de las mangas su cuchara de plata coreana (idéntica a cualquier otra del mundo) probó mi arroz, tras verificar que el metal seguía inmaculado. Demasiado tarde para las precauciones dije sarcástico. Pero a tiempo todavía, para enseñarle a un tonto occidental que otros trocitos de comida de los platos secundarios pueden cogerse con los palitos coreanos contestó Hwang mientras guiaba con su mano helada mis dedos, con las estaquitas orientales, haciéndolos más diestros en raíces y cereales, y luego desapareció.

Meses después viví en Corea. Allí supe que Hwang fue una rica cortesana, cuya peor falta fue contravenir un proverbio coreano que sentencia que quien agarra la cuchara por la parte superior se casará con alguien que vive lejos . Quizá por desafiar el destino sentenciado en los proverbios o tal vez por amor, Hwang unió su vida a la de un navegante gallego que arribó a las costas de Corea en 1603. Es posible también que el antiguo amante de Hwang, despechado, hubiera ordenado encontrarla y envenenarla, aunque viviera en tierras de ultramar. El caso es que le agradecí al buen fantasma de Hwang, ilustrarme en el uso de los palillos coreanos para consumir los platos secundarios y animarme, indirectamente, a elegir el único de los tres países del Este asiático en donde aún se usa la cuchara para comer el arroz.